Ni de penalti y sin portero

“Lo que no puede ser, no puede ser; y además, es imposible”. La frase del torero Rafael Gómez, conocido como 'el Gallo' (1882-1960), la podía haber pronunciado Julio Suárez Cabrera (Gran Canaria, 1960) al acabar el 1 de febrero de 1987. Esa noche, el delantero grancanario, que lideraba el ataque de un Tenerife lanzado hacia el ascenso a Segunda División, tuvo media docena de oportunidades de gol para batir al Lleida. Enfrascado con Víctor en una pugna por ser el máximo goleador del equipo, honor premiado con un bonito trofeo, Julio no acertaba con el gol en aquel partido. Y en medio de su desesperación, no lo hizo ni de penalti injusto en el último minuto... ¡y sin portero!

En esa fecha, en el estreno como local de la segunda vuelta, el Tenerife 86-87 era líder del grupo único de Segunda División B, que concedía cuatro ascensos a 'la categoría de plata'. El objetivo parecía sencillo, pero era preciso no tropezar como local. Además, el grupo dirigía Martín Marrero llevaba trece jornadas sin perder y el Heliodoro presentaba una buena entrada porque recibía al Lleida, segundo clasificado. Y ello, a pesar de que la directiva que dirigía el recién estrenado presidente, Javier Pérez, había declarado el partido como día del club y los socios debían pasar por taquilla, costumbre arraigada en la época. En todo caso, la visita del Lleida parecía propicia para abrir hueco en la tabla. 

Para lograrlo, Martín alineó a: Aguirreoa; Isidro, José Ramón, Pedro Martín, Toño; Tata, Salvador, David; Víctor, Julio Suárez y Chalo. En suma, como fue norma aquel curso, diez canarios y Aguirreoa. Pero esa noche, un Tenerife que había sumado nueve victorias y un empate en sus diez citas anteriores en el Heliodoro, no era capaz de marcar un gol. Y cuando lo hizo por medio de Julio Suárez, el árbitro, el andaluz Flores Muñoz, anuló el tanto. Pese a su constante brega, el 'nueve' grancanario no tenía suerte con el gol. De hecho, una mala racha ante la portería rival le había llevado hasta La Guancha a ver a un 'brujo' para que acabara con su mal fario.  

A dos minutos del final, el pleno acosos local, Martín Marrero hizo su primera sustitución: quitó a David Amaral e introdujo a Luis, un delantero. Y se llevó la bronca de la afición, que interpretó que deseaba perder tiempo. El cambio dio frutos: con el tiempo ya cumplido, Luis cayó en el área y el árbitro pitó penalti. El portero visitante, Arumí, le dijo de todo y fue expulsado. Y con él se fueron a la caseta el centrocampista David y el entrenador, Jordi Gonzalvo. Con las sustituciones realizadas y en ausencia del técnico, nadie sabía quién debía ocupar la portería. El capitán, Lecumberri, le dijo a Rubio, el lateral derecho, que se colocara bajo los palos. 

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Formación del CD Tenerife, temporada 86-87

 Del lanzamiento se ocupó Julio Suárez, el especialista local. La tarea era, en apariencia sencilla: batir, de penalti, a un portero que no es portero. Igual por un exceso de confianza, Julio tiró suave y a la derecha de Rubio, que detuvo el esférico. Poco después, finalizaba el choque con el 0-0 inicial. “Vaya desastre de brujo”, exclamó luego el delantero, que esa noche asumió la responsabilidad de tirar el penalti. Fue valiente. Seguramente, desconocía otra sentencia que Rafael el Gallo pronunciaba cuando veía peligro en un toro y optaba por abreviar: “Las broncas se las lleva el viento, pero las cornadas se las queda uno”.