Flachat

El cadáver de la chica, de apenas 20 años, yace desnudo en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. El rescate no llegó a tiempo para ella, y la furia del mar se llevó su vida y sus ropas. Quién le iba a decir a ella, nacida en la lejana Turquía, que su soñada travesía hacia América, la aventura que emprendieron tantos emigrantes, iba a poner fin a sus días en la escarpada costa de una isla del Atlántico.
Son las primeras horas de la tarde del 18 de febrero de 1898. 
Una mujer contempla el cuerpo de la joven, con semblante triste. Se adelanta hacia ella, se quita sus propias ropas y cubre su desnudez. El gesto de María Hernández, chicharrera de la Calle Miraflores, emociona al vecindario, que, desde que llegó la noticia del terrible naufragio, se agolpa en el muelle para asistir a los escasos supervivientes. Que llegan, por cierto, a cuentagotas. Hace apenas dos horas que desembarcaron, con vida, dos turcos, tres franceses y tres italianos. A la misma hora, llegaban tres cadáveres más, que las barcas de salvamento habían rescatado del escenario de la tragedia: un maquinista, llamado Miguel, y dos tripulantes, identificados como Forti y Francisco Orsoni. 
-En una cueva de la costa, cerca del lugar del naufragio, ha quedado otra mujer con vida- asegura uno de los náufragos.-Es turca, y parece ya bastante anciana. Tiene golpes en el pecho y las dos piernas rotas. No se puede mover. Por favor, vayan a por ella.
Esa es la razón por la que el vapor "General Antequera", con varias lanchas de salvamento a remolque, se prepara para partir hacia los arrecifes y oscuros farallones de Anaga, lúgubres testigos del hundimiento del Flachat. 
A las cuatro parte rumbo a La Mancha, un poco más allá de Ijuana, donde el vapor siniestrado, que hacía escala en Tenerife para proseguir su rumbo a Venezuela, desapareció para siempre bajo las aguas. Otros barcos, alertados a su entrada a la isla, aprovechan para sondear la costa del macizo montañoso, desde Punta del Hidalgo hasta San Andrés, en busca de más personas.
La corriente puede haber desplazado los cuerpos muchas millas.
Hay es llamarperanzas de que aparezcan más supervivientes. Pero serán, en total, solo catorce. 
En el Flachat viajaban ciento una personas. Ochenta y siete vidas se tragó el mar en aquella madrugada aciaga.