Para apreciar un barraquito como Dios manda

Existen versiones verosímiles. Hay quien afirma que fue inventado por Manolo Grijalbo, un camarero -o dueño- del kiosco que estaba situado frente a la marquesina del Puerto, lugar que servía de punto de encuentro y tertulia de los más variopintos personajes: artistas, estudiantes, músicos, trabajadores...

Cuenta otro confidente que en el antiguo “bar Imperial", junto a la Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife, desayunaba diariamente un señor apodado "El Barraquito", que pedía un café cortado largo, con leche condensada, un vasito de "licor 43", una corteza de limón y un fisquito de canela molida.

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Claro está que existen varias recetas para elaborar un excelente barraquito, especialidad que se prodigó en todos los rincones de las Islas y que incluso se enseña gráficamente en los cuadernos de apuntes del restaurante Gofio de Madrid, del chef tinerfeño Safe Cruz.
Un apunte curioso: mucho más recomendable es un barraquito que un "miserable". ¿Qué es esto? Sencillo: café descafeinado, con leche desnatada y sacarina. Me quedo con el otro.

Café bombón, carajillo, un vienés, irlandés o escocés; un café borracho, un capuchino o, incluso, uno de plátano, que también existe. El barraquito, el tradicional, se puede tomar casi como si de un postre se tratara.
Podemos visualizar a camareros expertos en realizar tan deliciosa mezcla, muy popular en las cafeterías tinerfeñas. El barraquito –mejor “bautizado”- es una auténtica exquisitez para desayunar y a cualquier hora del día.

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En su día fue todo un hallazgo el barraquito frío de Miguel Méndez, del bar santacrucero Las Raíces; los amigos del café con hielo apreciaban esta alternativa, por cierto, de estupendo impacto visual.
Valga este escrito como sincero reconocimiento y homenaje a este goloso café “aderezado”.