Corbyn contra los elementos

Un buen amigo, bregado como pocos en las campañas electorales británicas, aseguraba ayer de forma taxativa que los conservadores que lidera Theresa May, la actual primera ministra, van a ganar las elecciones sin ningún genero de duda. Para alcanzar tal conclusión no le hizo falta sumergirse en encuesta alguna. Le bastó con mirar de reojo la primera página del diario populista The Sun, en cuyo encabezado se instaba a los lectores, sin eufemismos ni rodeos, a votar por la formación conservadora. Los candidatos que han recibido el apoyo de este periódico, llámense Thatcher, Major, Blair o Cameron, se han convertido indefectiblemente en inquilinos del número 10 de Downing Street. May puede estar tranquila.
El poder de la prensa populista es enorme en un país en el que sus vínculos con el poder político resultan sonrojantes. Se pudo comprobar sin tapujos en el referéndum sobre el Bréxit que se celebró el año pasado. Y al igual que ocurrió entonces, en esta ocasión convergen una serie de factores que convierten la cita con las urnas en un evento que trasciendo el rutinario proceso democrático que acaece lustro tras lustro
Las elecciones que se celebran entre las 7 de la mañana y las 10 de la noche de hoy marcarán en buena medida el futuro del Reino Unido para las siguientes generaciones, y su efecto sobre el resto de Europa no debería considerarse un asunto baladí. Si hace doce meses los británicos decidieron abandonar la Unión tras 42 años como miembro de pleno derecho, ahora deciden qué modelo de relación quieren mantener con sus todavía socios y, sobre todo, quién va a representar al país en la negociación de ese modelo: la agria y aparentemente difícil Theresa May o el conciliador e ideológicamente ambiguo Jeremy Corbyn. Vayamos por partes.
LAS ENCUESTAS
Contrariamente a las peyorativas reflexiones que se han vuelto tan recurrentes en los últimos meses, las encuestas electorales aciertan. Y en ocasiones, incluso, lo clavan. Lo hicieron el año pasado con el Brexit. Otra cosa es que nadie se las creyera. Y lo hicieron también en los Estados Unidos, donde la totalidad de los estudios de opinión arrojaban como resultado una mayoría de votos para la candidata demócrata, Hillary Clinton. Y fue eso lo que ocurrió, aunque luego la suma de los votos electorales de las diferentes circunscripciones le resultaran favorables a Donald Trump. También acertaron en Holanda y en Francia.
Admitiendo tal circunstancia, Theresa May las tiene todas consigo para permanecer en el 10 de Downing Street los próximos cinco años. Si bien es cierto que tres meses atrás las encuestas le concedían una distancia abismal, nunca vista antes, con respecto a los laboristas, y que durante la campaña electoral tal distancia se ha ido acortando (algunos estudios demoscópicos la han situado en sólo 3 puntos), las dos últimas encuestas, publicadas ayer por un medio pro laborista (The Independent) y otro pro conservador (The Telegraph), vuelven a ampliar dicha distancia a una cifra de entre 70 y 100 escaños (en las elecciones de 2015 los conservadores lograron 331 escaños por 232 los laboristas).
Por ello, la principal intriga es saber si estas dos últimas encuestas se materializan o si, por el contrario, Theresa May y los suyos se quedan por debajo de la mayoría absoluta de 326 diputados, lo que supondría un varapalo tal a su gestión que la debilitaría a un tiempo como negociadora ante la Unión Europea y como cabeza visible del partido. Por si fuera poco, le obligaría a asumir parte de los planteamientos de una oposición con la que hace muy pocas migas en lo personal y en lo político.
Antojándosenos complicado, existen dos factores que pueden incidir en que May pierda la mayoría absoluta: los jóvenes y los indecisos. Los primeros, según revela una encuesta publicada por el diario The Times, apoyan a Corby en un 69 por ciento en el tramo de 18 a 24 años de edad, un apoyo que en el caso de los conservadores se reduce a un cuasi ridículo 12 por ciento. Su papel podría ser decisivo, pero se trata del tramo de la población en el que habitualmente se registra un mayor nivel de abstención. Bien es cierto que en esta ocasión se ha producido un sensible incremento en el número de inscripciones electorales de votantes jóvenes (en Reino Unido es necesario registrarse antes para poder votar), pero eso no significa necesariamente que acudan a los colegios electorales
De forma paralela, los indecisos pueden jugar un papel crucial. Un estudio realizado por la London School of Economics, publicado el año pasado, fija en torno a un 15 por ciento el volumen de votantes que deciden el sentido final de su voto el día de las elecciones. Se trata de un tramo del electorado especialmente preocupado por tomar una decisión errónea y, debido a tal circunstancia, harto influenciable por los acontecimientos que se desarrollan en el transcurso de la campaña. En el referéndum del Brexit jugaron un papel clave.
JEREMY CORBYN
Salvando la edad, la experiencia vital y el bagaje político, Corbyn es a la política británica lo que Pablo Iglesias, el líder de Podemos, es a la española. La principal diferencia en cuanto a su irrupción en la primera línea de la escena pública es que Iglesias se ha erigido en líder de un nuevo partido, mientras que Corbyn, apoyado por un movimiento denominado Momentum y por los sindicatos, ha alcanzado la cima de la formación en la que ha militado toda la vida.
Imaginemos por un momento que Iglesias y los suyos, en lugar de aventurarse en nuevos proyectos, se hubieran hecho fuertes en el PSOE y hubiesen alcanzado el liderazgo. Para buena parte de los militantes y votantes de dicho partido, tal gesta hubiera tornado en un serio disgusto, toda vez que considerarían a Iglesias y a los suyos demasiado escorados a la izquierda y, al mismo tiempo, con escasas posibilidades de ganar unas elecciones.
El ejemplo anterior sobre el PSOE casa con lo ocurrido en las filas de los laboristas británicos. Corbyn ha tenido más problemas con sus propios compañeros, buena parte de los cuales imploran cada día a los dioses por su renuncia, que con los conservadores. Cierto es que todos han hecho piña a lo largo de la campaña electoral, pero ello no lo convierte en el líder ideal para buena parte de los votantes laboristas, especialmente para los de edad madura. A muchos de ellos, el desprecio que sienten hacia los conservadores será lo que les lleve hoy a depositar su voto en apoyo del laborismo patrio, nunca la fe en Corbyn.
EL BREXIT
Si tomamos en consideración que el Brexit ha centrado el debate político en el último año y que la diferencia entre quienes optaron por la salida de la Unión Europea y quienes lo hicieron por la permanencia se redujo a 4 puntos; si tomamos en cuenta que el Partido Laborista defendió la permanencia; si asumimos que parte de quienes apoyaron el Brexit, según reflejan no pocos estudios sociológicos, han cambiado de opinión, nos encontramos con un campo sembrado para el crecimiento del voto laborista. Pero nada más alejado de la realidad, porque si algo ha dejado claro Jeremy Corbyn es su apoyo al resultado del referéndum. Antes de alcanzar el liderazgo del partido mostraba un talante sensiblemente euroescéptico, y durante la campaña del referéndum se limitó a ocupar un segundo plano, delegando su protagonismo en el entonces recién elegido alcalde de Londres, Sadiq Khan. Para muchos de sus detractores, tamaña desidia fue clave en la victoria de los rupturistas.
La principal diferencia con Theresa May es que Corbyn se decanta por un Brexit suave que contemple, de entrada, la conversión de todos los ciudadanos de la Unión que vivan en Reino Unido en residentes permanentes de pleno derecho, incluso antes del comienzo de las negociaciones con la UE. Al mismo tiempo, defiende la permanencia en el mercado único. Su planteamiento choca en buena medida con los principios que defienden los 27, empeñados en salvaguardar las cuatro libertades, pero estos han dejado entrever que prefieren a Corbyn de interlocutor. En el peor de los casos, la relación que suscribiría Reino Unido con la UE se parecería a la que mantienen países como Noruega o Suiza.
Por ello, el Brexit marca sustanciales diferencias entre los conservadores y los laboristas en cuanto a las formas, pero menos en cuanto al fondo. Los británicos deben optar entre dos partidos que defienden la salida de la Unión, y para buena parte del electorado tal vez sea más importante la persona que lidere las negociaciones que el contenido de los planteamientos negociadores. 
Bien es cierto que la tercera de las formaciones en liza, los liberales de Tim Farron, aceptan el resultado del referéndum a regañadientes y, llegado el caso, se plantearían la opción de permanecer en la Unión, una vía que también defienden Los Verdes y los nacionalistas escoceses. Los votantes pro EU, sin embargo, no parecen confiar mayoritariamente en ellos. Los nacionalistas, incluso, corren el riesgo de perder parte de su apoyo (son ahora la tercera fuerza política en Westminster) en favor de los conservadores. El panorama electoral en Escocia se ha radicalizado tras la petición de un segundo referéndum de independencia.
THERESA MAY
Theresa May es a un tiempo una líder secuestrada y una incógnita. Una líder secuestrada porque si se despierta cada mañana en el número 10 de Downing Street es porque a su antiguo jefe, David Cameron, se le torcieron las cosas con el inesperado resultado del referéndum sobre el Brexit y, como consecuencia de ello, su partido la eligió para sustituirlo. Un dedazo en toda regla. Eso la convierte en una mandada y le otorga escasa legitimidad, además de poca capacidad de maniobra.
Y es una incógnita porque una Theresa May que consiguiera un apoyo electoral superior al de Cameron se reivindicaría como lider ante la formación conservadora, adquiriría personalidad propia y lograría la legitimidad necesaria para arrancar de Bruselas el acuerdo que le viniese en gana. Incluso ese Brexit blando que ahora ve con tan malos ojos. 
Teniendo en cuenta que la salida de la UE se produciría en 2019, aun le restarían tres años por delante para convencer a los electores de haber tomado la decisión correcta. A fin de cuentas, nada sería peor que sumir al país en una suerte de caos financiero e industrial, en la pérdida de su relevancia internacional y en el deterioro de los servicios públicos, resultado que, según va quedando cada día más claro, conllevaría un Brexit extremo.
EL TERRORISMO
Reino Unido ha sufrido dos atentados, uno en Manchester y otro en Londres, tras el anuncio de elecciones generales realizado por Theresa May el pasado 19 de abril. Lejos de producirse el habitual cierre de filas en torno a dichos sucesos, esto es, alabanza de las fuerzas policiales, homenajea a las víctimas y ensalzamiento de todas las enseñas nacionales, conservadores y laboristas se han embarcado en un debate público acerca de los recortes en el presupuesto de la policía y la negligente actuación de los servicios de inteligencia.
La discusión, la verdad sea dicha, la iniciaron los laboristas, para quienes los seis años que May permaneció como ministra del Interior son el origen de buena parte de las desgracias que, en materia de seguridad y terrorismo, ha sufrido el país. Corbyn y los suyos achacan a May haber reducido el número de efectivo policiales en nada menos que 20 mil, extremo que la primera ministra no se ha atrevido a negar. Como era de esperar, se ha convertido en el principal talón de Aquiles de su campaña.
Tras el atentado del pasado sábado en Londres, el país se ha sumido en un clima de inseguridad similar al que padece Francia desde hace años. La reacción del electorado ante tan oscuro paisaje, especialmente entre los indecisos, puede resultar de suma importancia en el resultado de los comicios. Como ocurre en el caso del Brexit, la opinión pública tiene la opción de castigar a quien se señala como brazo ejecutor de los recortes policiales o, por el contrario, dar por bueno su empeño en lograr un Brexit duro que cierre las fronteras, junto con el anuncio de una legislación que se salte a la torera los derechos humanos en pro de establecer una suerte de estado policial.
Lo primero no deja de ser una majadería al tiempo que una soberana estupidez, toda vez que los terroristas que han actuado en los últimos meses, con una única excepción, son británicos. Lo segundo supondría la destrucción de uno de los pilares de la idiosincracia del país: la preservación de la libertad y la defensa de los derechos individuales. Pero eso, cuando el cuello está en peligro al doblar cualquier esquina, poco importa.
Los conservadores han respondido a las críticas sacando a la luz fotos añejas de Corbyn con antiguos miembros del IRA e informaciones sobre las supuestas  relaciones del líder laborista con movimientos extremistas de diferente signo. La prensa populista, entregada sin ambages a la causa conservadora, ha seguido la estrategia al pie de la letra y ha dotado a Corbyn de un aura de entreguismo a causas perdidas, al tiempo que peligrosas, que difícilmente aceptaría una mayoría de la opinión pública británica. Falta por ver quién de los dos ha ganado la batalla.
LA PRENSA
El vespertino Evening Standard, un diario gratuito que se distribuye de lunes a viernes en la red de transporte público londinense, titulaba ayer en primera página con el supuesto caos en el que Corbyn ha sumido al partido laborista. El director de dicho diario no es otro que George Osborne, un ex ministro conservador con David Cameron. Bien es cierto que Theresa May no es una de sus amigas predilectas, máxime tras prescindir de él en la formación del actual gobierno, pero parece que donde hubo, siempre queda. Pero lo del Evening Standard, a fin de cuentas, es cosa de nenazas lloronas. Los matutinos habían puesto el listón demasiado alto.
Por la mañana, incluso con más énfasis del mostrado a lo largo de los dos últimos meses, diarios populistas como The Sun, The Daily Express o The Daily Mail arremetían con extrema saña contra los laboristas y se esmeraban en lanzar loas a las virtudes de May. Su defensa del Brexit duro ha convertido a la actual primera ministra en objeto de adoración por parte de dichos medios.
En un ataque sin parangón en la reciente historia de la prensa británica, The Sun y The Daily Mail vinculaban ayer a Corbyn con el terrorismo islámico y lo calificaban directamente de entreguismo al enemigo y de poner en peligro las instituciones que salvaguardan la seguridad de los británicos. Primeras páginas de tal calado serían difícilmente aceptables en la mayor parte de los países europeos, cuando no motivo de inmediata querella judicial, pero Reino Unido ha asumido con normalidad una perversión del periodismo tan extrema como peligrosa.
En plena era de las redes sociales, la prensa tradicional mantiene un peso enorme en el devenir político del Reino Unido. En un paisaje social donde buena parte del electorado carece del suficiente cultivo intelectual, la prensa acentúa su papel de generadora de opinión. Y los conservadores cuentan con una clara ventaja en ese ámbito.
UN PRONÓSTICO
Si los votantes más jóvenes se muestran remolones a la hora de acercarse al colegio electoral, los indecisos hacen suyo el pánico ante la inseguridad que provoca el terrorismo y la idea del Brexit se consolida como la mejor vía para controlar el flujo de inmigrantes, May mejorará los resultados que logró la ya mítica Margaret Thatcher.