Las ‘cantadas’ de Alcides Báez

Alcides Báez (Paraguay, 1948) era uno de los mejores porteros de Sudamérica cuando se incorporó al CD Tenerife en el verano de 1974. Internacional por su país y alma del Cerro Porteño, tenía una planta imponente (1,90 metros). Semifinalista de la Copa Libertadores, llegó a la Isla una semana antes de iniciarse el campeonato y su fichaje se interpretó como una cortina de humo lanzada por el presidente Cristóbal González Cano para tapar el malestar generado por el traspaso de Cantudo al Sevilla. Su presencia ya generó un problema inicial: obligaba a dar la baja al uruguayo Pedro Kraus, al ocupar Báez y Ferreira las dos únicas plazas permitidas para jugadores extranjeros.

Renovado el técnico, Dagoberto Moll, el Tenerife repescó a Justo Gilberto y fichó al oriundo Perrone. Con ellos y la base del conjunto que quedó cuarto el curso anterior, la adquisición de Báez debía dar el salto de calidad preciso para lograr el ascenso a Primera División. Sin embargo, el equipo blanquiazul acusó más de lo esperado las bajas de Kraus, Cantudo y el infravalorado Cabrera, al que sólo entonces se le reconoció su valía. Así, tras la disputa de diez jornadas, era penúltimo en la tabla, con cinco puntos y cinco negativos, tras ser incapaz de puntuar en sus cinco salidas y caer en el Heliodoro ante Racing (1-2) y San Andrés (1-4), empatando contra el Oviedo (0-0).

Báez era titular indiscutible y había jugado completos todos los partidos, pero generaba algunas dudas: en diez partidos había recibido 18 goles. Así, el compromiso del 24 de noviembre de 1974 ante el Valldolid en Zorilla resultaba vital para restar negativos. Con Alberto Molina apartado del once inicial tras unas discrepancias con Moll, esa tarde el técnico alineó un equipo ultradefensivo: Báez; Lolo, Juan Miguel, Esteban, Estévez; Eduardo, Pepito, Ferreira, Medina; Toño (Jorge, 61’) y Caamaño (Perrone, 61’). El Tenerife planteó un esquema conservador y, aunque Eduardo sacó dos remates bajo palos, a los 25 minutos ya perdía tras cabecear Álvarez un centro de Astrain.

Nulo en ataque, el equipo blanquiazul no generó peligro. Sin embargo, a diez minutos del final, Medina transformó una falta que podía dar un punto vital al Tenerife y Báez, eufórico, abandonó la portería y acudió a abrazarlo al centro del campo. El Valladolid aprovechó la coyuntura: Lizarralde sacó rápido y Chús Landáburu –que haría carrera en el Rayo, el Barça y el Atletico Madrid– marcó desde el círculo central a puerta vacía. Aunque no hubo imágenes, el relato de los hechos colocó a Báez en el centro de la diana. Y una semana después, el Heliodoro ya miraba con lupa al cancerbero paraguayo. Por suerte, el Tenerife vencía (1-0) al Rayo a siete minutos del final.

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Alcides Báez.

Entonces, un jugador visitante metió un envío en profundidad que se le fue largo, directo y manso a las manos de Báez, que esperó a que la pelota botara en el césped, puso los guantes delante de su pecho, amortiguó el cuero, lo dejó caer, mandó a sus compañeros al ataque y se dispuso a sacar de portería. Sólo entonces se dio cuenta que el balón se le había colado por debajo de las piernas y que estaba a su espalda, aún lejos de la portería. Aquello tenía pinta de quedarse en un susto, pero intentó rectificar, se arrojó al suelo y lo manoteó... hacia gol. Entonces explotó el Heliodoro. Contra el portero, contra el presidente, contra el técnico y contra el mundo.

Báez perdió el puesto esa noche, González Cano se fue tres días más tarde y Moll sólo duró dos semanas más.