Incidente en la frontera

A ESTAS HORAS ya puede afirmarse sin temor que Hell or High Water, estrenada en España como Comanchería, es la nueva película de culto. Esta vez no han sido los premios ni la crítica ni una agresiva campaña de publicidad los que han obrado el consenso, sino el boca a boca, ese viejo y sano hábito, reverdecido hoy gracias a las redes sociales e Internet. 

No hay que escarbar muy hondo para encontrar las razones. La película recupera un atractivo esquema de persecución característico del “western” a la vez que hurga en el tejido gangrenado de las sociedades modernas, sintetizadas en un territorio reconocible, el Oeste de Texas y su espacio fronterizo, preñado de  conflictos. Sobre este cañamazo el guionista Taylor Sheridan y el director escocés David Mackenzie construyen la historia, cuyo título original puede traducirse como “A cualquier precio” o, mejor, “Contra viento y marea”.
El punto de partida retrotrae Antes que el diablo sepa que has muerto, el testamento cinematográfico de Sidney Lumet: un joven agobiado por las deudas se ve complicado en los planes delictivos de su hermano, que le propone salir del atolladero dando un “golpe”, que al final se convierten en varios. 
En Comanchería, quien debe pasar dinero a su ex mujer es Toby Howard (Chris Pine), cuyo hermano, el ex convicto Tanner (Ben Foster), le convence para perpetrar atracos destinados a salvar el rancho familiar. Su madre ha muerto y sobre la propiedad se ciernen ya los bancos, vale decir, los buitres. Huelga decir que Toby no tiene empleo y, aunque lo tuviera, necesitaría nueve vidas para afrontar los pagos, de modo no queda otra solución que “robar al ladrón”, es decir, al banco. De sucursal en sucursal, los dos asaltantes serán perseguidos por una pareja de policías, la formada por un sheriff a la antigua usanza (Marcus Hamilton: Jeff Bridges) y su ayudante, el mestizo Alberto Parker (Gil Birmingham), de ascendencia india.

La América invisible

Con buen criterio, Mackenzie sortea la “buddy movie” o película de colegas, a menudo centrada en policías de métodos antagónicos y humor prepotente. La asimetría viene aquí dada por la distinta naturaleza de los agentes: el cachazudo Marcus, alérgico a los métodos modernos, lleva en la sangre al Wyatt Earp de Pasión de los fuertes (no en vano compone su figura en el porche) y prefiere esperar a que los perseguidos cometan un error antes que andar por ahí rastreando fichas. En el fondo, Hamilton parece una versión barriguda y avejentada del “ranger” encarnado por Nick Nolte en Traición sin límites, de Walter Hill; su sentido del humor es tan pesado como su persona y tiene como víctima favorita a Alberto, que sirve a la ley pero sabe de sus fisuras: en el país de las oportunidades, la “legalidad” ha sido patente histórica de los expoliadores, antaño uniformados, hoy alistados en las llamadas “entidades de crédito”. El retrato de los Howard es inevitablemente conciso: deben actuar con rapidez y audacia para que evitar que el expolio los alcance.
Conforme el relato avanza, la película va adoptando los modos del “western” más seco y telúrico. Poco sentimental, el “marshall” Hamilton, apostado entre las rocas como un personaje de Anthony Mann, da rienda suelta a su instinto de cazador, poniendo una nota dinámica en su vida sedentaria. Retarda así su petrificación, esto es, su simbiosis con la tierra. 
Es justo reconocer la labor del reparto, en especial de Jeff Bridges, pero tal vez  Mackenzie haya encontrado su mejor aliado en el guionista y actor Taylor Sheridan,  cuyo anterior crédito literario había sido Sicario, de Denis Villeneuve, y que este año ha estrenado su segunda película como director, Wind River. Los confines violentos, el sustrato indígena, la defensa de la ley y su crónica transgresión, parecen interesarle sobremanera. Habrá que seguirle los pasos, lo mismo que a Mackenzie, quien tras este inesperado logro parece encaminarse a la televisión, ese medio ante el que los policías discuten en las camas separadas de un motel de carretera, como un viejo matrimonio hastiado. 
Interesan tanto los personajes, sus actitudes y, sobre todo, sus diálogos, que casi no nos parece estar viendo una película de 2016. Por otro lado, su aguda descripción del medio rural estadounidense, con su crisol racial, sus tipos cerriles y su mentalidad resabiada, sus casinos indios y sus pueblerinos restaurantes, nos ayuda a entender por qué América porque vuelve a mirar hoy hacia dentro. Si este ha sido uno de los semilleros electorales de Trump, como varios han señalado, no es menos cierto que entre Nueva York y Los Ángeles, entre la Costa Este y la Costa Oeste, se extiende un vasto país que parece contar muy poco y que alguna vez pasa factura por el desprecio y el olvido. El país retratado en esta espléndida película que es Comanchería.