TENERIFE

Tener encuentros agradables con amigos para compartir cultura es cada día un lujo que no me canso de agradecer.

Inmersos en este mundo de locos que gira a velocidad incontrolable, donde las prisas y los nervios son los verdaderos amos de nuestras vidas, poder pararse por un rato para degustar libros, cuadros o música es todo un privilegio.
Hace poco tuvimos uno de esos momentos, el artífice un cantautor canario Luis Almeida, quien a través de ACTE nos citó a todos en la sala MAC de Santa Cruz de Tenerife con su espectáculo poético-musical .  Disfrutamos de sus poemas a las 8 islas y de la música contenida en su nuevo disco Música para transeúntes. 
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Teresa de Jesús Rodríguez Lara y una servidora fuimos invitadas por él a recitar algún poema nuestro alegórico a las islas, y accedimos encantadas. Compartir es siempre un lujo y si es entre amigos aún más.
Por mi parte dejo aquí el que recité, un poema dedicado a Tenerife con más de 30 años de vida que, sin embargo, permanecía inédito en mis archivos. Ya que Luis me hizo sacarlo a la luz voy a compartirlo hoy aquí contigo también querido hipotético lector de Mi mundo de letras. Gracias por acompañarme en esta aventura.
TENERIFE
Soy altiva y orgullosa.
A veces dura como las rocas de mis acantilados,
otras blanda como la arena de mis playas.
Árida como la tierra del sur,
o fértil como la del norte.
Cortante como las aristas de mis restos volcánicos,
o suave como la hierba que inunda mis campos.
Guardo en mi interior un volcán de amor y calor
que ruge con ansias de salir al exterior,
de ver la luz del sol
en lugar de esconderse en mis entrañas
por miedo a herir a alguien.
Solo la aparente frialdad de las nieves
que me visitan de tiempo en tiempo,
logra aplacar mi ira, mi desespero,
y poco a poco,
a fuerza de doblegarme,
me voy apagando, dejando de existir,
y muy de tarde en tarde
escucho un latido suave en mi interior,
como queriendo advertirme
que la fuerza sigue ahí, esperando.
Mis hermanas me envidian o dicen envidiarme.
Me imitan o dicen imitarme.
Me admiran o dicen admirarme.
Me ven fuerte y bella,
con la cabeza alta,
siempre mirando al cielo.
No son capaces de ver el temblor de mis entrañas,
el fuego que corre por mis venas
provocándome más de un susto,
el frío que hiela mi soledad altiva,
el temor que siento ante un posible rechazo de los míos
si no soy capaz de darles lo que desean:
Fuerza, bienestar, serenidad y paz.
Pero eso solo lo sé yo,
nadie debe conocer las debilidades
de esta isla perdida en mitad del Atlántico
y a la que, a veces, golpean las olas sin piedad.