El alto precio del agua

Corre el año 1913. La conducción hasta la sedienta ciudad de Santa Cruz de Tenerife de las aguas de Roque Negro y Catalanes,es la empresa que obsesiona a la capital de la provincia. Es vital para el futuro la ciudad, que no puede vivir por más tiempo del pequeño caudal que proviene del Monte de Aguirre. Las noticias relativas a sus progresos copan las portadas de la prensa insular. La gente acude en masa a contemplar las obras, que prometen extraer del corazón de Anaga el agua que tanto necesita la ciudad. Pero se avanza con mucha lentitud. Todo comenzó en 1899, y la multitud de dificultades que se han encontrado han detenido los trabajos, una y otra vez. 
Desde el mes de diciembre de 1912 se venían produciendo corrimientos, invasiones de material que se precipitaban con violencia desde las profundidades del túnel, empujados por la descomunal fuerza del agua. Ante la frecuencia con que se suceden estas avalanchas, y previendo una desgracia de la que no quería ser responsable, el ingeniero municipal, José Espejo y Fernández, director de las obras, decide renunciar al cargo. Antes de hacerlo, entrega un informe al Ayuntamiento en el que explica la gravedad de la situación y anuncia que, si se insiste en continuar con la perforación, ocurrirá una desgracia.
Un aviso más contundente que los anteriores, llega el 10 de enero de 1913. El diario "La Región" informa desde sus páginas de que la ruptura de una roca en el fondo de la galería ha liberado un volumen inmenso de agua, movilizando una gran cantidad de rocas que obstruyen alrededor de 80 metros del túnel. El diario añade que para “conocer la verdadera importancia del caudal será preciso dejar expedita la galería y llegar hasta el fondo de la misma”, reconociendo que se trata de una operación “verdaderamente peligrosa, si el agua continúa lanzando cantos a medida que se vaya penetrando en su interior”.

A pesar de esta advertencia y de los reparos de parte de los obreros, que se niegan a regresar a la galería, los trabajos continúan. Se escucha cada vez con mayor frecuencia el sonido de los desplomes, causados por la elevada presión del agua. Los corrimientos se repiten y continúan acumulándose escombros que, el 16 de enero, llegan ya a solo 640 metros de la boca de la galería. Pero los trabajos continúan.
9:30 de la mañana del 24 de enero de 1913. Hay diez personas trabajando en el interior del túnel desde hace algunas horas. En ese momento, se escucha un formidable ruido. Uno de los compañeros grita a los demás, instándoles a que salgan.
Una avalancha de piedras, tierra y agua se precipita
sobre ellos.
Ante la violencia de la sacudida, la alimentación eléctrica queda interrumpida. Quedan a oscuras. Parte de las voces se desvanece. Luchando contra la avalancha de agua y barro que invade la galería, los trabajadores huyen, entre gritos de terror, hacia la salida, donde un inmenso caudal  de agua cae en cascada sobre el barranco. 
Al salir, se miran unos a otros. Solo cuatro han conseguido alcanzar el exterior. Angustiados por el destino de sus compañeros, se internan en la montaña y logran localizar a uno de ellos con vida. Continúan hacia el fondo y se topan con una masa de barro que obstruye el túnel hasta el techo; bajo ella se distinguen los pies de una de las víctimas.
Se trata de Ángel Santana, natural de Tegueste, cuyo cadáver es recuperado a lo largo de aquella misma mañana. Los cuatro restantes trabajadores han corrido la misma suerte, pero se tardará días en extraer sus cuerpos inertes del amasijo de piedras y fango. Son Wenceslao López, natural de La Laguna; Abelardo Torres, natural de Arico; Juan Cabrera,
vecino de Santa Cruz; y Bartolomé Gómez, natural de Soria. Cuatro de las cinco víctimas dejan mujer e hijos: un total de dieciséis huérfanos. Ninguno de los fallecidos sobrepasa los cuarenta años. 
"Muy caras, muy amargas nos están resultando esas preciosas aguas, tan largamente esperadas, en las que veíamos una fuente de riqueza para nuestro pueblo".

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