Suspendido por la niebla

El CD Tenerife ha disputado más de dos mil setecientos partidos en categorías nacionales a lo largo de la historia. La lluvia, el frío, súbitas gastroenteritis, huelgas de futbolistas y accidentes aéreos o de circulación han motivado que algunos de ellos se hayan aplazado. Durante días, semanas o meses. Pero una vez iniciado el partido, todos menos uno han terminado. Algunos, por culpa de algún inoportuno apagón, duraron casi tres horas... pero se concluyeron el mismo día de su inicio. Y otros, por una agresión al árbitro, no llegaron al minuto noventa. Pero una vez que se dieron por finalizados, nunca se reanudaron.

La excepción ya citada se produjo el 14 de enero de 1979 en Miranda de Ebro (Burgos), cuando el grupo dirigido por Olimpio Romero visitaba al Mirandés, que entonces era uno de los gallitos del grupo I de la Segunda División B, que sumaba por victorias sus ocho apariciones anteriores en Anduva. La razón de la interrupción del partido no hay que buscarla ni en la lluvia, ni en la nieve, dos circunstancias clásicas para explicar centenares de suspensiones en esa zona. La estampa de Anduva convertido en un barrizal infame o con un manto blanco de un metro de espesor son típicas del duro invierno castellano.

Esta vez la culpa fue de la niebla. A las cuatro de la tarde del domingo, el compromiso se inició con ese sol gélido tan típico de la localidad y la fecha. Un cielo despejado y un frío polar acompañaron a Mirandés y Tenerife cuando saltaron al pesado campo de Anduva a las órdenes del colegiado asturiano Díaz Gutiérrez. El Tenerife lo hizo con: Domínguez; Manolo, Julio Durán, Navarro, Aparicio; Paco Brito, Alberto, Román, Martín Abad; Larrañaga y Belmonte. Era un tiempo de indefinición tras el descenso del verano anterior, en el que el club mezclaba media docena de canteranos con peninsulares y un lateral uruguayo.

Para entonces, el efecto Olimpio estaba en plena ebullición y el equipo encadenaba tres victorias seguidas después de un inicio titubeante que provocó la destitución de Manolo Sanchís, artífice del descenso del curso anterior. Eso sí, para engancharse a la zona de ascenso, el Tenerife necesitaba puntuar en Anduva, donde nadie lo había hecho hasta la fecha. Con esa idea salió el conjunto blanquiazul, tocando en corto en mediocampo, con Alberto y Román como referentes. A los cinco minutos, el sol dejó paso a unas nubes. Y a los diez, las nubes se convirtieron en espesa niebla. A los catorce no se veían las porterías desde el centro del campo y el árbitro suspendió el choque.

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Formación del CD Tenerife que el 15 de enero sí jugaría ante el Mirandés logrando una igualada.

Y después de las lógicas dudas (“¿esperamos en el campo?”, “¿nos vamos a la caseta?”), los jugadores tuvieron dificultades para encontrar el camino de los vestuarios. Tras un cónclave de media hora, los dos presidentes fijaron la reanudación del choque a las doce del mediodía del lunes. En día lectivo y horario laboral. Por la noche, la lluvia disipó la niebla y, con el campo semivacío, el Tenerife logró un empate (1-1) que pudo ser victoria. Larrañaga adelantó a los visitantes a diez minutos del final, pero, en el último suspiro, un mal bote le regaló un punto al Mirandés. Y Domínguez se fue pensando que, pese a no ver nada, era mejor la niebla que el barro.