La opinión del ingeniero

A buen seguro se habrá topado con él. Me temo que en varias ocasiones. Se trata de uno de los personajes más populares de las barbacoas. Ese invitado que, copa de tinto en una mano, Marlboro en la otra, se hace fuerte a pocos metros de los laboriosos voluntarios que se han prestado a hacer el fuego. No hay quien lo mueva de allí. Desde su emplazamiento observa con detenimiento todo cuanto acontece. En ocasiones, si acaso, se desplaza para reponer el contenido de la copa y, sin tiempo que perder, regresa para seguir auscultando cualquier detalle.
Es ese invitado que en el peor de los instantes posibles: cuando se comete algún inevitable error, cuando las llamas no terminan de prender, cuando alguien se percata de que las cerillas se han quedado olvidadas sobre la mesa de la cómoda, profiere el más inoportuno de los comentarios. “Eso no va a coger fuego”, “demasiada madera”, “demasiado carbón”, “poco líquido”, “muy rápido”, “muy lento”, “màs despacio”, “más deprisa”, “qué desastre”, “aagg”, “puaaajj”.  Otras veces se limita a buscar los ojos de algún cómplice para hacerle ver, con un gesto facial, que quienes se hallan delante de sus narices son una panda de inútiles. Condescendencia en estado puro.
Un querido e ingenioso amigo lo bautizó años atrás con una curiosa denominación: el ingeniero de barbacoas, a quien jamás nadie ha visto hacer fuego, y mucho menos cocinar, pero se permite sentar cátedra cada vez que abre la boca; a quien nadie ha visto cargar la caja de leña u ofrecer amablemente su mechero para prender la llama; a quien nadie ha escuchado aportar una alternativa a la supuesta impericia de los laboriosos y sufridos voluntarios; a quien nadie ha descubierto las manos sucias por el carbón; a quien nadie ha visto hacer otra cosa que beber, fumar, contar chistes malos y, más tarde, cuando el fuego y los rescoldos han asumido el protagonismo, comer como si no hubiese mañana; de quien nadie recuerda un comentario de reconocimiento a la labor de los abnegados cocineros, ni siquiera un austero “gracias”.
Pero tan habitual e irritante especímen está lejos de poder ser considerado una rara avis. Forma parte de una tribu que se ha esparcido como la gripe. Los puede hallar en las esquinas, despotricando de todo y aportando nada. Residen, por ejemplo, en el ámbito de la política, donde más que fuertes, han tornado en poderosos.
Es el caso del ingeniero especialista en la Constitución de 1978, a quien podemos observar reposando sus posaderas bien en el Congreso, bien en el Senado; también con los brazos apoyados en el atril de un nutrido mítin; y lanzando peroratas a través de los medios de comunicación; y con frecuencia recurriendo a toda suerte de enérgicas soflamas en el pleno del ayuntamiento o en el del parlamento autonómico. Ahí le tiene diciendo que todo lo que se hizo estuvo mal, que esa no era la forma, que vaya desastre, que vaya puta mierda, que se caga en todo, que menudos imbéciles los políticos de finales de los 70, que si el régimen del 78, que vaya pléyade de impresentables, que qué verguenza todo y lo de más allá.
Ahí está el ingeniero especialista en la Constitución de 1978 echando víboras por la boca contra los responsables del texto que le permite echar víboras por la boca, el texto que ha posibilitado que España viva el periodo más largo de paz en siglos, que la venganza haya quedado relegada a la palabra, que la economía haya prosperado como nunca antes, que las minorías hayan obtenido el reconocimiento social necesario y la imprescindible protección legal, que la ley haya establecido su necesario imperio, que los poderosos visiten el juzgado cuando deben visitarlo y el talego cuando lo merecen, que los servicios públicos se codeen con los de los países más desarrollados y que, a pesar del devastador efecto de la crisis económica más grave en 60 años, dichos servicios públicos hayan seguido funcionando.
El ingeniero especialista en la Constitución de 1978 se ha puesto de moda igual que antes lo estuvieron los zuecos o los pantalones de campana, por citar sólo dos de las tendencias ya caducas. Y al igual que su primo el ingeniero de barbacoas, pretende sentar cátedra sin haber dado muestras de saber hace fuego; y sin que nadie haya visto sus manos sucias por el carbón. Y también al igual que su primo el ingeniero de barbacoas, come como si no hubiese un mañana, disfrutando sin timidez de las deliciosas viandas que otros cocinaron.
Nada es perfecto. Nada es inamovible. Nada es para siempre. Pero poco pueden ayudar al cambio quienes se empeñan en desligitimar lo que es legítimo y restar valor a lo que se ha revelado valioso. Porque la Constitución de 1978, con todas sus taras, no pocas de ellas azuzadas por el complicado panorama de la transición, se ha reivindicado como uno de los principales logros de los españoles a lo largo de su complicada historia. Todo un un hito para el país al que Bismarck definió como “el más fuerte del mundo porque sus ciudadanos llevan siglos intentado destruirlo y, a pesar de ello, no lo han conseguido”.
La Constitución de 1978 supuso el triunfo de la democracia, la ley y la libertad. Permitió la materialización de los sueños y aspiraciones de millones de españoles que perdieron su vida intentando lograr lo que ahora tenemos. Y ello le pese a quien le pese, incluso al ingeniero de barbacoas a quien nadie ha visto hacer fuego pero engulle como si no hubiera mañana.