Abubilla

Gallico de San Martín, Cuscute, Gurgute, Cucute, Porput, Palput, Poipa, Bubela, Parputa, Budibilla, Bubulilla, Abubilla, Apupú o Tabobo, ustedes elijan…

Es un ave migratoria y por ello muy extendida en todo el mundo, habita principalmente en zonas secas, boscosas claras, viñedos y frutales e incluso en viviendas abandonadas, se alimenta de hormigas, saltamontes y toda una gama de pequeños insectos que atrapa con un largo pico capaz de entrar en cualquier cavidad.

No es fácil de confundir con otras aves, ya que su color, su tamaño, su pico y su manera de volar muy poco elegante similar al aleteo de una mariposa, la hacen prácticamente única. Tiene una cresta de 28 plumas color marrón con puntos negros que puede levantar adoptando forma de abanico, aunque la mayoría de las veces permanece cerrada.

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Se aparea entre marzo y abril y su pareja es de por vida, pero quizá la principal característica de esta ave es su mal olor, fama que le persigue allá donde revolotee, no en vano fue incluida en la lista de aves sucias del Antiguo Testamento y aparece para bien y para mal en multitud de historias o leyendas de cualquier cultura mundial. 

Construye sus nidos en oquedades o troncos muertos y es corriente que utilice los del año anterior u otros abandonados, compuestos entre otros materiales, de excrementos de otros animales, a los que hay que sumar los suyos propios y los de sus polluelos, los cuales no se encarga de limpiar, al contrario, arrastra hasta la entrada y allí los deja, lo que confiere a su lugar de cría un olor que ahuyenta al más valiente depredador, y por si ello fuera poco, posee una segunda arma, pues nada más nacer, desarrolla una glándula ubicada en la base de su cola que segrega un olor repelente, mucho más fuerte durante la reproducción, si bien hay algunos lagartos que se atreven a robarles los huevos e incluso polluelos, siempre y cuando, antes no hayan recibido un chorro de heces fecales que pueden alcanzar una distancia de hasta medio metro.

Mi padre me contó que siendo niño, encontró una abubilla en su casa de la calle Robayna, y desconociendo su alimentación la llevó a una panadería cercana a ver si el panadero le dejaba unas migas de pan. El panadero le dijo que la abubilla estaba apunto de morir, pero si una vez muerta la colgaba del tendedero, a la mañana siguiente la encontraría viva y así lo hizo. 

Haciendo alarde de mi ignorancia, se me ocurrió preguntarle si al día siguiente estaba viva, a lo que me respondió que “Estaba aún más tiesa y olía todavía peor, hijo”.

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