"El periodista debe ser un individuo imparcial y dispuesto a escuchar, a desgranar cada contexto con calma"

David Fuentefría es en la actualidad profesor de la ULL en asignaturas relacionadas con la  publicidad y el periodismo audiovisual y digital. Ejerció durante diez años la profesión en activo en las páginas de El Día, mayoritariamente en la sección de cultura. Además, es investigador y experto en cine. Conocer perfecto del medio ahora trara de hacer llegar sus conocimientos a los futuros profesionales.

- ¿Cómo llegó al periodismo?

- Permítame echarle un cable a mis alumnos, desde el minuto uno, con esta pregunta: estudiando. Accedí al periodismo estudiando Periodismo, y gracias al Grado (antes Licenciatura) pude cruzar, por primera vez, la puerta de un medio de comunicación.  Ahora que ya no ejerzo, permítame decir también que todo el sacrificio, todas las contingencias y todas las personas que conocí, a lo largo de mi trayectoria, me han valido la pena, a la larga, para desenvolverme como profesor de un modo que, durante aquellos años, jamás podría haber sospechado.

- Desde fuera pudiera parecer muchas veces que es una profesión idílica, ¿usted qué opina?

- Pues que no comparto esa opinión. Ni se encuentra entre las mejor consideradas por el público (que cree conocer nuestra labor solo porque le resulta muy cercana), ni ha estado jamás entre las mejor pagadas del mundo, ni el trabajador de prensa ha contado nunca con la protección suficiente ante determinados choques de intereses dentro de las empresas, ni ha dejado de padecer intrusismo laboral, por aquello de que a muchos les convenía, y les sigue conviniendo, mantenerse en la postura de que el periodismo es “un oficio”. Creo que el tiempo, y sobre todo la evolución de las tecnologías, han terminado dando la razón a los que nunca lo vimos como tal; es más, diría que, hoy en día, estamos en el otro extremo, y que ahora el verdadero problema reside en no comprender hasta qué punto el periodismo se ha convertido en una profesión que exige control del método, profundidad en los filtros y nuevos especialistas.


"El periodismo no se encuentra entre las mejor consideradas por el público, ni ha estado jamás entre las mejor pagadas del mundo, ni el trabajador de prensa ha contado nunca con la protección suficiente ante determinados choques de intereses dentro de las empresas"

- ¿Es ahora un mal momento para inclinarse por esta profesión?

- Dependerá de las decisiones que tomen los nuevos periodistas. Como en casi todo, si un recién graduado opta por integrarse en un modelo de negocio obsoleto, lo más probable es que le vaya mal. También es verdad que no termina de llegar el necesario cambio, y reconozco que es cómodo, en mi papel de investigador, recordar que nuestra salud informativa actual y futura pasa por construir audiencias más exigentes y eficaces, y que ello implicará pagar, más tarde o más temprano, por una información desligada en lo posible de intereses ideológicos, con unos patrocinios mínimos y basada en el “fact checking”. Pero, insisto, esto no deja de ser, por el momento al menos, el mundo ideal. La realidad es que, si no eres un medio grande, con capacidad económica suficiente para asumir hoy en día esa clase de riesgos, llevarlo a la práctica implica un trabajo pedagógico largo y complicado, y unas cotas de exigencia individual, respecto al procesamiento de la información, que la sociedad actual, tristemente, ha perdido. Aun así, sigo siendo optimista: quizá el ruido cada vez más insufrible de las “fake news”, la estupidez entronizada por miles de estúpidos en redes sociales, o el ambiente social irrespirable que están creando determinados “lobbies” neopuritanos, instalados en la agenda de medios y partidos para ayudarse mutuamente a subsistir, contribuyan poco a poco a hacernos entender que, lo que hoy creemos tan accesible y gratuito, en realidad nos está costando un precio altísimo.

- ¿Qué es lo mejor de ser periodista? ¿Y lo peor?

- Lo mejor, sin duda, es aprender el funcionamiento del mundo a través de las personas que ya lo han visto funcionar -o que directamente lo ponen en marcha-, razones que, por lo general, son las que nos conducen a querer conocerlas y entrevistarlas. También ofrecer, de vez en cuando, alguna exclusiva, aunque en menor medida, porque las exclusivas cuestan salud, resultan efímeras y se agradecen muy poco. Lo peor, los malos horarios y la escasez de tiempo para la conciliación. Como en aquel viejo chiste de las tres “D” que, decían antaño, caracterizaban al periodista típico: divorciado, depresivo y dipsómico. Espero que hogaño la cosa haya cambiado un poco.

- ¿Qué queda de un periodista de redacción en su actual profesión como docente en la Facultad de Periodismo de la ULL?

- Supongo que  no “comprar”, de entrada, absolutamente ningún discurso de cuantos leo y escucho  a diario, por muy bonito, eficaz, oportuno o revolucionario que me lo pinten. Tal vez por ello intento reforzar en mis alumnos (y no sé si lo consigo siempre) una cualidad básica de ecuanimidad que, estoy convencido, a la larga puede resultarles el intangible de mayor valor para el futuro que les espera. Un periodista, hoy, tiene que ser ecuánime con avaricia. No digo equidistante, ni frío, ni incapaz de “mojarse” en el momento adecuado. Digo ecuánime. Digo, y sé que no me equivoco, que, sin la necesaria ecuanimidad, un periodista en 2018 no se diferencia en absoluto de toda esa marabunta que se asoma a tu pantalla, cada mañana, en cuanto enciendes el ordenador.


"El periodista a evitar obsesivamente los “goles” informativos y a canalizar los datos para ganarse la condición de asidero, o de referencia, entre el público más exigente. Porque el público exigente es, además, el más fiel, no por otra cosa"

- ¿Qué perfil deben cumplir los nuevos periodistas?

- Justo el que he dicho: el de un individuo imparcial y dispuesto a escuchar, a desgranar cada contexto con calma, a evitar obsesivamente los “goles” informativos y a canalizar los datos –que son, como algunos anuncian ya, la religión del mañana- para ganarse la condición de asidero, o de referencia, entre el público más exigente. Porque el público exigente es, además, el más fiel, no por otra cosa.

¿Qué papel juegan las redes sociales en el periodismo? ¿Y en su vida personal?

-Hay que estar atento a ellas, qué duda cabe, por la dictadura de la inmediatez y porque, nos guste o no, las redes tienen tentáculos que llegan a lugares a los que el periodista puede no llegar en un momento dado. Pero, por otra parte, abogo firmemente por empezar a desmitificarlas, por olvidarnos de tratarlas como barómetros de absolutamente nada, y por dejar de hacerles un juego que, ejemplos hay de sobra, ha contribuido en estos años al desprestigio del periodismo profesional. Creo que los periodistas hemos olvidado un poco la importancia del silencio (que en sí suele ser también una poderosa respuesta), y creo que, en la desesperada lucha por la audiencia y los lectores, hemos dado pábulo a temáticas, y desde luego a personas, que no merecían tales honores. 

-En mi vida personal, las redes tampoco me seducen ya como al principio. Hace mucho que di por imposible a Facebook como herramienta de debate, o de divulgación de algunos asuntos que me interesaban, y mi cuenta de Instagram, para qué engañarnos, se halla en franco declive. Todavía agito, eso sí que me consta, algunos ánimos en el campo de batalla de Twitter. Pero no puedo ni quiero evitarlo; al contrario. Me divierte bastante.

- ¿Cuál es la noticia que más le ha costado dar?

- Noticia, ninguna. Pero la experiencia en la calle es otra cosa. Por ejemplo, durante la tormenta tropical Delta, en 2005, Santa Cruz de Tenerife quedó, como recordará, convertida poco menos que en zona de guerra, y a los periodistas de todos los medios se nos dividió en equipos, para cubrir la catástrofe por distritos y barrios. En el Barrio de La Alegría, donde me tocó ir a mí, recuerdo que se me ocurrió subirme a un pequeño montículo de barro solidificado, producto de las lluvias, para tener una breve panorámica de la situación. En ese momento, un anciano se me acercó y me pidió por favor que me bajara del montículo, “porque su hermano estaba ahí debajo, sepultado”, y todavía no habían venido a retirar el cadáver. Es solo un ejemplo de tantos, y eso que yo nunca cubrí la sección de Sucesos.

- ¿Siente que los periodistas son verdaderamente lo que se conoce como 'el cuarto poder'?

- Depende, porque la prensa libre nunca ha existido. En esto, suelo repetir que es la audiencia, con plena conciencia de ciudadanía, quien siempre ha estado en mayor disposición de erigirse en “cuarto poder”, porque el periodista, que efectivamente puede hacer mucho; que puede acelerar procesos, destapar tramas corruptas, o ayudar en múltiples causas, cumple –o debería limitarse a cumplir- un papel de mediador frente a los cambios sociales. En mi opinión, una democracia sana exige que seas tú quien saque tus propias conclusiones, a partir de lo que mi medio y los de mi competencia te contemos, en lugar de esperar, como se suele, a que el locutor que mejor te cae te ilumine a diario con “la verdad” que protege tus convicciones. Como además hemos entrado en una era extraña de flojera y renuncia, en la que los derechos se relativizan y los sentimientos valen más que los datos objetivos, no está de más recordar que ese papel de mediador al que me refiero siempre –siempre- ha venido condicionado por las necesidades y la línea editorial del medio, y que ambas son, precisamente, lo primero de lo que se sirve ese público acrítico y polarizado (que incluye a periodistas) para atacar nuestro trabajo, y para cuestionar constantemente todo el corpus de la profesión. Es el colmo del absurdo.

- ¿Hasta qué punto los políticos intentan interferir en el trabajo de los periodistas?

- Si eres lo suficientemente bueno en lo tuyo, y según el político y la relación que tengas con él, hasta el punto de querer contratarte, o, en el otro extremo, de presionar a tus jefes para que te despidan. ¿Estoy revelando algún secreto?