Lo que no sabías de la Edad Media gastronómica: Curiosidades

Tuvigú

Se suele afirmar que profundizar en la historia supone entender el presente y, en su vertiente gastronómica, sumergirnos en la Edad Media equivale a sorprendernos ante curiosidades que ni siquiera concebíamos. ¿La cocina medieval era grosera y poco refinada? ¿Encubrían olores y sabores de los alimentos alterados?

Los condimentos preferidos, que no estaban a disposición de toda la población, eran el queso, el azúcar y la canela. La leche, en cambio, no formaba parte precisamente del día a día de la dieta común, mientras que la base de la alimentación de todas las clases sociales estaba conformada por los cereales, por lo que su conservación era siempre una cuestión de supervivencia.

Un plato emblemático del medievo era la sopa, que se sazonaba de forma insistente con canela, jengibre, azafrán, ajos o agraz. Potajes, ollas y caldos se enriquecían con habas, huevos, guisantes, calabaza, hinojos y, sobre todo, arroz. Se tostaban rebanadas de pan a las que se untaba una salsa de azúcar, vino blanco, yemas de huevo y agua de rosas.

Muy curioso es que la nobleza empezó a incluir en su dieta lo que no se le ocurriría ni por asomo a un campesino: ¡El lechón o cochinillo! Muchas películas que reflejan el medievo hicieron flaco favor a la realidad pura y dura de aquella época de la humanidad: con escaso refinamiento en los banquetes se cortaban hogazas de pan duro y se ponía la carne en el centro.
No existían los juegos de cubiertos, sólo las cucharas y solo para algunos platos.

Claro que sí: las frutas frescas eran muchas y muy variadas: moras, higos, uvas, cerezas, ciruelas, sandías, melocotones, manzanas, melones… Los frutos secos eran menos variados pero se valoraban las almendras, avellanas, castañas, nueces, piñones y pistachos.

La práctica medieval más común era comer dos veces al día: un almuerzo cercano al mediodía con una comida fuerte y una merienda más ligera. Abundaban las legumbres y hortalizas así como las hierbas y raíces. Los granos calientes eran principalmente los guisantes y garbanzos, y las lentejas y habas.

No está de más subrayar que la potente influencia de la religión se trasladó a la gastronomía. La Iglesia imponía comer ligero, sin grasas el miércoles, el viernes y sábado; las vigilias de las festividades y durante la Cuaresma equivalía a sustituir la carne por el pescado, la leche animal por la de almendras y las grasas animales por los vegetales.

Describir la gastronomía de aquella época es referirse a un contexto en que las poblaciones se enfrentaron a diversas hambrunas, devastaciones por la guerra y un enemigo terrible: la peste negra o peste bubónica que afectó a Europa durante el siglo XIV y se cobró la vida de al menos un tercio de la población continental.

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