Los ‘buenos días’ de Lamelo

Con un sombrero de paja, con una camiseta verde ajustada en la que se leía 'Recuerdo de El Hierro'... y con el aspecto de no haber dormido. Así se presentó José Ramón Lamelo (Lugo, 1942) en los aledaños del Heliodoro para iniciar el desplazamiento que el Tenerife debía realizar ese fin de semana a San Sebastián para medirse al Sanse, filial de la Real Sociedad. Conviene aclarar en este primer párrafo que Lamelo no era ningún futbolista. Era el entrenador del Tenerife.

Aún no había amanecido aquel sábado cuando el resto de la expedición blanquiazul esperaba por su técnico para coger la guagua que tenía que llevarles al aeropuerto Reina Sofía. Pero pasaba el tiempo y Lamelo no aparecía. Al fin, por la zona donde ahora se ubica el Pabellón Quico Cabrera se vio una sombra que se movía de un lado a otro y que “podía ser el míster”. Antes de que los jugadores pudieran cerciorarse, el propio Lamelo los sacó de dudas.

Desde la distancia, Lamelo los saludó en un presunto inglés con su inconfundible acento gallego: “Guuussssss morninsss a todos”. “Este hombre no viaja, no viaja”, exclamó taxativo José López Gómez, el presidente. Y le dio órdenes precisas al delegado de expedición, Juan Sánchez Quintana: “Dígale a este hombre que se vaya a casa”. Y con un enfado superlativo afirmaba que Lamelo estaba despedido, destituido, cesado, expulsado, rescindido… Vamos, que se iba a la calle sí o sí.

Doce horas después, la expedición blanquiazul llegaba agotada al hotel Costa Vasca tras viajar en avión a Madrid y proseguir por carretera hasta San Sebastián, con el habitual almuerzo a medio camino en un bar de carretera. Y allí recibía una sorpresa mayúscula. “¿Qué tal el viaje, muchachos”, les saludaba Moncho Lamelo en el hall del hotel, con el uniforme impoluto y perfectamente afeitado. El técnico recordó sus tiempos de jugador y reaccionó rápido. Muy rápido.

No hay que olvidar que Lamelo había sido un notable delantero en un Deportivo que en ocho años vivió cuatro ascensos a Primera y tres descensos a Segunda. Y él, que siempre vivió de su agilidad mental, también la demostró en esa ocasión: se fue a casa como le ordenó Juan Sánchez Quintana, se dio una reconfortante ducha, marchó raudo al aeropuerto Reina Sofía, cogió un vuelo directo a Bilbao que pagó de su bolsillo y luego viajó en taxi hasta la capital donostiarra.

Al día siguiente, 12 de abril de 1981, con el Tenerife obligado a ganar para no despedirse del ascenso, Lamelo hizo un ejercicio de ambición y jugó en el viejo Atocha con tres puntas y un equipo compuesto por: Álvaro; Diego, Juan Miguel (Kiko, 78’), Manolo, Lolo; Alberto, Roberto, Salvador; Chalo, Lolín (David, 71’) y Ayala. Un gol de Iraola (63’) le dio una inmerecida victoria (1-0) al Sanse. Y el Tenerife, aunque seguía tercero en el grupo I de Segunda División B, se despedía del ascenso.

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Imagen de Lamelo

A doce puntos del Celta y a cinco del Deportivo, que ocupaban las dos plazas con premio, no había opción de subir. Eso sí, Lamelo regresó con el resto de la expedición blanquiazul y se quedó en el club hasta que acabó la temporada.

P.D. Lamelo fue un personaje singular, muy querido por todos los futbolistas que tuvo a sus órdenes en su único año en el Tenerife... aunque nunca ocultó sus ideas políticas. “Venga, vamos a entrenar. Esta vez no salió bien, pero ya daremos otro”, les dijo a sus jugadores el 24 de febrero de ese año 1981, al día siguiente de que Antonio Tejero, pistola en mano, entrara en el Congreso de los Diputados.