Reflexionando

Al hilo de algo que comentó una gran escritora y amiga hace pocos días, he querido hoy dedicar una reflexión en este espacio sobre algo en lo que creo que fallan algunos escritores/as. 
Quienes dedicamos parte de nuestro tiempo a escribir tenemos fama de lobos solitarios. La imagen del escritor se nos representa como un ser adherido a una máquina de escribir, ordenador o libreta, con la mirada perdida y aislado del mundo tratando de plasmar por esos medios lo que su mente elabora en el proceso de creación, nada más lejos de la realidad, el escritor tiene una vida más allá de sus poemas o relatos, más allá de las máquinas, los libros o libretas. Aunque a veces solo los conozcamos por esos trabajos y sí que es cierto que cuando lo realizamos nos abstraigamos del entorno. El proceso de creación de un libro requiere mucho tiempo, eso es bien sabido por quienes lo practican, tiempo que nosotros dedicamos gustosos a elaborarlo con cariño y profesionalidad, aunque la mayoría de las veces ese trabajo no sea recompensado económicamente como sería deseable. A ello nos dedicamos en cuerpo y alma sin importar las horas que dediquemos a realizarlo.
Lo que yo detecto que falla es el “después” en lo concerniente al proceso entre tener una idea y que esta vea la luz, acometemos con gusto la creación del libro, somos conscientes de la lucha que luego vendrá para que ese libro llegue a los lectores y sin embargo, cuando ocurre, algunos protestan por tener que ser partícipes de la promoción con presentaciones y demás. Y digo yo, y aquí es donde entra mi reflexión, sabedores como somos ya que ese paso es incuestionable, ¿qué tal si lo emprendiésemos con ilusión en lugar de dejar que los nervios y la impaciencia puedan con nosotros evitando que disfrutemos con ese acontecer?
Es como cuando tienes un hijo (algo que muchos hemos usado una vez como comparación) entonces hagamos lo que hacemos con él. No basta con los 9 meses y en el caso de los libros con los años que pasemos gestándolo, luego hay que acompañarle en su transitar por la vida, que de los primeros pasos de nuestra mano y que él note la ilusión que nos hace compartir juntos esos primeros tiempos de vida. Para cuando quieran darse cuenta el “niño” caminará solo y nuestros libros habrán agotado al menos la primera edición. ¿Se puede pedir más?
Solo paren un momento a pensar en eso. Yo vivo cada presentación, cada encuentro con mis “niños” como si fuera siempre la primera, y les puedo asegurar que nada me ha hecho tan feliz en mi vida profesional.
Sentirme “madre” desde el momento en que la idea aflora en mi mente, hasta que el último ejemplar sale de mis manos es algo incomparable que recomiendo encarecidamente siempre.