Luto eterno por Rommel

Un dolor frío recorrió aquel jueves el entrenamiento vespertino del Tenerife en el Heliodoro. Los detalles llegaban a cuentagotas por la radio, pero el desenlace fatal no hacía necesaria más crueldad. Un coche, un maldito árbol, un choque y el fin. No eran necesarios más datos. ¿Para qué? No era necesario más sufrimiento. ¿Para qué? Las lágrimas llenaban las caras de los periodistas y de los aficionados. Ni siquiera había fuerzas para el saludo. Con levantar la mano y torcer el gesto bastaba. Y de resto, silencio, sólo silencio. Y mientras, los jugadores iban apareciendo, también a cuentagotas, por la calle Bernardino Semán.

Toño, con el rostro demudado, era incapaz de articular palabra. Manolo López no encontraba consuelo. Pier Cherubino sólo ofrecía llanto. A Quique Estebaranz se le había helado su sonrisa eterna… Algunos lo sabían. Otros, se enteraban allí mismo. “No puede ser, no puede ser”, decían los que lograban hablar. Incluso estaban rotos los de apariencia más fuerte, los más fríos, los más profesionales, los más veteranos, los que parece que han pasado por todo: Agustín, Llorente, Felipe… Y César Gómez, Antonio Mata, Chano, Castillo, el despistado Latorre y todos aquellos que no compartieron vestuario con él también compartían una pena infinita.

Y así, con un dolor que no había forma de arrancarse de dentro había que cambiarse en el vestuario, había que saltar al césped, había que entrenar, había que preparar el partido del domingo ante el Oviedo, había que ser profesional… ¿Por qué? “Porque la vida sigue”, respondían el tópico y la lógica. Pero no, la vida no iba a seguir. Y nada iba a seguir igual desde que Bossio, Manolo, Corbalán, Zalazar, Marcos, Bjelica y Ronny, su querido primo, fueron a almorzar con él a aquel restaurante de Tinajeros, Los Martínez se llamaba, para compartir una paella. Después de tres derrotas seguidas, algunos jugadores del Albacete querían hacer grupo.

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Imagen de Rommel, con la camiseta del CD Tenerife

Pero nada iba a ser igual desde que, de camino a casa, se subió a su Toyota Celica con Ronny para escuchar salsa. Iba alegre, feliz y dichoso, como siempre. Pero nada iba a ser igual desde que al llegar a aquella cuesta frenó y perdió el control del coche. Nada iba a ser igual desde que Marcos vio por el retrovisor como se salía el coche de su compañero y se estrellaba contra un árbol maldito para quedar convertido en chatarra. Luego, sin dejar de mirar por el retrovisor, llegó el frenazo en seco, la carrera desesperada con Bjelica y el horror: los gritos de Ronny y el compañero al que la vida se le iba para siempre.

Un golpe tremendo en el parietal, la respiración entrecortada, una vida que se escapa sin remedio entre un amasijo de hierros, la angustiosa espera por la ambulancia, el traslado urgente al Hospital General de Albacete... y minutos después, el parte médico definitivo: traumatismo craneoencefálico con posterior parada respiratoria. Han pasado 25 años, pero desde aquel fatídico 6 de mayo de 1993, el Heliodoro y Tenerife guardan luto eterno por Rommel Fernández Gutiérrez (1966-1993).