Un suicidio con olor a alcanfor (III): la estrategia del Toblerone

En no pocas ocasiones la realidad supera a la ficción al extremo de convertirse en un chiste. Es lo que ha ocurrido en Reino Unido con el Toblerone, una de las chocolatinas más famosas del mundo a la que su peculiar forma, una suerte de barra con triángulos separados por pequeños espacios, ha convertido en icónica. Meses atrás, el encarecimiento de las materias primas con las que se produce tal chocolatina, consecuencia de la pérdida de valor de la libra con respecto al euro, motivada a su vez por el anuncio del Brexit, llevó a Mondelez International, fabricante del producto, a plantearse la necesidad de subir su precio. Dado que buena parte de los consumidores británicos están lejos de nadar en la abundancia, la medida, además de impopular, se preveía que conllevase una considerable pérdida de ventas.

Entonces, a algún iluminado en el consejo de administración o en el departamento de mercadotecnia, quién sabe si a la suegra del presidente de la compañía en el transcurso de una agradable sobremesa familiar, se le ocurrió una idea tan ridícula como brillante: agrandar los espacios vacíos entre los triángulos y, por consiguiente, eliminar alguno de dichos triángulos. De esa forma, la longitud de la chocolatina se mantendría y el tamaño del envase también, pero el volumen del producto decrecería y con ello se emplearían menos materias primas y se podría mantener el precio. Desde entonces, los británicos siguen disfrutando del mítico Toblerone en sus mismos puntos de ventas y al mismo precio, pero ha pasado de 400 a 360 gramos en su versión grande y de 170 a 150 gramos en su versión reducida.
La exitosa estrategia puesta en marcha por Mondelez International ha sido aplicada por diferentes compañías alimenticias y supermercados. En un envase donde antes se agolpaban veinte galletas, ahora bailan quince, y la pequeña caja que antes contenía 200 gramos de arándanos, ahora se queda en 180. Y el precio, cómo no, ni tocarlo. Con la excepción de alguna tímida protesta, la mayoría de las veces reducida a un comentario en la prensa populista, tales cambios no parecen haber afectado a los consumidores. Algunos ni siquiera se han percatado de ellos.

El previsible incremento del número de conservadores, sumado a la probable debacle laborista, la convertirá en dueña y señora del Parlamento

Pero el fenómeno, lejos de quedarse en las estanterías de los supermercados Tesco o Sainsbury's, puede pasar a mayores. La que podemos denominar “estrategia del Toblerone” cuenta con opciones de convertirse en uno de los modelos que se plantee la primera ministra de Reino Unido, la conservadora Theresa May, a la hora de poner en práctica el Brexit, es decir, que el Brexit, en lugar de materializarse, se disfrace. El triunfo del teatro de la política sobre la realidad de lo absurdo.
Los verdaderos motivos de la convocatoria de elecciones generales para el próximo 8 de junio sólo los conoce la propia May, que tal vez los haya compartido con algunos de sus allegados, pero lo cierto es que tan inesperada decisión puede hacer variar el proceso de retirada de la Unión Europea de forma insospechada hace sólo unos días.
Nada más anunciar la líder conservadora, a las puertas del número 10 de Downing Street, que iba a someterse al veredicto de las urnas, decenas de analistas tomaron los diarios digitales, los canales de televisión y las emisoras de radio para tratar de discernir el porqué de tamaña decisión, máxime cuando en los últimos meses había repetido hasta la extenuación que en ningún momento se plantearía convocar elecciones antes de 2020.
Como no podría ser de otra forma, el sentido común se impuso en tales análisis: con las encuestas de opinión a su favor, Theresa May busca reforzar su figura para poder hacer frente a unas negociaciones que se adivinan duras y complicadas, toda vez que el Gobierno británico se ha decidido por una ruptura con la UE a las bravas. El previsible incremento del número de escaños por parte de los conservadores, sumado a una más que probable debacle de los laboristas que lidera Jeremy Corbyn, la convertirá en dueña y señora de la Cámara de los comunes. Cierto es que los liberales van a aumentar en número de parlamentarios, pero será a costa de los laboristas, que serán quienes sufrirán el vilipendio, y en ningún caso ensombrecerán el fortalecimiento de los conservadores.
El incremento en el número de parlamentarios tories supondrá, asimismo, un varapalo para la Cámara de los Lores, un organismo formado por miembros no electos, residuo del pasado aristocrático de la nación, cuyas opiniones contrarias al abandono de la UE se han convertido en una de las pesadillas de May en los últimos meses.
Tales argumentos, que casan en términos generales con el discurso de la propia primera ministra, dibujan un panorama en el que Theresa May, sin demasiado esfuerzo y corriendo escasos riesgos, puede reforzar su autoridad al tiempo que batir sin piedad a sus adversarios.
Acaso el único inconveniente provenga de un previsible aumento del apoyo electoral hacia los nacionalistas escoceses, lo que haría más difícil seguir dilatando en el tiempo la convocatoria de un nuevo referéndum de autodeterminación. Pero ningún plan es perfecto, y en este supuesto tal circunstancia podría tornar, incluso, en una ventaja.
Adentrémonos entonces en el mundo de las chocolatinas venidas a menos.
La estrategia del Toblerone 
Si Theresa May se trasladó al número 10 de Downing Street el 13 de julio de 2016 fue porque su jefe de filas, el entonces primer ministro David Cameron (probablemente la mayor desgracia política con piernas a este lado del planeta), se pasó de frenada y perdió un referéndum que convocó dando por hecho que aplastaría a sus oponentes. Ni siquiera estaba claro que tuviese que ser ella la sustituta, un privilegio que hasta el último momento se disputaron destacadas personalidades de la formación conservadora como Andrea Leadson o Boris Johnson. Tal amabilidad del destino la ha llevado a actuar en todo momento como una mera sustituta, acaso como un mal menor. En tanto que receptora de un legado al que llegó sin someterse a prueba de liderazgo alguna, se halla secuestrada por el convencimiento de que ella es, Brexit mediante, ni más ni menos que lo que el partido ha querido que sea. Y no le falta razón. Sus manos están atadas por un doble nudo.
Pero en el hipotético caso de que Theresa May se enfrentase a un proceso electoral y no sólo lo ganase, sino que lograse mejores resultados que su predecesor y, a un tiempo, aplastase a su principal adversario, habría superado la gran prueba y sería su partido quien le debería el favor a ella. De forma paralela, se investiría con el apoyo de toda una nación para enfrentarse a las huestes negociadoras de la Unión Europea y así poder lograr “el mejor acuerdo posible para el Reino Unido”, una frase que no se ha cansado de repetir desde que asumió el cargo.
Hasta aquí ningún sobresalto. Todo marcharía según el guion previsto, sin divergencia alguna con las justificaciones esgrimidas el martes 18 por la propia May y las conclusiones alcanzadas por los sesudos analistas de la prensa británica. Todo en orden salvo por un pequeño aunque importante detalle que la mayoría parece haber obviado: ¿por qué diantres se da por hecho que lo único que persigue Theresa May es reforzar su figura para negociar un Brexit duro? ¿Y si su intención fuese precisamente la contraria: armarse de poder para poner sobre las mesa las condiciones que estime convenientes en su acuerdo con la Unión, aún en el caso de que se arriesgue a enfurecer a los eurófobos más recalcitrantes?
May jamás ha ocultado su deseo de que el Reino Unido pertenezca a la Unión Europea, un discurso que varió 180 grados cuando accedió al cargo de primera ministra. Teniendo en cuenta que Camerón hizo las maletas porque se pronunció como un acérrimo defensor de la permanencia en la UE, a May no le quedaba otra si quería hacerse con el mando de la nación. A fin de cuentas, como ya comentamos anteriormente, su papel no iba más allá que el de mal menor.
Pero una Theresa May triunfadora en un proceso electoral, que además ganase por un amplio margen y que en lugar de contar con tres años por delante, contase con cinco, se sentiría sobradamente legitimada para desarrollar las políticas que estimase convenientes. Cierto es que parte del electorado se alzaría en su contra, pero no lo es menos que un empeoramiento de las condiciones políticas, económicas y sociales del país podría situarla en una posición incluso peor, y todo parece indicar que un Brexit duro conllevaría tan oscuro panorama.
Entonces, ¿podemos dar por hecho que May ha pergeñado tan maquiavélico plan? Asumiendo que su gobierno carece de proyecto fiable alguno, tal y como ha quedado diáfanamente contrastado, y de que en su lugar dispone de una batería de propuestas y posibilidades que básicamente se quedan en nada, resulta más que probable que sea una de las tantas opciones que se le hayan pasado por la cabeza a la hora del desayuno. El devenir de los acontecimientos probablemente le haya llevado a considerar tal posibilidad incluso a la hora del té.
Y es que en los últimos meses todo han sido disgustos para May y su gobierno. La Unión Europea, lejos de mostrarse dialogante, actúa como un amante despechado y da muestras de querer hacer pagar al Reino Unido sus cuarenta y tantos años de continuos desplantes. La consigna en las capitales de la Unión, que siguen a rajatabla incluso los amigos de toda la vida, parece clara: quien abandone el barco debe sufrir cual náufrago en mitad del océano, sin Viernes que valga para mitigar la soledad. No por previsible está dejando de ser duro para la primera ministra y sus acólitos.

Los brexiteros olvidan no sólo que el imperio hace tiempo que pasó a la historia, sino que probablemente no sea el mejor recuerdo que guarden los indios

Pero nada comparable a lo que ha venido ocurriendo fuera de Europa. El mismo día que uno de los ministros enviados por May a Australia hacía ver a los responsables de aquel país las ventajas de alcanzar acuerdos comerciales con el Reino Unido, la ministra de exteriores australiana, de visita en Dublín, animaba a las empresas de su país a instalarse en la capital irlandesa. El cazador cazado.
Más desagradable y descorazonador si cabe fue el resultado de la visita que May brindó en Nueva Delhi al primer ministro de la India, Narendra Modi. Desde un primer momento, los partidarios del Brexit apuntaron hacia ese país, cuyos índices económicos se hallan en plena expansión y ofrece un mercado de dimensiones gigantescas, como ejemplo de que fuera de la UE existían posibilidades más que sobradas de entablar relaciones comerciales. Entre las razones argüidas, cómo no, la pertenencia, años ha, a un mismo imperio.
Pero los brexiteros han olvidado no sólo que el imperio hace tiempo que pasó a la historia, sino también que probablemente no sea el mejor recuerdo de los que guarden la India y los indios. A tal desprecio por la "grandeza británica" se sumó el pragmatismo de Modi, quien además de subrayar en su encuentro con May, de forma rotunda, que lo del pasado común era un cuento que ya no convencía a nadie, vinculó cualquier acuerdo comercial a la libre entrada de sus ciudadanos en el Reino Unido. El gobernante indio, sencillamente, mentó la bicha.
Las cosas no van mejor en casa, donde los gestores del National Health Service insisten día sí, día también, en que el sistema sería incapaz de subsistir sin la presencia de los miles de profesionales provenientes de la UE que prestan sus servicios en hospitales y centros de salud. Todas las alarmas han saltado al hacerse público el éxodo de dichos profesionales, que han empezado a buscar empleo en otras latitudes ante el incierto futuro que les espera en Reino Unido. Y lo que es peor: sin reemplazo disponible.
De forma paralela, buena parte de las instituciones financiera con sede en Londres han empezado a buscar oficinas, en algunos casos edificios enteros, en las capitales del continente, y los fabricantes de vehículos japoneses, coreanos, americanos y alemanes han dejado claro que su mercado son los 28 países de la UE. Si perdieran el acceso a ellos, la cadena de producción se viese afectada por la nueva situación o los aranceles les impidieran cuadrar sus cuentas de resultados, la única salida posible sería el goodbye forever.
Incluso una de las cadenas de comida rápida más populares de la nación, Pret a Manger, ha advertido de que de cada cincuenta currículos que recibe, sólo uno proviene de un ciudadano británico. Si las fronteras se cerrasen para los trabajadores de la Unión, la falta de empleados le obligaría a clausurar un buen número de establecimientos. Y se trata tan solo de unos cuantos ejemplos.
Tal panorama, sea el que ya preveía May al trasladar sus bártulos a Downing Street, sea una sorpresa para ella, es el que le espera cada mañana sobre la mesa de su despacho. De sobra sabe que aún está a tiempo de evitar una previsible catástrofe económica y social, y también de impedir que Reino Unido pierda su protagonismo en la escena internacional, un privilegio vinculado en buena medida a su pertenencia a la Unión.
Esa sensación de hallarse en un callejón sin salida, de que la solución depende de unas pocas decisiones al alcance de la mano y, sobre todas las cosas, el temor a pasar a la historia como la primera ministra que llevó el país a la ruina, bien podrían pesarle a la hora de decidirse a emplear la impostura como arma.
El saberse avalada por las urnas le permitiría enfrentar sin timidez un acuerdo con Bruselas que cumpliese las exigencias inamovibles de los 27 a la vez que pareciese que son los 27 quienes se han plegado a algunas de las exigencias británicas. Todo depende de cómo se le expliquen las cosas al respetable, porque si el respetable se creyó antes del referéndum que abandonar la UE permitiría disponer de 350 millones de libras semanales para el National Health Service (algunos lo siguen creyendo a pesar de que los defensores de tal hipótesis tuvieron la desfachatez de negarlo el día siguiente al referéndum), ¿por qué no se iba a creer ahora cualquier otra historia?

Si el respetable se creyó que abandonar la UE permitiría disponer de 350 millones de libras semanales para el NHS, se podría creer cualquier otra cosa

De las cuatro condiciones sine qua non para acceder al mercado único: la libre circulación de bienes, personas, servicios y capitales, la única que realmente preocupa a los partidarios del Brexit es la libre circulación de personas. Bastaría con simular una suerte de acuerdo con la UE para reforzar las fronteras británicas, que ya hoy en día se hallan tan reforzadas como el Gobierno desee -el país no forma parte del Acuerdo de Schengen y exige la presentación de documentación a los viajeros-, para que buena parte de la opinión pública lo percibiera como un triunfo del Reino Unido frente a la UE.
El riesgo de pérdida de puestos de trabajo; la más que probable merma en la operatividad de los servicios sanitarios; el sólido riesgo de ruptura de la nación como consecuencia del fortalecimiento de los nacionalistas escoceses, pero también de los irlandeses; la inseguridad del estatus de los ciudadanos británicos que residen en el continente, pueden ser argumentos más que contundentes, entre otros, para que Theresa May trate de convencer a los votantes eurófobos -muchos de ellos con unos principios ideológicos harto influenciables si se ponen en juego el Marmite (una pasta de lavadura tan popular como la Reina), la cerveza, el sol o la playa- de las bondades de un acuerdo que no suponga la total ruptura con sus socios europeos.
Tal cambio de dirección le enfrentaría con los nacionalistas del UKIP y con parte de su partido, pero evitaría el descalabro de la nación, que a la larga sería el peor escenario posible también para ella, y desactivaría en buena medida las ansias independentistas de los escoceses.
El pacto con la UE podría seguir el camino marcado por países como Noruega o Suiza, o bien circunscribirse a un acuerdo sine die por el cual el Reino Unido iría desentendiéndose de la estructura política y administrativa de la Unión a muy largo plazo. El suficiente para que las nuevas generaciones de británicos, las que han dejado de percibir el olor a alcanfor como un plácido recuerdo de grandeza, tomen el relevo y hagan valer sus ansias de vivir en el siglo XXI.
Claro que, dado el creciente empeño de las empresas de encuestas por fallar en sus pronósticos, no sería imposible -aunque sí improbable- que los británicos retirasen su confianza a los conservadores en las urnas el próximo 8 de junio; o bien que los tories registrasen un considerable retroceso en el apoyo popular como consecuencia, entre otras circunstancias, de una unión electoral entre laboristas, liberales y verdes (los últimos ya han lanzado la propuesta). Pero aún en ese caso, que supondría un considerable revés para los brexiteros, ante los ojos de May el escenario sería más benévolo que el actual. Retirarse de una batalla perdida no es un signo de cobardía, sino una muestra de lucidez intelectual. Y nadie podría culparle de no haber luchado con todas sus fuerzas para hacer cumplir la voluntad popular. Ni siquiera su honor quedaría mancillado.
En un país que ha hecho de la impostura un arte, la estrategia del Toblerone se convierte en la mejor opción para que la realidad cambie sin que realmente lo haga. Parece cosa de tontos. Y ciertamente lo es.

Vídeo de la intervención de Theresa May el martes 18 | YOUTUBE