La vergüenza nacional

 El lunes 29 de abril de 2002, el Tenerife tuvo el dudoso honor de ser el principal protagonista de la mayoría de los informativos nacionales. Y de ocupar hasta dos páginas a todo color en los periódicos deportivos editados en Madrid o Barcelona.

Y no porque faltaran noticias. En absoluto. Un par de días antes, el Valencia había dado un paso de gigante para ganar su primera liga tras 31 años de sequía. Y dos días después, los dos mayores gigantes del fútbol español, europeo y mundial, Real Madrid y Barcelona, jugaban en el Santiago Bernabéu el partido de vuelta de una semifinal de la Liga de Campeones. Vale, eso estaba muy bien, pero la primera parada de todos los telediarios era Tenerife. Había que mostrar unas imágenes que dieron la vuelta al mundo. ¿Una nueva gesta blanquiazul?, ¿un gol de antología?, ¿un fichaje de campanillas? No, nada de eso.

Las imágenes que dieron la vuelta al mundo aún causan sonrojo. Y dolor, mucho dolor. Son imágenes de un grupo de hinchas del Tenerife rodeando e insultando a dos componentes de la plantilla, de un futbolista tratando de atropellar a unos aficionados con su coche, de dos jugadores saliendo de ese vehículo para golpear salvajemente a unos seguidores... Y luego, lo peor: las imágenes de un cafre, de un presunto ser humano lanzando sobre el automóvil de estos deportistas una piedra de dimensiones colosales. Y después, las de un cristal que revienta en mil pedazos. Y finalmente, el silencio. Un silencio absoluto, acompañado de la sensación de tragedia. Y la certeza absoluta de que allí, en la calle San Sebastián, junto al Heliodoro, en un lugar aparentemente civilizado, en el centro de una capital del primer mundo, se pudo producir una fatalidad. Con muertos.
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Lussenhoff pelea por un balón con la camiseta del CD Tenerife

Horas antes Tenerife se preparaba para el milagro de la permanencia. El equipo era último, pero había reaccionado con Javier Clemente en el banquillo. Sumaba tres victorias, dos empates y cuatro derrotas con su nuevo técnico y recibía a un Valladolid que nada se jugaba. De ganar, los blanquiazules se quedaban a un punto de la salvación... y con la opción de asegurar la permanencia al domingo siguiente en el Insular. No era fácil, pero las cuentas salían.

Sin embargo, el Tenerife, atenazado por los nervios y la presión, no le ganó al Valladolid. Perdió 1-5 ante un grupo en el que jugadores como el ex blanquiazul Luis García hacía ímprobos esfuerzos por fallar los goles que le regalaban los defensas locales. Al final, el pobre Luis, uno de los héroes del ascenso logrado meses antes, no tuvo más remedio que acertar dos veces con la portería local y contribuir a la humillación.

Acabado el partido, casi una hora después de acabado el partido, con los ánimos aparentemente calmados, dos jugadores del Tenerife, Federico Lussenhoff y Bruno Marioni, se dirigían en el coche del primero hacia sus domicilios por la calle San Sebastián. Allí, su Skoda Octavia, de color gris metalizado, fue rodeado por presuntos aficionados. Entonces empezaron los reproches primero y las agresiones después. Y al final, un suceso que aún causa vergüenza y sobre el que es mejor correr un tupido velo. Y luego, correr otro tupido velo.