No volverás a Macondo

EL PASADO MARTES se cumplieron cincuenta años de la publicación de Cien años de soledad, uno de libros que más ríos de tinta han hecho correr a lo largo del último medio siglo. Lo que sigue no es una celebración de la novela de Gabriel García Márquez, sino una retrospectiva personal, lo que me obliga a solicitar la benevolencia del lector, al que con razón debería interesarle más la figura del escritor colombiano que una experiencia subjetiva, pero al final espero justificarlo.
Tenía diecisiete años cuando abrí Cien de años de soledad. Era estricto contemporáneo del libro, pues ambos habíamos nacido en 1965. Nadie lo puso en mis manos; yo lo elegí, como se escoge una vocación. Recuerdo haberlo leído de un tirón, con un entusiasmo sincero y pueril. Corría 1982, el año en que el García Márquez recibiría el Nobel, premio que, como ahora sé, rara vez se ha concedido a un gran escritor. Pero nunca, ni siquiera entonces, fui en busca del autor laureado; el honor era su obra; veía abrirse ante mí un camino iniciático, el de la literatura, que prometía grandes revelaciones, sobre todo para un muchacho que había crecido en el estrecho ámbito de la provincia y que anhelaba aventuras,  fantasía. Abandoné la última página con una rara sensación de felicidad, con la sensación proustiana de que, al leer, "adivinamos, creamos". Tenía ganas de ponerme a escribir. Lo que no podía prever es que jamás volvería sobre el libro que tanto me había hecho disfrutar.
Años después, descubrí algo interesante. Maniático de la exactitud, como Flaubert, que buscaba siempre la palabra justa, el autor de Aracataca destruyó cinco mil cuartillas, sacrificadas al cabo de dieciocho meses de trabajo. Aquella “quema” encerraba una gran lección, como la que Brahms había impartido en la música. Iba dirigida al artista adolescente, al autor novel: escribir, componer, crear, era un trabajo arduo, además de solitario, como afirmaba el propio Gabo. Por otro lado, tampoco era insensible (cómo podía serlo siendo joven) a la incomprensión que había sufrido la novela, materializada en algunos rechazos clamorosos, como el del editor barcelonés Carlos Barral, al que luego algunos quisieron disculpar con el pretexto de que “entonces” (es decir, cuando había que apostar por la obra) no la había leído. Sean auténticas o apócrifas tales historias, parecen convenir al mito. Incluso al mito menor de Barral. La posteridad iba a resarcir a García Márquez, y de qué modo.
Pero volvamos al tiempo anterior, a la edad de la inocencia. Cuando el fuego aún ardía, debí haberme zambullido inmediatamente en otros textos de García Márquez, pero cometí el “error” de anteponer la lectura de varios clásicos que enfriaron mi entusiasmo inicial y fueron posponiendo el encuentro con títulos como Crónica de una muerte anunciada, entonces muy jaleada, o La hojarasca, que había preparado el camino para su obra maestra.  
En vez de aumentar mi admiración por García Márquez, el ulterior conocimiento de otras de sus novelas (y el descubrimiento simultáneo de genios como Cervantes, Stendhal, Melville, Tólstoi o Kafka) empezó a generarme dudas. ¿Estaba el escritor colombiano a esa altura? ¿Era Cien años de soledad la irresistible novela que yo había creído leer siendo joven, cuando apenas era un lector virgen? ¿No sería, en realidad, una reelaboración habilidosa del universo de Erskine Caldwell? ¿O una calculada escisión de Faulkner, cuyo ficticio condado de Yoknapatawpha sugería el fabuloso Macondo habitado por varias generaciones de Buendía? ¿No tendrían algo de razón los primeros críticos del libro? Las interrogantes se sucedían. Y, entretanto, veía que en la literatura de Latinoamérica había obras que podían rivalizar ampliamente con Cien años de soledad, no Rayuela ni Conversación en la catedral, pero sí Pedro Páramo, El siglo de las luces, Bomarzo, Sobre héroes y tumbas y la obra completa de Borges, si no el propio Borges, que era un libro en sí, e inagotable además, como se ha demostrado.

Del culto a la celebridad

Mientras la leyenda de García Márquez se agigantaba, el escepticismo se iba haciendo fuerte en mí. Hubo un momento en que el autor de Eréndida estaba en todos lados, y no por autobombo, que él no necesitaba, sino por motivos rayanos con el papanatismo. La veneración no conocía límites, iba de los foros universitarios a las redacciones de periódico, de los círculos culturales a las tertulias radiofónicas, y de estas a las televisiones, cuando en las televisiones todavía salían intelectuales, “desliz” subsanado para siempre. 
No había que ser muy listo para sospechar que tras la subida a los altares de Gabo existía una estrategia interesada de los turiferarios del “boom”, ese invento editorial. Dentro de la intelligentsia hubo, además, gente que medró a la sombra de los santones de la cultura latinoamericana, subiendo a tribunas y ocupando plataformas, desde la que peroraban, con falso tono de autoridad, de Borges, de Vargas Llosa y de García Márquez, como si los conociera de toda la vida. Así se forjaron algunas carreras.
De esa familiaridad intempestiva suelen tener poca culpa las celebridades, que siempre atraen parásitos. Más me preocupaba el arrobamiento de muchos compañeros periodistas, cercano al embeleso. García Márquez escribió mucho y bien acerca del periodismo, oficio que consideraba el mejor del mundo quizá porque tuvo la suerte de ejercerlo en lugares limpios. A la luz de sus escritos, uno podía entender que se hubiese convertido en un referente para varias generaciones de periodistas, no tanto que estos interpretasen sus recetas como si fuera la palabra de Dios. Y en el campo de las letras, sucedía otro tanto: no es que fuera un maestro, es que era la medida misma de la literatura. 
Habría sido injusto responsabilizar a García Márquez del desmedido culto, parejo al que han disfrutado otros escritores famosos como Hemingway. Tan injusto como desmerecer a un autor en función de su ideología, aun sabiendo que quizá Gabo no habría concitado la admiración universal de haber apoyado a una dictadura de derechas. La historia de la literatura está llena de ejemplos divergentes: Céline y London, Hamsun y Gorki, Pound y Sartre, Drieu La Rochelle y Bertolt Brecht, por no hablar de Ernst Jünger, acusado de una cosa y de la contraria. La grandeza de un escritor no se mide por sus opiniones políticas sino por sus obras, aunque todavía haya muchos que no quieran entenderlo. 
Sea como fuere, en torno a la figura de García Márquez se fue generando demasiado ruido, lo que en un determinado momento, a finales de los noventa, llevó al autor a no aceptar más premios y honores. La limitación de su faceta pública no le restó ningún lector, al contrario, acrecentó su popularidad. Sin querer, demostró que no dependía de la mercadotecnia, que más bien esta se había aprovechado de él. Sus admiradores se contaban por millones. Pero al mismo tiempo resurgía una corriente escéptica que, aunque de forma tibia y minoritaria, cuestionaba el valor de su producción. 

Vindicación del recuerdo

Para resistir cualquier tentación deicida, fui atrincherándome en el recuerdo, en la primera lectura de Cien años de soledad. Desde ese bastión podría seguir defendiendo a un autor cuya personalidad literaria (antes que la pública) había dejado de interesarme. En los peores momentos de incredulidad llegué a plantearme si no era mejor releer su obra y zanjar definitivamente la cuestión. No lo hice, y fue por temor. Tantos ídolos de la juventud han caído, tantas ilusiones se han perdido por el camino, que no soportaría una nueva decepción. El regreso sobre algunas novelas de Faulkner, antaño admiradas, me puso sobre aviso, lo mismo que mis discusiones con libros canónicos, extraordinariamente importantes para la cultura pero que para mí no significan nada. No querría poner a su lado Cien años de soledad.

Conforme una obra se aleja en el tiempo, sus contornos se vuelven difusos, olvidamos episodios, los nombres de los personajes, qué sucedía aquí y allí. Queda lo esencial, y a veces, también, cosas que, sin ser esenciales, han permanecido caprichosamente (o misteriosamente) en la memoria. De esto sabía algo Proust, para quien la vida es vagabunda y la memoria, sedentaria. Cuándo intento ver qué ha quedado en mí de Cien años de soledad, solo percibo nieblas, detalles, posos: el estupor que causa la llegada al pueblo del cine, esa “máquina de la ilusión” que resucita a la gente de una película a otra; un muerto recalcitrante, Prudencio Aguilar, que no termina de irse al otro mundo; la empecinada búsqueda de un barco que haga escala en las Islas Afortunadas para hacerse con veinticinco parejas de canarios destinadas a repoblar el cielo de Macondo; la fugaz mención de una anciana “triscaidecafóbica”, que evita el 13 no por superstición, sino porque es un número inconcluso; la masacre que sobreviene a la huelga declarada en la plantación de banano; la decadencia de Macondo, que comienza con su fundación, y, sobre todo, algunas fieras cópulas, batallas amorosas como la que libran al final Úrsula y su sobrino Aureliano, a punto de ser devorados por las hormigas.  

No sé si la cultura es lo que nos queda cuando lo hemos olvidado todo. Pero estoy seguro de que los libros, las películas y la música que hemos disfrutado a edades muy tempranas, conservan, en algún lugar, una parte de nosotros. Luego viene la vida y, con ella, los desengaños, el escepticismo. Por eso, prefiero guardarme Cien años de soledad, la memoria de ese primer amor envejecido al igual que yo, a pocos metros de mí, conservar intacto el placer primigenio, no contaminado, del encuentro con la literatura. Creo que a veces uno se puede fiar más de las primeras impresiones, aun siendo emocionales e inmaduras, que de las posteriores, en las que suelen intervenir los prejuicios y la desconfianza, el excesivo saber.
Quería compartir esta reflexión con los lectores. La próxima semana el clásico reaparecerá aquí bajo una luz más rigurosa.