La gastronomía canaria exige una mayor atención al pescado atlántico

Estoy de acuerdo con los que consideran que la piel del pescado, claro que según de cuál se trate, forma parte del todo, dicho esto por los crujientes que suelen ponerse periódicamente de moda. Es algo así, exagerando mucho la nota, como si nos ofrecieran un plato en que uno de los complementos fuera la cáscara del huevo, sin clara ni yema.

Pero en realidad, del género marino lo que quería confesar en mi caso es que con las espinas soy de los que me pongo un poco “atacado” aunque no frena el momento en el que podamos asistir desfile maravilloso de especialidades marinas por todas las Islas. A veces tengo oportunidades de disfrutar con “piezas de quilates” pero que son demasiado espinosas: me da rabia porque me suelen decir "¡te dejas lo mejor!”.
Así que 'envidio' a los-as que saben hacerlo como es debido.

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A pesar de que he mejorado considerablemente en esa mañas a lo largo de los años, sinceramente me suelo alegrar si me viene el pescadito churruscado al punto –uf la morena-: lo mejor es el conjunto, bien entendido, el todo: carne, espinas (crujientes) y piel crocante.

Una de las especies que, en realidad, admiten un festival de variantes sin que uno se tenga que descuadrar con la ración que se nos presenta en el plato es el rodaballo, que presenta posibilidades de “disección” como pocos; es que aún me persevera en la memoria uno de dos kilos que pude saborear en Fisterra (Galicia). El animalito hizo que me envalentonara en aquella ocasión: ni espinas ni nada, perseverancia.