Los helados de nieve del Teide

26 de junio de 1839. 
Santa Cruz de Tenerife.
Dos hombres se cruzan por la calle.
- ¡Hola Don Manuel!
Manuel Díaz Pacheco, vecino de La Orotava que se encuentra en la ciudad por negocios, reconoce la voz a su espalda, y se gira para responder.
-¡Hola! ¡Cuánto tiempo!
-¿Qué tal va todo por la Villa?
-Pues bien, bien....
- He leído que va a poner usted un establecimiento de nieve aquí en Santa Cruz. ¿Es cierto?.
-¿Dónde lo ha leído?
-¡En el Boletín Oficial!
-¡Pues sí, está usted en lo cierto! Lo abro mañana mismo, día 27 . En la calle Cruz Verde, número 21.
-¡Qué bien! ¡Podremos comer helado en los saraos! ¿Quién se la va a suministrar?
-¡Pues el señor Francisco Franqui! Ya sabe que él contrata a neveros que suben de madrugada a la cumbre a recogerla y la bajan a La Orotava, y también arrieros que después la traen hasta aquí a lomos de mulos, yeguas o camellos. Como la actividad es rentable, le comenté la posibilidad de abrir otro establecimiento para dispensar nieve de la cumbre aquí en la capital, y le pareció una magnífica idea. Así que en esas estamos.
-¡Pues me alegro mucho, Don Manuel! ¿A qué precio lo va a vender?
-Pues a tres pesos y un real por quintal si la compra al por mayor, y dos libras por fisca si la compra al por menor.
-¡Barato no es!
-Hombre, piense que es un bien que escasea, y hay que pagar a neveros y arrieros, además de la parte de la nieve que se pierde por el camino, por muy bien que se conserve.
-Razón tiene, Don Manuel. Quien quiera helados, que los pague.¡Espero que le vaya muy bien el negocio!
-¡Muchas gracias! Por aquí nos vemos...