Un suicido con olor a alcanfor (II)

Brick Lane es uno de los mercados más concurridos de Londres. Cada domingo, miles de personas, en su mayoría residentes (aunque el creciente número de turistas amenaza con convertirlo en un suerte de parque temático al estilo de Candem Market), visitan las tiendas y restaurantes de la zona. Uno de sus principales atractivos es la oferta gastronómica. Una pequeña nave industrial concentra, en un espacio similar al de dos canchas de baloncesto, puestos que ofrecen, a un precio más que razonable, comida china, japonesa, tailandesa, somalí, brasileña, francesa, venezolana, cubana, italiana, lituana, polaca, nórdica, colombiana, turca, eslovaca, portuguesa, española… De todo, menos británica.
Un par de años atrás, bien por decisión de los gerentes del local, bien como resulta del encomiable valor de dos súbditos de Su Graciosa Majestad, un pequeño puesto de “delicias gastronómicas” británicas se hizo sitio en aquel maremágnum planetario. Los visitantes lo miraban con curiosidad, se daban codazos unos a otros para no perderse el espectáculo, lanzaban al aire comentarios chistosos y, lo que resultaba más relevante: no se acercaban a menos de dos metros de los dos voluntariosos jóvenes que lo regentaban. ¿Qué carajo era aquello? ¿A qué iluminado se le había ocurrido abrir un mostrador de burda comida británica en la capital del mundo?
Mal que les pesase a los emprendedores de tamaña aventura, Londres tiene poco que ver con el efímero puesto de comida británica de Brick Lane Market (dos semanas después pasó a dormir el sueño de los justos) y mucho que ver con el resto. Su conversión en la más grandiosa mezcla de razas, nacionalidades y culturas jamás vista ha terminado por desprenderla de Inglaterra. A tal extremo ha llegado su transformación que la capital y el resto del país han divergido, en la práctica, en dos países diferentes. Y el segundo ha dicho basta y ha decidido acabar con el primero. No tanto por recuperarlo, que allá cada cual con sus desdichas, como por evitar que se expanda.

Londres e Inglaterra han divergido al puntode convertirse en dos países diferentes

Porque lo cierto es que a los ingleses de toda la vida, temerosos a un tiempo del Dios de Enrique VIII y de todo aquello que conlleve cambio, les asiste la razón: el Londres que todos conocemos y disfrutamos en 2017, esa ciudad abierta que se ha alzado como capital del mundo, es un engendro relativamente reciente. El periodista Ben Judah recordaba el año pasado, en un ilustrativo artículo publicado en The New York Times, que en 1931 menos del 3 por ciento de los londinenses había nacido en el extranjero, un paisaje que apenas había variado 22 años después, cuando en 1953 Isabel II se convertía en reina de Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Pakistán y Ceilán. Por aquel entonces, la población “no blanca británica” de todo el Reino Unido se situaba por debajo de los 20.000 habitantes y Londres seguía ejerciendo de reflejo de su propio país.
Pero en 2016, año del referéndum del Bréxit y 90 cumpleaños de Isabel II, la situación había variado de forma harto contundente: mientras que sólo un 12 por ciento de la población de todo el Reino Unido la formaban “no blancos británicos”, en el caso de Londres representaban más de un 50 por ciento. Por si fuera poco, el fenómeno se había extendido a enclaves tan representativos como Leicester, Luton o Birmingham, donde los blancos británicos suponen a estas alturas menos del 60 por ciento de la población. Con todo, lo “peor” está por llegar: la prospectiva demográfica deja bien claro que, de continuar la tendencia, en tres décadas aproximadamente el 30 por ciento de la totalidad de los ciudadanos del Reino Unido podrían ser “no blancos británicos”. Para la Inglaterra de raíces rurales, el Bréxit se ha convertido en el perfecto instrumento para tratar de variar dicha tendencia.
Y es que millones de ingleses se sienten en Londres igual de desplazados que los aguerridos jóvenes del puesto de delicias gastrónomicas de Brick Lane Market. Consideran que les han arrebatado su antaño adorada capital, un sentimiento que comparten con londinenses de toda la vida que asisten desde los años 70 al cambio radical de su entorno (cabe recordar que si bien el rechazo al Brexit fue mayoritario en la ciudad, un 40 por ciento de la población lo apoyó.) El pub de siempre ha sido ocupado por una café americano, la oficina bancaria por un restaurante indio, la tienda de ropa por una peluquería con clientela negra, el puesto de prensa donde compraban The Times por un bar de tapas y los empleados del supermercado Tesco, de origen pakistaní, hablan un inglés cuasi incomprensible. Las esencias británicas sólo hallan acomodo en la intimidad del hogar y en los libros de historia. Cada mañana, cuando pisan la calle, sienten que cruzan la frontera hacia otro país. Y de hecho lo hacen, porque Londres, no está de más repetirlo, hace tiempo que dejó de ser Inglaterra.
Para millones de ingleses, la mayor de sus pesadillas es que sus pueblos y ciudades se conviertan en algo similar a Londres. Ese fue el motivo por el que la capital se convirtió en uno de los elementos determinantes del referéndum del Brexit. Una multitud de votantes optó por abandonar la Unión Europea porque deseaba minar la expansión de la gran urbe, que de una maldita vez dejara de ejercer como puerta de entrada de millones de foráneos que acabasen por socavar la ya amenazada pureza británica. 

París, Francfort, Dublín, incluso Edimburgo, revoloteanpara repartirse los restos cual buitres famélicos 

Y todo parece indicar que lo han conseguido, porque Londres, incluso antes de que el Brexit se materialice, antes de que se conozca con exactitud el acuerdo que se va a suscribir entre el Gobierno británico y la Unión Europea, ha perdido fuelle. Da la impresión de que se va vaciando poco a poco, de que su capacidad de transformarse sin perder parte de lo que se ha ganado con creces resulta limitada. Una mayoría de sus ciudadanos votaron por permanecer junto a los socios europeos, pero la Inglaterra de finales del XIX y principios del XX le ha ganado la batalla al Londres del siglo XXI. Se ha convertido en una ciudad entristecida, sabedora de que su tiempo está cercano a pasar, donde las seguridades se han convertido en dudas y la rebosante juventud en una madurez con riesgo de decrepitud y plagada de miedos.
Tras el referéndum ha ido perdiendo su halo, su magia, lo que la convertía en interesante y única. De un día a otro pasó de ser la capital del mundo a tornar en una ciudad oscura, pendiente de los malos tiempos que están por llegar. A su alrededor, París, Francfort, Dublín, Amsterdam, Milán, Roma, Madrid, Barcelona, incluso Edimburgo, revolotean para repartirse los restos como buitres famélicos que esperan por el deceso del monarca. Y no se trata sólo del éxodo de empresas financieras o grandes corporaciones, sino de la destrucción de lo que de verdad ha hecho de ella la ciudad más grandiosa de la historia: su apertura al mundo.
Las comparaciones son odiosas, pero conviene recordar que en la década de los 20 del siglo pasado Berlín se había alzado como una de las ciudades más cosmopolitas del planeta, al tiempo que en algo parecido a la capital de Europa. Todo se vino abajo con la aparición de un charlatán nacionalista.