Hablando de política en un ascensor

Jueves 27 de abril de 2017. La canciller alemana, Angela Merkel, rompe el guión previsto en su comparecencia ante el Bundestag y, aparentemente sin venir a cuento, dedica unas duras palabras a la actitud ilusa con la que el Gobierno británico afronta la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Su intervención, como es menester, se convierte en titular en los principales medios de comunicación del continente y, cómo no, en las islas británicas.
Domingo 30 de abril de 2017. El diario alemán Frankfurter Allgemeine dedica una página a contar los pormenores de la cena que habían mantenido el miércoles 26 de abril, en el número 10 de Downing Street, el presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker; el negociador de la Unión Europea, el francés Michael Barnier; la primera ministra de Reino Unido, Theresa May, y otros selectos cargos del Gobierno de su Majestad. El resumen de la velada podría resumirse, a grosso modo, como una sucesión de miradas de sorpresa y tocamientos de rodilla bajo la mesa entre Juncker y Barnier, incrédulos ante los comentarios de una primera ministra que, según el propio Juncker le confesaba a Merkel esa misma noche, parecía vivir en otro planeta.
La exclusiva del diario alemán permitía explicar el porqué de la airada reacción de Merkel al día siguiente y, lo que era más preocupante, revelaba las enormes dificultades del proceso de negociación del Brexit. Vayamos por partes.

El Frankfurter Allgemeine reveló a un tiempo el porqué del ataque de Merkel a May y la soledad de la líder británica

Las relaciones políticas internacionales se desarrollan habitualmente en tres estratos. Uno de dichos estratos, denominémoslo A, es el de las reuniones anunciadas a bombo y platillo, las cámaras de televisión y los apretones de manos (en el caso del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sería más propio hablar de aplastamiento de manos). Son las que presenciamos día tras día en los informativos de televisión y en las portadas de los medios escritos. Se trata del ámbito más teatral de la diplomacia, aunque no por ello menos importante. Se guardan las formas de la mejor manera posible. Cuando así procede, obviamente.
Un segundo estrato, llamémoslo B, es el de las reuniones crudas y duras en las que a menudo se dejan a un lado las sonrisas y los piropos para, en su lugar, entrar al trapo sin miramientos. Se incluyen llamadas telefónicas, vídeo-conferencias e intercambios epistolares. Suelen ser encuentros programados a puerta cerrada que por lo general no se ocultan a la opinión pública, pero de los que no existen registros periodísticos que no provengan de filtraciones interesadas o de documentos en los que se refleje el resultado de la reunión, públicos o confidenciales. Pueden protagonizarlos grandes estadistas, políticos de segunda fila o meros funcionarios. Se tratan los asuntos a cara descubierta, con detalle y con la intención de llegar a algún sitio. A menudo se halla directamente vinculado con el estrato A: una rueda de prensa conjunta de dos presidentes de gobierno puede estar precedida de una reunión del estrato B. Tal vez se hayan tirado los trastos a la cabeza, pero mostrarán su lado amable ante la opinión pública y contarán chistes pésimos de los que se mondarán de risa los asesores que reposan sus posaderas en la primera fila.
El estrato restante, otorguémosle la letra C, no existe como tal en las relaciones políticas formales, pero puede tornar en el más importante, cuando no crucial. Son contactos entre estadistas o entre funcionarios, programados o espontáneos, que por lo general no se anuncian ni trascienden a la opinión pública, a no ser que una filtración periodística los revele. Una llamada de teléfono nocturna, una invitación a comer en casa, un paseo por un parque, son algunos ejemplos. El caso de la cena que tuvo lugar el 26 de abril en el número 10 de Downing Street nos viene al pelo. No se trataba de un encuentro secreto, toda vez que la cita había trascendido, pero lo que allí se iba a hablar, utilizando la jerga futbolística, “debía quedar en el campo”. Pero hete que uno de los principales diarios europeos contaba días más tarde, con abundancia de detalles, lo que había acaecido en tan excelsa velada. No hace falta que nos estrujemos demasiado el cerebro para llegar a la conclusión que bien Juncker, bien Barnier, bien ambos a un tiempo, decidieron irse de la lengua.

No es necesario ser un lumbrera para llegar a la conclusión de que bien Juncker, bien Barnier, bien ambos, decidieron irse de la lengua

Uno de los casos de diplomacia del estrato C más conocidos fue el que tuvo por escenario durante años la popular bodeguilla de Felipe González. Tras desembarcar en el Palacio de La Moncloa, el presidente socialista ordenó habilitar una suerte de bodega andaluza en uno de los sótanos del complejo. Allí, entre jamón, gambas, vino y otros deliciosos manjares, González, junto a su familia y sus amigos, podía relajarse los fines de semana del estrés provocado por los vaivenes de una España convulsa. Pero la realidad es que aquellas cuatro paredes se convirtieron en uno de los epicentros de la política nacional y europea. El líder del PSOE actuaba a modo de amable anfitrión de representantes de diferentes ámbitos sociales y económicos, pero también de influyentes mandatarios como el alemán Helmuth Kohl, el estadounidense Ronald Reagan, el cubano Fidel Castro o el nicaragüense Daniel Ortega. Con la única presencia de algunos allegados y, si era necesario, un intérprete de total confianza, la informalidad y la calidez de las relaciones humanas permitían que se discutiesen toda suerte de asuntos y se adoptasen decisiones de suma importancia. Luego, esos asuntos se perfilaban en el estrato B y, por último, se formalizaban y difundían en el A.
Por no dejar la explicación coja, valga decir que existe un cuarto estrato tantas veces infravalorado: las relaciones entre los servicios de inteligencia, una suerte de diplomacia paralela en la que jamás se rompe el dialogo, ni siquiera en los periodos de mayor tensión y enfrentamiento. Su papel fue crucial durante la Guerra fría, y a buen seguro lo estará siendo estos días en las relaciones entre los Estados Unidos y Corea del Norte, pero no nos incumbe en el escenario que nos ocupa. Al menos aparentemente.
Con frecuencia, tomar uno u otro camino en materia de política internacional depende de las relaciones personales entre los dirigentes de los diferentes países y organismos, de su mayor o menor capacidad de encanto, de su desparpajo, de su insistencia, de sus virtudes e inseguridades, de la simpatía de su cónyuge, de su dominio de otras lenguas, de la felicitaciones de cumpleaños, del color de la camisa, del perfume… En buena medida, las excelentes relaciones que mantiene el Reino de España con los países de Oriente Medio, jalonadas con contratos millonarios para las empresas patrias, se fundamentan en el carácter monárquico del sistema político español. Para las monarquías árabes, el Rey es un interlocutor de primerísima fila cuyo papel va mucho más allá del de mero florero de lujo, tal es la función que le reserva la Constitución de 1978. Y eso, sabiamente, lo han sabido aprovechar los sucesivos gobiernos.
Y es que si queremos comprender la política internacional, si queremos, en definitiva, comprender el mundo, no debemos pasar por alto un detalle harto sencillo: los estadistas más importantes del planeta no dejan de ser personas como usted y como yo. Albergan sus filias y sus fobias, sus querencias, sus aficiones, sus gustos. ¿Cuántas guerras a lo largo de la historia habrán tenido su origen en el dolor de muelas de un emperador? ¿Cuántas en una discusión con una reina que no entra en razón? La historia es más mundana de lo que parece, y la verdad sobre lo acaecido trasciende los documentos oficiales. También los discursos pomposos.
Y ya es hora de regresar al número 10 de Downing Street y a la deliciosa cena que, en opinión de los invitados, les ofreció Theresa May el miércoles 26 de abril de 2017, todo un logro tratándose de cocina británica pura y ruda. El caso es que el bueno de Juncker, tras tomar el café y con el postre aún en el gaznate, salió tan escandalizado de la residencia de la primera ministra que no pudo por menos que compartir su estado de ánimo con la canciller alemana. Ésta, al otro lado del teléfono, no daba crédito. Y hasta aquí, todo en orden.

Los estadistas más importantes no dejan de ser personas con sus filias, sus fobias, sus querencias, sus aficiones, sus gustos

Por historia, por protagonismo económico y por influencia global, Alemania y Reino Unido son dos de las naciones más poderosas del planeta. Se trata, además, de dos socios, porque todavía lo son, dentro de la Unión Europea que comparten una infinidad de intereses y preocupaciones. Así las cosas, lo normal hubiese sido que la canciller alemana le hubiese dado un beso de buenas noches a su querido Joachim y se hubiese adentrado en la sala de estar para, tras arremangarse el pijama, marcar el número de teléfono de Downing Street y tratar de aclararle unos cuantos conceptos a su colega británica. Ni siquiera hubiera tenido que recurrir a los servicios del intérprete de guardia, toda vez que la dirigente alemana se desenvuelve a la perfección en la lengua de Shakespeare. Al otro lado de la línea, May habría cesado la discusión que mantenía con su lovely Philip por el mando del televisor y, tras descolgar el auricular e intercambiar saludos, parabienes y anécdotas, habrían entrado en materia.
Pero no fue eso lo que ocurrió. Merkel, después de premiar con un beso de buenas noches a Joachim, se dirigió rauda al despacho de la primera planta y, tras ignorar las cinco llamadas perdidas de Mariano Rajoy, añadió un par de párrafos al discurso que iba a pronunciar al día siguiente ante la cámara legislativa germana. Evitó de esa forma sobresaltar el hogar de los May con una llamada a una hora tan intempestiva, a menudo mensajera de malas noticias. Siempre hay que buscar el lado positivo de las cosas.
Merkel, en lugar de hacer uso del estrato C, se decantó por el A, esto es, trató de reconvenir a May a través de una intervención pública que reflejarían los medios de comunicación. Claro que hubiese sido más fácil telefonearla, y seguramente más efectivo, pero lo ocurrido nos induce a deducir, con escaso riesgo de equivocación, que no existe relación personal entre ambas dirigentes más allá de la vinculada a las responsabilidades diplomáticas de sus cargos. Si se encontrasen en un ascensor, en lugar de hablar de las familias, de las mascotas, de los viajes, de la pesadez de las continuas llamadas de Rajoy, probablemente se sonriesen, mirasen hacia el techo o, lo más, hablasen del tiempo. Qué sería de esos interminables viajes en ascensor sin una absurda conversación meteorológica.
Esa carencia del estrato C en las relaciones entre la canciller alemana y la primera ministra británica supone un serio contratiempo a la hora de afrontar las negociaciones entre Reino Unido y la Unión Europea, máxime si tenemos en cuenta que el de Merkel no es un caso aislado. A May no se le conoce relación cercana con ninguno de los 27 primeros ministros o jefes de Estado de la Unión Europea. A decir verdad, tampoco se le conocen relaciones de especial cordialidad con miembros de su propio gobierno.
Si nos atenemos a la personalidad que dejan entrever las informaciones de los medios británicos, la primera ministra es una mujer carente de encanto personal y de trato difícil. Baste recordar que ella misma lo ha reconocido y, para más inri, se enorgullece de ello y lo cita como una de sus principales virtudes a la hora de negociar el Brexit. Los diarios londinenses (los de tendencia laborista, bien es cierto) aluden continuamente a los problemas entre May y los prebostes de su partido, y también a los desencuentros con sus propios ministros. En los últimos meses la han abandonado dos jefas de prensa y varios asesores. Sinceramente, parece estar lejos de ser la alegría de la fiesta.
Uno de los planes de May en los albores de la etapa post referéndum consistía en aplicar la vieja táctica del divide y vencerás, esto es, tratar de llegar a acuerdos individuales con dirigentes de diferentes países europeos que torpedearan la línea de flotación de Bruselas. Pero no parece que lo haya conseguido. Antes bien, la Unión luce más sólida que nunca. Sus escasas habilidades en las distancias cortas no le han ayudado.

Uno de los planes de May era aplicar el divide y vencerás, pero carece de las condiciones necesarias para llevarlo a efecto

Una de las pocas bazas que le quedan a una política debilitada en las urnas que ve, día tras día, como su país se encamina hacia el desastre del Brexit (las cifras son cada vez más contundentes, y las expectativas empeoran semana tras semana), es sentarse con sus colegas europeos, principalmente con los líderes de Alemania y Francia, pero también con los de Italia, España y Polonia (en Reino Unido residen en torno a 800 mil polacos), y lograr un acuerdo que parezca lo que no es, es decir, del que pueda fardar ante sus correligionarios brexiteros pero que, al mismo tiempo, suponga la permanencia del país, de una manera u otra, en la Unión. Parece complicado, pero tengamos en cuenta que muy a menudo los parroquianos quedan saciados con las formas y pasan por alto el fondo.
Pero para lograrlo se adivina imprescindible un vendaval de besos y abrazos, de reflexiones íntimas, de confesiones del tipo “entre tú y yo; no se lo digas a nadie”, de sonrisas cómplices, de acercamiento entre ambas partes en definitiva, y May no parece contar con las virtudes innatas para ejercer tan encantador rol. Cierto es que podría delegar en sus ministros, pero un primer espada no pierde el tiempo con un subalterno, y estos asuntos no son para segundones.
Si finalmente el Brexit se materializa, si la realidad de Reino Unido (o lo que quede de él) y de Europa cambia a consecuencia de ello, los libros de historia recopilarán declaraciones grandilocuentes, actas, tratados y toda suerte de eventos, pero seguramente olvidarán, como han hecho tantas veces, que las decisiones políticas las toman personas, y que acaso hubiera bastado un comentario graciosos del tipo “qué pesado que es Rajoy, hoy me ha llamado diez veces” para romper el hielo y sentarse a hablar como amigos. Sin tonterías. Sin tiranteces. Asumiendo que una sonrisa y un comentario agradable pueden convertirse en una poderosa arma política.