Mis paseos por la Feria de Santa Cruz

Hoy te contaré algo, querido hipotético lector. Soy enamoradiza por naturaleza, lo reconozco y lo confieso. El amor es lo que me mueve y me motiva, es la “gasolina” que hace que mi motor palpite intensamente minuto a minuto.

En infinidad de momentos vitales he sentido que amaba algo o a alguien. Vivo enamorada a diario y pienso que eso es lo que pone una sonrisa perpetua en mis labios o arropa mi sueño alrededor de 8 horas cada noche.

Amo a mi familia, a mis amigos e incluso a algún que otro conocido, lo que es igual que decir que amo a todo aquel ser humano que acompaña un tramo de mi sendero de vida en algún momento.

Pero también suelo enamorarme de la belleza, del mar, de una estrella, de la sonrisa de un niño, de un libro, de las arrugas de un anciano, de un poema, de una flor, de mi mundo de letras… ¡Hay tanta belleza en nuestras cotidianas vidas! A veces me pregunto si toda esa gente que veo correr de aquí para allá pasando incluso por encima de los demás para conseguir una meta que seguramente al final comprobarán que ni siquiera les hace felices, son conscientes de ella. Quizá para ser consciente de la existencia de esos pequeños fragmentos bellos hay que detenerse un poco y ellos se lo estén perdiendo, siento mucha tristeza cuando pienso eso y cambio de tercio.

En estos días he estado enamorada de la Feria del libro de Santa Cruz. Pasear ese parque arriba y abajo saludando y compartiendo con tantos compañeros de viaje literario me ha dejado agotada pero feliz. Charlas, fotos… más charlas, presentaciones… más charlas, un café… más charlas, algún bocadillo entre los árboles… Libreros y editores trabajando codo a codo con los autores en la difusión de su obra, todo un mundo enriquecedor.

¿Fallos? Claro que los hubo, como en todo evento cuesta organizar las cosas a gusto de todos. Por ejemplo yo no entendí que hubiese varias carpas con programación simultánea en todas durante cada jornada. Eso hacía que el aforo de espectadores fuera ligero en casi todas las carpas y que algunos tuviésemos que hacer “encaje de bolillo” para poder acompañar a los amigos o conocer autores que nos apetecía poder saludar arriba y abajo del parque. También eché en falta la megafonía que nos acompañaba en el paseo otros años recordándonos los distintos momentos de la Feria. Habrá que dar un pequeño tirón de orejas a los organizadores para que se replanteen un programa diferente en futuras ediciones.

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Sobre los libreros qué puedo contar, allí estaban, aguantando ratos de duro sol y otros de frío cortante, pero siempre al pie del cañón. Con los editores coincidí menos, también es cierto que no los conozco a todos, pero me consta que estuvieron en la Feria apoyando a sus autores.

Felicito a todos los autores que pasaron en algún momento, tanto si tenían libro reciente y lo presentaban allí, como a los que acudieron para apoyar el trabajo de los compañeros. Pero me quito el sombrero ante los autores que defendieron su obra, día tras día, al pie de la carpa de turno durante horas interminables y que, aún así, te recibían con una sonrisa al final de la tarde.

Mi balance personal de la Feria de Santa Cruz es positivo. Creatividad a manos llenas que nos sorprende cada día en este mundo que muchos piensan que tiende a desaparecer. Nada más lejos de la realidad.

Y es positivo también para la presidenta de ACTE (o sea, yo). 10 nuevos socios enriquecen un poquito más nuestras filas. Más de 80 escritores confían en nuestra labor y eso ayuda mucho a seguir adelante. Cada día me siento más orgullosa de ser activista cultural.