"Aquí, el pescador está perdido. Aquí, cantera de pescadores no hay"

Juan Martín Trujillo tiene 74 años y ha dedicado su vida al mar. Junto a su mujer, Josefa, ha criado a cinco hijos y a todos ha podido darles la oportunidad de que estudiaran, aun en unas circunstancias difíciles.
"Dígame: hoy un pescador que tenga cinco hijos y con el dinero que tiene que pagar, qué estudios puede dar a sus hijos. Que me lo digan a mí, con siete nietos", así comenzamos la historia de esta familia tinerfeña del municipio de Santiago del Teide. 

El matrimonio asegura que la vida ha cambiado bastante. "Ha cambiado todo. El nivel de vida estaba más adelantado que hoy, porque ganábamos más. Antes estaba más compensado. A mí se me averiaba el barco y, según lo que fuera, íbamos a Santa Cruz para traernos los repuestos, ya que no eran tan exagerados como hoy los gastos. Con lo que antes invertíamos en una avería de un motor, si esa avería la tenemos hoy saldría más barato vender el barco".  
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Juan y Josefa | IMAGEN AH

Todo una vida dedicada a la pesca 
 “Llevo desde los 7 años pescando, y tengo ya 74, la única escuela que yo he vivido es esa. Eramos siete bocas en casa y había que trabajar”, comparte Martín. El veterano pescador ha visto cómo el paso del tiempo ha revolucionado Santiago del Teide y sus alrededores. Juan ha sido testigo de cómo el pueblo de pescadores se ha convertido en una importante ciudad para el sector turístico.“Lo más que ha cambiado es que quien depende de la mar ya hoy no vive sólo de ella. Necesita capturar atún, puesto que es con lo único que puede solucionar algo sus gastos. Del pescado de fondo no se vive, porque no ha quedado nada”. 

“Ya no se vive de la pesca. Yo he vivido siempre de la mar. Me casé con 28 años. Tuvimos cinco hijos. Donde vivimos, lo que es el origen de nuestra casa, solo compramos por aquellos tiempos dos cuartos y el resto era solar. Y según íbamos ganando, pues íbamos ampliando un poco. Yo podía antes coger el pescado que quería, ni tenía talla de coger, ni tope que coger, con el amaño que que quería... Hoy, no”. Juan señala que las cosas ahora son diferentes también para el que tiene una pequeña embarcación. “Estoy retirado, tengo un bote para comer, cuando voy a coger un pez para comer viene la patrullera: 'enséñeme los papeles, enséñeme esto'; el pez, si llega al tamaño, bien, si no ya estoy multado”.

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Playa de Santiago del Teide | IMAGEN AH

Juan, como su mujer Josefa, ha tenido siempre una vida ligada al mar. Josefa está casada con un pescador, es nieta y biznieta de pescadores y también para ella ha sido duro, "antes no teníamos teléfono y, cuando se iban meses a África, siempre estabas pendiente de las noticias porque no los veías en mucho tiempo y no sabías si les había pasado algo hasta que no llegaban a casa".
De lo que más se enorgullecen es de poderles haber dado a sus hijos estudios y que no vivan del mar. “Mis hijos no se han interesado por seguir en el mundo de la pesca, ni yo lo he querido”. Juan nos explica que antes era muy fácil y barato sacar la licencia, “hoy, un chico joven dice: 'no hay trabajo, no hay trabajo...', pero es que lo ponen imposible. Un chico joven hoy de 20 o veinte y pico de años que quiera sacar los papeles para la pesca, le cuesta un dineral porque es tanto a lo que te obligan... Antes era: mira, saca la cartilla, haz la competición marinera y ya esta; hoy, no. Tampoco por despachar un barco, ni por los certificados de los barcos. Después vinieron los años que teníamos que dar un duro para los sellos de los huérfanos. Pero el que quería sacar la cartilla y prepararse para la mar, le salía barato”.
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Parte de las embarcaciones | IMAGEN AH

Vida de un pescador

"La vida del pescador es como la del minero: ni tenemos hora de comida, ni tenemos hora de sueño, trabajamos a veces día y noche sin dormir."

"A veces, cuando íbamos a comer, llegaba todo el pescado y, entonces, para arriba, todo para un lado y vamos a trabajar. Cuando ya terminaste la faena ya no tenías ganas de nada. Esa es la vida del pescador, no hay otra. Cuando era más pequeño, si llevábamos abriguito nos lo poníamos en la cabecera y nos pegábamos diez o doce días en Los Cristianos; porque como eran barquitos de remo, no podíamos ir y venir y teníamos que quedarnos. La rutina era la de que comíamos por la noche bonito cocinado con papas, todo junto en un caldero. A mediodía comíamos lo que nos sobraba de la noche, el bonito frío, con las papas frías. Esa era la vida nuestra".

Cuando Juan tenía 10 años, su padre lo llevó a trabajar a La Gomera durante seis años. "Íbamos a trabajar la semana entera a las canteras, a echar las caballas a tierra en casa de don Mario. Hoy esa fabrica esta abandonada. Ahí no había ni desayuno, veníamos con 200 o 300 Kg de caballas y había que apañarlas al tablero, echarlas para tierra y después en un carro de esos con dos ruedas y un alambre empujando. Y lo llevábamos hasta la fabrica. Luego fregábamos el barco. A las 10 y media o las 11, al viejo lo mandábamos para que fuera preparando el caldero y de esa tarde; antes, ni un buche de agua, ni de café, ni nada. Llegaba el viejo cuando el caldero ya estaba listo: papas y caballa". Comían lo que tenían, "a las 11 estábamos dormidos para trabajar por la noche, también comíamos el gofio amasado y la garrafa helada, ni plátano ni nada, ni una naranja para echar para detrás, ni nada. Nos acostábamos en una sombra bajo un cejo. Con la tardecita nos levantábamos otra vez, íbamos a la fuente que estaba por encima, sacamos un poco de agua, nos lavábamos la cara y para abajo. El viejo freía las caballas por la noche para no comerlas cocinadas, ahí no había otra cosa: o fritas o cocinadas, al almuerzo y a la cena; y después, si quedaban dos o tres caballas fritas las llevaba el viejo para bordo y a la 1 o 2 de la mañana amasaba gofio, una cebolla abierta y las caballas fritas; esa es la vida que yo llevé con 10 o 12 años". 

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Turismo en Santiago del Teide | IMAGEN AH

El turismo
Santiago del Teide ha crecido mucho y el turismo con él. "Cuando con el turismo empezaron a hacer los hoteles, dijimos: ahora sí, porque el pescado se vende más caro, a lo mejor vamos a estar mejor. Pero lo que vino fue reventarlo, porque esa gente no come el pescado nuestro porque lo que compran son el pescado de hielo. Además lo compraban a 4 o 5 pesetas y el nuestro valía 10 pesetas, por eso nos reventaba y el problema es que mucho quedaba sin vender". Otros sectores si se han visto más beneficiados de turismo, "vino trabajo, sí, para el que trabajó de camarero, para el que se puso hacer un bar o tenía un bar si se aprovechó y sigue aprovechándose, pero para el pueblo del pescador no vino nada".

"En esa época había barcos de más de 10 toneladas, había 18 barcos fondeados fuera, a parte de los más pequeños. Era la flota más grande que había". Ahora, tanto Juan como sus compañeros han visto como "ya solo quedan dos chicos con una pequeña embarcación"

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Una de las pocas embarcaciones que quedan | IMAGEN AH

 

El pescado de hoy día
Juan también hizo referencia a cómo ha cambiado el mar. "Antes la mar criaba, ahora la mar no cría". El pescador ha visto cómo de la pesca hemos pasado a las piscifactorías; "eso no sirve para comer ni para nada". Han probado en diferentes ocasiones los peces pero "estaba malísimo, de hecho se te quedaba el olor de las manos". Una de las razones es que alimentan a los peces con otras cosas que "no es pienso de pescado, por eso no sabe a nada. Uno, sabe lo que es pescado, y pescado fresco eso no lo es". 

Para terminar apunta que "aquí, el pescador está perdido. Aquí, cantera de pescadores no hay".