Un suicidio con olor a alcanfor (I)

Marzo de 2013. Los empleados de la estación de metro de Embankment, en pleno centro de Londres, se percatan, por segundo día consecutivo, de que una anciana lleva sentada varias horas en uno de los bancos del andén. Mitad preocupados, mitad movidos por la curiosidad, se acercan a ella y le preguntan si le ocurre algo. Su respuesta, además de dejarlos estupefactos, se convierte en un monumento a la nostalgia: la voz de su marido, el actor Oswald Lawrence, fallecido en 2007, se había escuchado durante décadas a través de la megafonía del suburbano londinense, desde donde aconsejaba a los usuarios que tuviesen cuidado al salir del vagón (el popular Mind the gap). Años atrás, la compañía había decidido sustituir paulatinamente dicha grabación por otra más moderna, pero la estación de Embankment, porque las cosas de palacio van despacio, la conservaba. Para la señora Lawrence, escuchar a Oswald le permitía revivir a diario la dicha de su matrimonio. Tras la repercusión pública que alcanzó tan emotiva historia de amor, los directivos de la empresa de transporte decidieron mantener la voz ad eternum, permitiendo que la anciana disfrutara, siempre que lo deseara, de un viaje al pasado.

Esa querencia por un “tiempo mejor”, así como la firme determinación de revivirlo, no es monopolio de Margaret Lawrence: buena parte de la sociedad británica ansía acomodar sus posaderas día sí, día también, en los asientos de la estación de Embankment para regodearse con un pasado sobrado de alcurnia. Nada les haría más felices que retornar a los tiempos en los que Inglaterra se hallaba en la cima del mundo; cuando se sabían ciudadanos de un imperio; cuando nadie osaba toser frente a su poderío militar y económico; pero, sobre todas las cosas, nada les haría más dichosos que regresar a los tiempos en los que irlandeses, negros, indios, asiáticos y europeos continentales no habían osado irrumpir en la isla para corromper esa pureza racial y cultural que tanto adoran. Bendito Brexit.

Nada haría más felices a millones de británicos que regresar a los tiempos en los que los foráneos no habían corrompido esa pureza racial y cultural que tanto adoran


La decisión de Inglaterra y Gales de abandonar la Unión Europea, que arrastra a Escocia, Irlanda del Norte y, por la parte que nos toca, Gibraltar, se sustenta en una doble creencia y en una creciente e indisimulada fobia. La primera de dichas creencias es que el estatus internacional perdido tras las dos grandes guerras y la independencia de las colonias resultará fácilmente recuperable, al menos manifiestamente mejorable, fuera de una estructura administrativa que ata de pies y manos las históricas ansias expansionistas del pueblo británico; la segunda es que el control absoluto de las decisiones políticas, desde hace 44 años delegadas en buena medida en Bruselas, evitará que la población blanca británica siga asistiendo, impotente, a la merma de su protagonismo en los diferentes estratos de la pirámide poblacional. La creciente e indisimulada fobia, y acaso la mayor de sus pesadillas, es la que experimenta buena parte de la Inglaterra de raíces rurales hacia la posibilidad de convertirse en algo similar a Londres, esto es, en un crisol de razas, culturas y lenguas donde los blancos británicos tornen en una mera anécdota y los pie (un popular pastel de carne) acaben por desaparecer en favor de la sopa de soja y la tortilla de patatas.

Sólo esa aversión al cambio, a la heterogeneidad, a la pérdida de una identidad que se apoya en un pasado glorioso y monoétnico, explica que buena parte de las élites del país, sin distinción en lo que respecta al credo político aunque con una mayoría conservadora, opten por defender un giro tan contundente como peligroso. La aventura del Brexit ha puesto en solfa los cimientos de una economía sólida y en auge donde el desempleo es poco más que una anécdota (aunque la precariedad laboral también se halla en expansión), y de forma paralela deja en la cuerda floja la unidad del país. El riesgo, aseguran sus mecenas, merece la pena. God save the Queen.

Pero las élites no están solas. Les acompaña en el viaje la plebe necesaria, que no sólo participa en buena medida del sentimiento supremacista, sino que, lo que es más importante, ha descubierto en la Unión Europea la diana idónea contra la que dirigir su ira. En un país donde las diferencias entre ricos y pobre se agrandan año tras año; donde los servicios públicos se deterioran a pasos agigantados; donde la sanidad pública, otrora orgullo patrio, se tambalea en un universo de dudas acerca de su viabilidad, la estrategia de los nacionalistas del UKIP, de los conservadores eurófobos e, incluso, de parte de los laboristas, ha consistido en señalar a la Unión Europea como origen de todos los males. Una población en general escasamente instruida y unos medios de comunicación entregados al populismo más exacerbado han hecho el resto. Si The Sun, The Daily Mail o The Daily Express publicasen en primera página que caminar hacia atrás facilita la pérdida de peso, Reino Unido mutaría en un país de cangrejos.

La pesadilla de la Inglaterra rural es convertirse en algo similar a Londres, un crisol de razas y culturas donde los blancos británicos tornen en una mera anécdota


Desde un primero momento, la estrategia brexitera para ganar adeptos resultó más que evidente: señalemos a alguien de allende las fronteras como el origen de las desgracias locales; ensalcemos las virtudes patrias como superiores a las que cabría atribuir a los ciudadanos de otras latitudes, es decir: “Nosotros somos mejores que esos gilipollas”; y prometamos una suerte de paraíso fundado en unos supuestos valores autóctonos. Sin ánimo de restar méritos, debemos admitir que no se trata de un plan que rebose originalidad, toda vez que ya se ha probado en diferentes países. Se llama nacionalismo, y ha provocado la pobreza, la destrucción y la desgracia allí donde se ha implantado. A pesar de ello, otorguémosle el beneficio de la duda. Tal vez a la quincuagésima vaya la vencida. 

Para lograr el ansiado objetivo no se escatimó en recursos propagandísticos. Lejos de limitarse a las burdas mentiras, algunas reconocidas el día después del referéndum sin que se cayese ninguna cara de vergüenza, el UKIP de Nigel Farage echó mano de la sapiencia de quienes demostraron con creces que sabían diseñar carteles capaces de soliviantar a las masas: los nazis que capitaneaba un tal Adolf Hitler.

Porque lo realmente grave del Brexit no es que los británicos hayan decidido mayoritariamente abandonar la Unión Europea. Se podrá estar más o menos de acuerdo en que tal decisión les convenga, pero se trata de un proceso democrático y por lo tanto respetable. Lo grave es que el principal argumento para movilizar a los votantes haya sido el miedo al extranjero, que se haya señalado a los foráneos y a lo foráneo como la causa de todos los males y se haya dado vía libre a las expresiones de odio que han comenzado a aflorar y que probablemente continuarán y se intensificarán.

Cuando, días antes del referéndum, un exaltado asesinó a la diputada laborista Jo Cox, incansable defensora de los derechos de minorías y foráneos, la reacción fue tan patéticamente moderada por parte de todos los actores, temerosos de que una declaración rotunda contra la barbarie se tradujese en una pérdida de votos, que el día del referéndum nadie se acordaba de ella. Claro que fue un pobre loco quien perpetró la tragedia, pero ¿de verdad alguien duda de que los llamamientos al odio fueron el origen de su horripilante reacción?

Con todo, decir que quienes votaron a favor del Brexit son, en su mayoría, xenófobos, sería faltar a la verdad. Muchos lo apoyaron porque creen sinceramente en las bondades de la separación de la UE; otros porque confundieron los términos y decidieron castigar unas políticas, puestas en práctica indistintamente por conservadores y laboristas, que han provocado un grave deterioro de los servicios públicos; los de más allá, ciertamente, porque la xenofobia les puede. Pero lo que unió a todos sin excepción, aunque a algunos les cueste reconocerlo y abominen de ello, es que prestaron su apoyo a quienes convirtieron el odio a lo foráneo en la bandera de la campaña, creando con ello un problema sin precedentes en las relaciones entre su país y el resto del mundo, pero también entre sus propios compatriotas. La opinión pública está tan dividida con respecto a la salida de la Unión Europea, sus posturas son tan alejadas e irreconciliables, que uno se siente como en España.

Si The Sun o The Daily Mail publicasen que caminar hacia atrás facilita la pérdida de peso, Reino Unido mutaría en un país de cangrejos


Mención aparte merece el patetismo de los ciudadanos británicos de origen africano, jamaicano o asiático que apoyaron el Brexit en las urnas, doblegándose al engaño y asumiendo con ello los argumentos supremacistas blancos. Curiosamente, idéntico escenario se repitió un año más tarde en los Estados Unidos, en ese caso sumándose los latinos. Su bochornoso papel sólo fue comparable al protagonizado por uno de los protagonistas de la campaña, el ex ministro conservador Michael Gove, quien pronunció una de esas frases que han pasado a glosar los anales de la estupidez humana: “Los ciudadanos de este país ya han sufrido demasiado a los expertos". En opinión de Gove y los suyos, lo inteligente es ignorar la opinión del ilustrado y hacer bandera del griterío y la chabacanería.

Su reacción venía a cuento porque una aplastante mayoría de académicos y de reputados profesionales de diferentes ámbitos advirtió antes del referéndum, y también tras la consulta, de los riesgos a los que se enfrentaría el Reino Unido, o lo que quede de él, si se convirtiera en una sociedad aislada. Pero en estos tiempos que corren, que algunos analistas han denominado “la era de la post verdad”, el sentido común ha pasado a mejor vida. 

EL ARTE DE LA IMPOSTURA
Se comenta en los mentideros políticos europeos que un relevante politico italiano pronunció la siguiente frase, en referencia a Reino Unido, en una reciente cena oficial: “Europa está compuesta por países pequeños y por un país que no se ha percatado de que es pequeño”. Verdadera o falsa, ilustra mejor que ninguna otra la reciente historia del Reino Unido.

En España conocemos de sobra las consecuencias de la pérdida de un imperio, la frustración que acompaña a un país otrora grandioso cuando se convierte en uno más. Lo acaecido en 1898 fue el origen de una serie de acontecimientos que marcaron nuestra historia a lo largo del siglo pasado y siguen presentes en la nueva centuria. A nuestros abuelos y bisabuelos les costó lo suyo asumir que España había dejado de ser España. Las actuales generaciones seguimos pagando esa cara factura.

Algo similar, y con escasos años de diferencia, le ocurrió a Reino Unido. La eclosión de los Estados Unidos como potencia militar hegemónica, y por ende dueña y señora de los océanos, y la posterior pérdida de las colonias, situaron al glorioso imperio británico a la altura de un país del montón. Pero entonces la historia se puso de su lado. El surgimiento del nacionalismo germano, el posterior estallido de la Segunda Guerra Mundial y la victoria aliada permitieron que los británicos pudieran prorrogar su extinta grandeza, aunque fuera haciendo uso de toda suerte de imposturas.

Los enemigos del nazismo decidieron ordenar el mundo a su conveniencia, estableciendo una aristocracia diplomática en la que los ganadores de la segunda Gran Guerra se reservaban un impagable derecho de veto en las recién creadas Naciones Unidas. Y allí estaba el Reino Unido, en primera fila, por aquel entonces acaso con una más que sobrada justificación. Ni que decir tiene que, tal y como exigía el guión de tan alta responsabilidad, no pudo por menos que sumarse al club nuclear, al que sigue perteneciendo hoy en día. Eso sí, acaso sea conveniente aclarar que Reino Unido es la única potencia nuclear que, paradójicamente, no posee armas nucleares. Los misiles de sus submarinos Trident se encuentran en régimen de arrendamiento a un consorcio empresarial estadounidense. Sirva tal hecho como ejemplo de la impostura en la que se mueve este país en la escena internacional.

Pero el tiempo, justiciero sin par, pasa, y 70 años más tarde dos de los perdedores de aquel conflicto bélico, Alemania y Japón, junto a antiguas colonias como India, han asumido un protagonismo global que no se corresponde con su poder de decisión en las principales instituciones internacionales. Sus gobiernos llevan años pidiendo paso, y que manifiesten abiertamente sus dudas acerca del papel que se reserva a Reino Unido en la escena internacional, o a lo que quede de él, es cuestión de reloj. No van a estar solos, porque ni China ni Rusia van a aceptar que su poder de decisión sea similar al de un peñasco al norte de Europa. Y qué decir de Francia, donde a estas alturas sus políticos tienen que realizar ímprobos esfuerzos para aguantarse las carcajadas.

Europa está compuesta por países pequeños y por un país que no se ha percatado de que es pequeño

¿Y los Estados Unidos? Ese será otro cantar, toda vez que los británicos llevan años sirviéndoles de apoyo en no pocos embrollos. De bien nacidos es ser agradecidos, y probablemente tengan en cuenta que los criterios políticos del Foreign Office se han basado en una premisa harto clara y contundente a lo largo de las últimas décadas: hacer lo que ordene Washington. Y sin chistar. Con todo, podemos albergar la duda razonable de si un aliado débil le serviría de algo al primo de Zumosol.

Ni siquiera la Unión Europea, llegado el caso, aceptaría a un Reino Unido (o lo que quede de él) con voz, voto y derecho a veto en cualquiera de los grandes asuntos planetarios. Y es que buena parte del protagonismo global británico en las últimas décadas se ha sustentado, precisamente, en su pertenencia a la Unión. Participar del acuerdo mercantil y político más importante del mundo ha permitido que floreciera su industria y su economía, pero también que, junto a Francia, ostentase una suerte de representación de los todavía 28 ante Naciones Unidas. Si el continente continúa dando pasos en su proceso de integración, máxime si se decide a constituir un sistema de defensa propio, ajeno a la OTAN, su sombra acabará por oscurecer cualquier ansia internacionalista británica. En cualquier caso, Alemania, Italia, España o Portugal siempre podrían solicitar el catálogo de armas nucleares de Lockheed Martin y Jacobs Engineering Group. 

Y es aquí donde conviene detenernos, porque acaso sea éste el gran error del Reino Unido en su lucha por recuperar el olor a alcanfor. En lo que no han reparado los defensores de la extinta grandeza patria es que a estas alturas de la historia, su protagonismo internacional no depende de sí mismo. Si Reino Unido es un país importante, porque lo es, se debe a que los demás países han decidido que lo sea. Y lo que llega, de igual forma, se va. Su apertura al mundo, sus enormes facilidades para el establecimiento de empresas y, sobre todo, su pertenencia al mercado más poderoso del planeta, la Europa de los 28, ha llevado a que compañías estadounidenses, japonesas, coreanas, alemanas, francesas españolas, italianas y de cualquier rincón del orbe decidieran instalarse en él, con todo lo de positivo que ello conlleva para su economía, la capacidad de mando de su gobierno y el bienestar de sus ciudadanos.

Mal que les pese a los defensores de los valores patrios, el principal negocio del país es la internacionalización, y dentro de ella el haberse convertido en una de los centros ecónomicos de la Unión Europea. Dar la espalda a sus vecinos con la intención de llegar a acuerdos con el resto del mundo, contando para ello como baza con una industria propia prácticamente inexistente, o directamente vinculada bien a las grandes corporaciones europeas, bien al mercado de consumo continental, no parece una idea brillante; tampoco poner sobre la mesa de las negociaciones un mercado de 65 millones de consumidores frente a los 500 millones de la Unión; y mucho menos exhibir un halo de aislamiento político que pone en evidencia sus carencias, miserias y decadencia. En cualquiera de los casos, no parece una decisión a la altura del siglo XXI.

Paradójicamente, la nostalgia por un pasado glorioso puede dar al traste con lo poco de ese pasado glorioso que conserva el Reino Unido. Pero justo es reconocer el disfrute que conlleva el recuerdo de las batallas ganadas y el olor a alcanfor que envuelve esos recuerdos. Tan entrañable aroma hará más llevadero uno de los suicidios más absurdos de cuantos han tenido lugar en la historia.