La atención a víctimas de violencia de género, "una caja de Pandora abierta"

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Entre enero y marzo de 2020 los juzgados de Canarias registraron 2.092 denuncias por violencia machista. En ese intervalo de tiempo, exactamente el 13 de marzo de 2020, se puso en marcha el Servicio Insular de Atención Psicoeducativa Infantil por Violencia de Género del Cabildo de Gran Canaria. Un proyecto nacido desde cero y dirigido a menores entre 3 y 18 años víctimas de violencia de género y a sus madres, buscando darles ayuda psicológica y educativa.

El proyecto se vio ralentizado por el Estado de Alarma decretado un día después de su inicio. Pero a partir del uno de julio, los cuatro psicólogos y dos trabajadores sociales que conforman el equipo, pusieron en marcha las atenciones presenciales. Hasta este octubre, desde el servicio han realizado 129 atenciones psicológicas y 157 atenciones educativas a 127 niños y niñas y a 86 madres víctimas de violencia de género. Contando ya con lista de espera en el municipio de Las Palmas de Gran Canaria.

El servicio comienza con las madres en sesiones de atención psicológica para descubrir cuál es el estado de las víctimas. “La situación de violencia de género ha minado muchas habilidades y herramientas que tenían, muchas capacidades para poder enfrentarse a la resolución de conflictos”, explica a AtlánticoHoy la coordinadora del servicio y psicóloga, Gloria Farías.

Desde el servicio no se trabaja con los menores hasta que no están seguros de que la madre se convierte de nuevo en una figura de referencia y protección para sus hijos. “Después hacemos sesiones conjuntas madre-hijo/hija para valorar el vínculo, para ver un poquito más cómo es esa habilidad de la madre en el trabajo con su hijo”, describe la psicóloga.

Una atención jugando

El método de trabajo con los más pequeños es a través del juego y la terapia narrativa. “Nosotros no trabajamos explicitando la violencia de género. Trabajamos sobre síntomas como pueden ser pesadillas, ansiedad, miedos específicos o la normalización de la violencia”, explica Farías.

Las sesiones con los más pequeños se basan en juegos semidirigidos. Primero, el menor elige un juego y después lo hacen las psicólogas, este último con un objetivo con el que trabajar. Como jugar con una casa de muñecas, por ejemplo, donde el menor refleja cómo es su familia y proyecta sus experiencias.

"Tengo algún caso de menores de seis años que han ido con la toma de conciencia para decirle a sus madre ‘vámonos de aquí: papá te hace daño”

 

“Había un anuncio hace muchos años en el que se veía a una menor jugando a los papis y a las mamis. Lo que jugaba era a golpear al varón contra la mujer; ese tipo de cosas las vemos desgraciadamente en nuestro servicio”, destaca Farías. En estas situaciones las psicólogas no intervienen con alarma, sino que buscan redirigir el comportamiento del menor a través del juego. “Lo que se intenta es cambiar un poco el juego para mostrarle otras posibilidades”, explica.

Cuando las víctimas son mayores de 16 ingresan en el servicio de manera voluntaria. Con ellos se trabaja a través de terapia narrativa, desahogo emocional, terapia cognitivo conductual y regulación emocional. “No saben qué sienten, no saben cómo se sienten, no saben contener esas emociones o relacionarse con otras personas”, explica la psicóloga.

"La normalización de la violencia y el control de los celos enfermizos se ven en esos juegos y en los comentarios de los adolescentes con los que trabajamos"

 

“Necesitan explicar lo que ellos han sentido, explicar cómo le decían a sus madres “rompe la relación; esto no es bueno”, porque eran ellos los que se lo decían a sus madres. Y muchas de ellas dieron el paso gracias a sus hijos adolescentes", narra Farías. "Y no tan adolescentes", continúa "que tengo algún caso de menores de seis años que han ido con la toma de conciencia para decirle a sus madre ‘vámonos de aquí: papá te hace daño”.

Pero también hay niños disociados o que han normalizado la violencia en su día a día dadas sus circunstancias. “Aunque nosotros creemos que vamos avanzando en la sociedad se va viendo que los niños pequeños y adolescentes repiten patrones bastante machistas”, hace ver la psicóloga. Y añade que “la normalización de la violencia y el control de los celos enfermizos se ven en esos juegos y en los comentarios de los adolescentes con los que trabajamos. La normalización y la integración de esta violencia está bastante clara”, sentencia.

Incapacidad para poner normas

La violencia de género también deja huella en el vínculo entre las víctimas. El desgaste de la relación madre-hijo/hija también se ve afectado por la ausencia de normas. Esta ausencia nace por el sentimiento de culpabilidad de algunas madres, una conducta que también se trabaja desde el servicio. En las primeras sesiones, al valorar el vínculo de las víctimas, suelen encontrar una falta de restricciones por parte de las madres a sus hijos.

“Porque muchas veces no eran ellas quienes aplicaban las normas y los límites”, comenta la psicóloga. Y añade que las madres, “tienen mucho sentimiento de culpa por haber tardado en romper la relación con su maltratador y las consecuencias que esto ha tenido en sus hijos”. Una de las consecuencias, por tanto, es la ausencia de normas. “Es justo lo que más va a afectar a esos niños y niñas. Tienen que tener una estructura: horarios, comida, es decir, pautas educativas", explica Farías. “Les cuesta muchísimo ponerles este tipo de pautas, ellas o no saben hacerlo, o perdieron la capacidad de hacerlo o no se atreven”, sentencia

Recién nacido y desbordado

A principios de este octubre el servicio había recibido un total de 92 derivaciones de unidades familiares, de mujeres, y 130 de menores. Derivaciones que vienen desde la Red Insular de Atención a Mujeres Víctimas de Violencia de Género, Cruz Roja, casas de acogida, la Asociación Mujer, Solidaridad y Cooperación y pisos tutelados.

"En estos momento, de esas 92 derivaciones estamos atendiendo a 86 mujeres y 127 niños y niñas. De Las Palmas de Gran Canaria es de donde más nos han venido las derivaciones y ahora mismo sí que existe una pequeña lista de espera", dice Farías. Y lamenta que, "desgraciadamente el volumen de trabajo es tan grande y ha superado lo que se esperaba. Tenemos una lista de espera de nueve o diez personas, pero ahora mismo no se les está dando respuesta a todas las madres".

El proyecto se prevé con una duración de tres años y su permanencia dependerá del apoyo de las instituciones. "Yo creo que la necesidad está clara, se detectó en su momento y ahora es como una caja de Pandora que se ha abierto. Ya se ha visto la problemática y la necesidad que tenemos, yo creo que va a ser algo que se mantenga en el tiempo", sentencia.

el sauzal

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