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Inusual crónica desde "El fuego invisible" a la "Isla de Lobos" culinaria

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Inusual crónica desde "El fuego invisible" a la "Isla de Lobos" culinaria

Gastronomía
Inusual crónica desde "El fuego invisible" a la "Isla de Lobos" culinaria

Lentejas conejeras con su divertido guiño de la lapa (trampantojo) | Francisco Belín


Cuaderno de Lanzarote

Inusual crónica desde "El fuego invisible" a la "Isla de Lobos" culinaria

La presentación en primicia para Canarias de la novela ganadora del Premio Planeta 2017 en el hotel Princesa Yaiza tuvo, para Javier Sierra, gustosos ribetes gastronómicos.

Fran Belín
Fran Belín
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Francisco Belín | Playa Blanca | 2018-09-02 06:00:03

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Aunque de primeras el lector pueda preguntarse acerca de algún atisbo para poder encuadrar este escrito en el especial de Gastronomía, lo cierto es que emulando al autor de El fuego invisible, Premio Planeta de Novela 2017, este pase del domingo sí va rezumar, y mucho, más que pura simbología gastronómica.

Eso sí: será más evidente (al final) descifrar tales pinceladas culinarias y de producto local de Lanzarote que esas ya más sesudas a las que se enfrenta el personaje protagonista, David Salas, a lo largo de las casi 500 páginas que rubrica el admirado escritor Javier Sierra.

Antes que nada, confío en que los lectores de atlanticohoy.com sabrán tomar a bien este “experimento” periodístico de un servidor, más bien insólito, que se irá plasmando paulatinamente en esta singladura por aparentes enigmas. 

Millo con gamba de La Santa, agua de mar y coliflor encurtida; sopa de cebolla tostada con queso ahumado de La Finca de Uga; tofu de judías verdes, bizcocho de almendras y albahaca…

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Gamba de La Santa | Francisco Belín


Dejemos a un lado el anterior párrafo con esta pista (atención a partir de ahora con lo marcado en negrita) y desconectemos, como quizá sugeriría otro de los personajes de Sierra, la doctora Victoria Goodman. 

Lo cierto es que "La Graciosa" –no precisamente el islote sino uno de los flamantes salones del hotel Princesa Yaiza (Lanzarote) que lleva el nombre- recibió al autor con un aforo nada desdeñable. Allí estaba el librero Norberto, de El Puente (Arrecife) pertrechado con ejemplares que luego serían firmados en una noche agradable y mágica, dada la temática que tan bien domina el polivalente Sierra.

El jefe de bares Javier Luna dedicaría el broche gustativo a la mágica presentación de “El fuego invisible” con un sugerente cóctel con el café de base e hilo argumental (otra de las pistas a seguir…), de gusto rotundo y agradable paso en boca.

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El autor durante la firma de ejemplares | Francisco Belín

Iglesias románicas de Taüll (Pirineos leridanos), extraños códigos, intrigas en torno a colecciones de arte… Mando de proyector en mano, Javier Sierra fue pasando de los “snacks” históricos a la evidencia de “bocados” sabrosos basados en el caballero Lancelot, los relatos artúricos, ¡el grial! Ahí es nada, el santo grial… 

Sin hablar directamente de la novela vencedora entre no sé cuantos autores que se presentaron, los trazos y ese estilo particular de oratoria y narración nos fue envolviendo a los presentes. Peldaños a lo largo de un incursión histórica que hizo espolear la imaginación (san-pedro asado con salsa de ajo-negro, puré de berenjena y aceite de regaliz: otra pista gastronómica, pardiez). “Toda novela es un viaje”, afirmó precisamente el ponente, que apuntó algo realmente aclarador: “el humano se ha pasado la historia intentando descifrar enigmas y la literatura fue un recurso magnífico para acercarse y despejar los interrogantes”.

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San-pedro asado | Francisco Belín


Sin solución de continuidad: ¿sabía el lector que una investigación realizada por expertos de la Universidad de Tarragona permitió afirmar que la uva forastera gomera, de cepas que datan del año 1450, presenta un genoma que la convierte en singular y única? –sigamos como viajeros que en estas líneas somos para desvelar después de qué se trata esto-. 

Sigamos saltando por los siglos. De 5.000 años de esa multiplicidad de interrogantes, Sierra llegó a una diríase “piedra filosofal” de las conclusiones a las que al humano le ha rondado la cabeza: ¿De dónde vienen las ideas? ¡Tiene que ver con quiénes somos!

El tobogán del discurso del autor, aparte de deleite, nos desliza a toda velocidad a 45.000 años atrás, cuando los sapiens se internaron en las cavernas –se internaron literalmente y no que quedaran, gracias a la iluminación del fuego, en la “antesala” de las grietas naturales-. "Momento en el que pasó algo: ¡la representación! ".

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Llamarada en el teppanyaki del Kampai (Princesa Yaiza) | Javier Sierra


Para representación -me digo- esas apetitosas lentejas de Lanzarote con la lapa (trampantojo) que nos da tregua en la intensidad de nuestro periplo.

Visualicemos la negrura y a continuación el fuego danzante, como una criatura viva que dotaba de movimiento a bisontes y guerreros con lanzas… Encuadremos de paso el tomatillo de árbol, el durazno, una piña de maíz rojo, la mano de Buda, el papayero cargado de fruta reventona. David Salas, el protagonista preguntaría ahora, con razón, qué tiene que ver esto con sus hazañas… Yo convidaría al lingüista del Trinity College de Dublín a endulzarse con un cóctel “Isabelina”, de Ruth Nieves (caramba, otro enigma), para apaciguar las andanzas del profesor.

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Ruth Nieves y Javier Luna | Francisco Belín


Seguimos en esas cavernas, por ejemplo en Cantabria (no está mal). El fuego vivo hace que esas figuras cobren vida (como efecto especial de cine muy a la antigua). De aquí Sierra nos lleva en su particular jet del tiempo a la invención del lenguaje: a la necesidad de dar nombre a las “cosas”. 

“Sin nombre esto, o esto –señalaba el novelista objetos dentro de “La Graciosa”- no existiría. (El mejillón con su jugo al carbón; mostaza y salicornia no existiría…).

¿A qué empezamos a inquietarnos con la aparición de estos "recortes" culinarios? Como David Salas, sigamos en el despliegue, a ver qué nos depara… 

“La ciencia pone nombre a las ‘cosas’ porque da la sensación de que ‘eso’ o ‘aquello’ ya se puede estudiar”, apostilló el escritor. Elocuente pirueta para remontar muchos siglos y situarnos en la época de Leonardo Da Vinci y su cuadro La Cena Secreta, que tuvo su hómónimo literario –best seller por cierto- escrito por el periodista turolense.

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La última cena de Leonardo Da Vinci I IMAGEN DE LA RED

¿Se le olvidó al genio pintar los halos de los apóstoles? ¿se le olvidó el cáliz? –con todo respeto, un 100 por 100 treixadura gallego iría ni que pintado para la representación-. Sensibilidad, ésta, de Víctor Gudiño, sumiller del restaurante Isla de Lobos (hotel Princesa Yaiza).

Lo cierto es que Sierra aportó en su presentación-conferencia datos curiosos acerca del grial. “No lo encontramos en los evangelios; en 1180 se representa una doncella con un objeto que irradia haces de luminosidad sobrenatural. También se datan una serie de iconos como la espada, la lanza,…”.

Pero resalta Sierra, y esto es lo más grande, que en representaciones de las referidas iglesias de los Pirineos (San Clemente de Taüll), en el 1000 –casi 200 años antes-, ya hay frescos de una doncella sosteniendo lo que podría ser el grial y, muy posiblemente, desde donde arranca la leyenda y en un territorio, traspasando la cordillera, que se consideraba “exótico”.

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Frescos de la iglesia de San Clemente de Taüll | AH


Se construyó entonces el mito (porqué no también, después de degustado, puede serlo la gyoza de pollo en pepitoria con ajoblanco de macadamia, o el cochinillo de la Finca de Uga con aromas cítricos, gel de mandarina y galleta de gofio), más por circunstancias políticas que mágicas. 

Aludió el autor otra vez a la “genética de las palabras” que nos llevan a los confines del tiempo y, precisamente, somos o debemos ser todos los “guardianes” de las palabras.

Quizá pudieran degustarse estas líneas y trazos históricos que sirven como armazón para sus libros –escribió su novela hace 20 años- y expuestos en “La Graciosa” como así el autor hizo lo propio con la visita a la Finca de Uga y posterior degustación en el buque insignia del Princesa Yaiza, el “Isla de Lobos”.

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Tomatillo de árbol en la Finca de Uga | Francisco Belín


Como se dijo, en negrita y a lo largo de esta crónica para nada al uso, el lector ha vivido, a la par de las pinceladas del autor invitado, el menú degustación que el chef ejecutivo Víctor Bossecker, con maridajes del sumiller Víctor Gudiño, brindó a Javier Sierra y su familia (Eva, Martín, Sofía) en una incursión también de expectación -como David Salas ante cuestiones que se pueden resolver leyendo la novela-. ¡Se desvela el enigma culinario!

Refrescante experiencia y ¡bravo! a los intérpretes del menú degustación, de los creadores de cócteles de autor; de todos, todos aquellos que derrochan tanto cariño a los huéspedes. Agradecimiento de corazón a la propiedad de PY, a Paloma Olivier (RRSS y Marketing) y a Óscar Pubill, el director del complejo hotelero.

Desvelada la incógnita de la gastronomía, pues, no usaré entonces la negrita para elogiar la finísima pannacota de hinojo con licuado de manzana verde y granizado de apio, postre de la secuencia de Bossecker (formidable persona, jefe de cocina y anfitrión).

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El chef ejecutivo Víctor Bossecker | FB

Tampoco el expresivo oporto Niepoort buscado a propósito y con sabiduría de lo que elige  el genial Víctor Gudiño para el brindis final y que ya nos había sorprendido con los vinos, comenzando con el eleaborado con la variedad forastera gomera.

¡Salud! para este domingo.

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La panaccota que cerró la línea dulce | FB


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