En la muerte de Gregorio Salvador Caja. "Las islas menos aisladas". Un artículo sobre las islas y las hablas canarias

Tubigú

Rafael Clavijo Rodríguez

El pasado 26 de diciembre de este 2020 nos llega la inesperada y triste noticia del fallecimiento, a los 93 años, de Gregorio Salvador Caja, filólogo, dialectólogo, crítico literario y referencia mundial en lexicología, quien fue también vicedirector de la Real Academia de la Lengua (RAE) entre los años 2000 y 2007.

En su perfil de Twitter el escritor Arturo Pérez-Reverte lo anunciaba así: “Acaba de morir, sentado en su casa y rodeado de libros, Gregorio Salvador, de la Real Academia Española. Tal vez, el último todavía en activo de los verdaderamente grandes, el académico perfecto”. Y añadía: “Era mi padrino en la RAE, y uno de los hombres a los que más quise y respeté en mi vida”.

Desde las páginas de ABC, Santiago Muñoz Machado, actual director de la Real Academia, se despedía de un “académico ejemplar” en todos los sentidos. “Gregorio Salvador es una pérdida enorme para la RAE. Con muchísimo fondo y fundamento en sus conocimientos filológicos, extraordinario profesional en su disciplina antes que académico, atento asistente al trabajo ordinario y activo participante en los plenos. Era respetado por todos y muy querido, un académico muy difícil de sustituir. Era, además, una persona afectuosa y un trabajador infatigable, un creador en su ámbito notabilísimo; en fin, un académico imponente, una joya para el estudio de nuestra lengua”.

Por su parte, la rectora de la Universidad de La Laguna, Rosa Aguilar, remitía al director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, un mensaje de condolencia por el fallecimiento de quien fue “catedrático de nuestra institución, muy querido y recordado en ella y uno de los grandes estudiosos de nuestra lengua; puedo decirle que son muchos los docentes que se han dirigido a mí en estos días para mostrar su gran pesar por esta pérdida, ya que en esta universidad dejó una profunda huella entre profesores y estudiantes, al ser uno de los precursores de los métodos de la semántica estructural, lo que nos ha permitido hablar de la Escuela de Semántica de La Laguna encabezada por él mismo”.

 

Gregorio Salvador Caja (Cúllar, Granada, 1927) era experto en lexicología y dialectología y ocupaba la letra ‘q’ desde el 15 de febrero de 1987, cuando tomó posesión de su silla con un discurso que trataba precisamente sobre esa letra y al que respondió, en nombre de la corporación, Manuel Alvar. Antes de vicedirector de la Academia ocupó el puesto de bibliotecario y la presidencia de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) entre 1992 y 1998.

Doctor en Filología Románica, fue catedrático de instituto en los de Algeciras, Cartagena y Astorga, de Lengua Española en las universidades Autónoma y Complutense de Madrid, y de Gramática Histórica en las de La Laguna y Granada; estas últimas le nombraron doctor “honoris causa”, distinción que también le otorgó la Universidad de Alcalá de Henares.

Fue miembro de honor de la Asociación de Hispanistas de Asia, de la Asociación de la Prensa de Madrid, correspondiente de la Academia Nacional de Letras de Uruguay, de la Academia Chilena de la Lengua, de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Hondureña de la Lengua. Fue Académico Honorario de la Academia Colombiana de la Lengua y de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Fue asimismo presidente de la Sociedad Española de Lingüística (1990-1994).

Recibió la medalla de honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (2004) y los premios de periodismo José María Pemán, (1987), Mesonero Romanos (1995), César González Ruano (2001) y Mariano de Cavia (2004). Contaba también entre otros reconocimientos con la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (1999) y la Medalla de Andalucía (2010).

Fue autor de una decena de obras filológicas, entre las que cabe citar el ‘Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía’, en colaboración con Manuel Alvar, así como ‘Semántica y lexicología del español’ (1985), ‘Estudios dialectológicos’ (1987), y ‘La lengua española, hoy’, en colaboración con el también académico Manuel Seco (1995). Escribió obras de ficción como ‘Casualidades’ (1994), ‘El eje del compás’ (2002) y ‘Nocturno londinense y otros relatos’ (2006), y publicó recopilaciones de sus artículos periodísticos, con títulos como ‘El destrozo educativo’ (2004) y ‘El fútbol y la vida’ (2007).

 

GREGORIO SALVADOR 2

 

En este momento conviene dejar constancia escrita de la vinculación de Gregorio Salvador con las Islas Canarias y, en particular, con la Universidad de La Laguna. Aquí desarrolló su magisterio durante nueve años (entre 1966 y 1975) y dejó una profunda huella en sus compañeros y discípulos. Mucho después de su marcha a Madrid, el 15 de mayo de 1990, Gregorio Salvador  publicó, en la famosa página tercera de ABC, un artículo sobre las islas y las hablas canarias (Las islas menos aisladas), que más adelante reproducimos de forma íntegra.

Alude en el mismo a la ponencia de clausura del Congreso Conmemorativo del vigésimo aniversario de la Sociedad Española de Lingüística, que decidió hacer sobre las hablas canarias. Partiendo de un hecho lingüístico –el español hablado en Canarias–, realiza una reflexión geográfica e histórica sobre las Islas. Las Islas Canarias son, para el académico y profesor, las islas menos aisladas. Su lengua –el español– se habla con corrección, y sus modalidades de habla –quizá las más estudiadas del mundo hispánico–, heterogéneas entre las islas y con semejanzas en el Caribe, integran el llamado “español atlántico”. Por otro lado, las Islas son puente de unión entre continentes. Son origen, “parada y fonda”, incluso destino, y presentan una población abigarrada y diversa, con hablas también diferentes. Son, a un tiempo, puerta de América y puerta de Europa, y disfrutan de un régimen de puerto franco, que es una puerta abierta para mercancías, gentes e ideas. Finalmente, el autor evoca sus recuerdos de las Islas, de Tenerife, el aire más europeo y liberal que ya se respiraba en los años sesenta y la emotiva cercanía de los relatos familiares de su infancia. Y concluye negando el supuesto aislamiento de unas islas que son, para el autor, “puerta y camino, nudo crucial del Occidente, situadas en el centro mismo de la calle Mayor de las Españas”.

 

Las islas menos aisladas

 

LAS ISLAS MENOS AISLADAS

A principios de abril se celebró, en El Puerto de la Cruz, el congreso conmemorativo del vigésimo aniversario de la fundación de la Sociedad Española de Lingüística. A la par, tenía lugar en Las Palmas el IV Congreso Galdosiano. En el centro mismo de lo que llamamos Occidente, eslabón entre Europa y América, el Archipiélago Canario asumió así, durante una semana, un protagonismo que le va muy bien cuando se conversa sobre asuntos lingüísticos o de la literatura en lengua española se trata. No es corta la nómina de escritores canarios, capitaneados por Galdós, con puesto fijo y bien ganado en la historia literaria de nuestra lengua, y la propia dimensión ultramarina del idioma, su extensión y grandeza americanas, pasa necesariamente por estas islas, que actuaron de lanzadera en la laboriosa trama de esa cultura variadísima pero nuclearmente idéntica que apellidamos hispánica.

Me habían encomendado la ponencia de clausura en la reunión de lingüistas y decidí hacerla sobre las hablas canarias. Ello me obligó, una vez más, a reflexionar sobre la peculiaridad geográfica e histórica de estas Islas: las islas menos aisladas que a nadie le sea dado concebir.

Porque ahora que tanto se lleva lo de sentirse marginado u oprimido, sea individual o colectivamente, no ha faltado tampoco entre los canarios quien se lamente de una supuesta opresión colonial que les obligó a un uso timorato del idioma, que habría resultado para los isleños más bien instrumento de sumisión que de comunicación. Como tales dislates no sólo se dicen sino que incluso se publican, porque nunca falta quien pretenda aliviarse de sus personales taras o limitaciones imaginando que las comparte con los demás, que son colectivas y no propias, bueno será decir que el español se habla en Canarias tan bien como en cualquier otro lugar, porque la lengua es patrimonio común y su empleo negocio de particular juicio, como ya supo Fray Luis de León.

Las hablas canarias son posiblemente, en este momento, las más estudiadas, las mejor conocidas de todo el orbe hispánico. Hay un atlas lingüístico del Archipiélago, que se debe a Manuel Alvar, y en una guía bibliográfica, publicada hace un par de años, se registran 519 títulos. Existen notables diferencias de isla a isla y también dentro de las dos mayores; son hablas heterogéneas, como las andaluzas y las de las tierras bajas de América, porque constituyen, juntamente con ellas, lo que se ha llamado español atlántico o de tendencia evolutiva. Pero, dentro de ese conglomerado, muestran una mayor semejanza con las hablas caribeñas, semejanza que cualquier oyente medianamente atento percibe y que los dialectólogos tratamos de explicar.

El mar no separa, más bien une. Sendero innumerable lo llamó Ramón Pérez de Ayala. Innumerable, pero anudado en esas Islas privilegiadas, que han sido durante cinco siglos parada y fonda en el constante ir y venir del uno al otro continente. Y para muchos, seguramente, destino. Uno imagina a aquellos hombres de tierra adentro, leoneses, extremeños, castellanos, embarcados en livianos bajeles, en atormentados galeones, rumbo a las Indias, interminablemente mareados durante días y días de espantosa navegación, poner pie en las Islas y preguntarse que para qué buscar otro paraíso, si ya lo tenían ante sus ojos. ¡Cuántos no se quedarían para siempre en la escala, dejando su plaza a los que allí habían llegado por otros medios y aguardaban esa coyuntura para embarcarse hacia las Indias, sin los enojosos papeleos y comprobaciones que exigía la autorización del viaje en los puertos andaluces! ¡Y cuántos hijos o nietos de ellos, ya canarios, no reemprenderían años más tarde la truncada aventura americana de sus antecesores! Abigarrada población la de estas tierras con tantas idas y venidas, con tanto trasiego marinero. De ahí la heterogeneidad de sus hablas y de ahí también sus afinidades caribeñas.

Las Islas Canarias, vistas desde acá, son la puerta de América; pero vistas desde allá resultan ser la puerta de Europa. En “El camino de Santiago”, Alejo Carpentier narra los avatares de un hereje francés para retornar al Viejo Continente: “El barbado, que viaja como cristiano, dándoselas de borgoñón pasado a las Indias con licencia del Rey… sabe que sus andanzas terminarán muy pronto. Como la Gran Canaria tiene comercio con gentes de Inglaterra y de Flandes, y más de un capitán calvinista o luterano descarga allí su mercancía, sin que le pregunten si cree en la predestinación, ayuna en Cuaresma o quiere bulas a buen precio, sabe que le será fácil perderse en la ciudad, viendo luego cómo escapar de la isla y pasarse a Francia.”

En el sistema aduanero contemporáneo, las Islas Canarias han disfrutado de un régimen de puerto franco. Pero, aparte esta calificación de derecho mercantil, la verdad es que han sido siempre, por su insoslayable carácter de encrucijada geográfica, puerta abierta no sólo para las mercancías, sino para las ideas avanzadas y para las gentes perseguidas. El sueco Per Lillieström, que sospecha, con no poco fundamento, un establecimiento de vikingos en Gran Canarias desde el siglo X, ha puesto también de relieve no hace mucho el papel que pudo desempeñar en la población de Tenerife un disimulado grupo de judíos, de los expulsados en 1492.

En 1966 fui yo a vivir a esa isla. Y se respiraban allí, entonces como siempre, otros aires que en la Península. Uno tenía una sensación mucho más europea, harto más liberal. Durante los años que residí en ella, asistí, entre otras cosas, a la desaparición de los grandes trasatlánticos, derrotados por el transporte aéreo. El “France”, el “Michelangelo”, el “Raffaello”, el “Queen Elizabeth”, el “Santa María”, anunciaron su último viaje transoceánico y alargaron su escala postrera en Santa Cruz el tiempo suficiente para celebrar una brillante y ya nostálgica fiesta nocturna de despedida.

A alguna de ellas acudí, y ello me hizo recordar que lo mismo Santa Cruz de Tenerife que Las Palmas de Gran Canaria me habían sido desde la niñez, ciudades conocidas, descritas y rememoradas en los relatos familiares, pues mi padre y mi madre, con mis hermanos mayores, habían cruzado varias veces el Atlántico, y mientras que las peninsulares Valencia, Sevilla, Bilbao, Valladolid o Zaragoza eran para mí, niño granadino, tan sólo nombres escolares, los dos ciudades canarias, con Cádiz a lo sumo y Buenos Aires o Mendoza, existían como lugares vivos y reales de la tradición familiar.

Que no me vengan con falsas historias, con monsergas de marginaciones y arrinconamientos. Nunca han estado aisladas nuestras islas del Atlántico, que son a la vez puerta y camino, nudo crucial del Occidente, situadas como están en el centro mismo de la calle Mayor de las Españas.

Gregorio Salvador, de la Real Academia Española

 

Gregorio Salvador, en la ponencia sobre las hablas canarias a la que se refiere en este artículo, afirma que el español hablado en las Islas es, seguramente, la variedad dialectal más estudiada del último cuarto de siglo. Lo prueban el ‘Atlas Lingüístico y Etnográfico de Canarias’ (1975) de Manuel Alvar, los títulos de la Guía Bibliográfica de ‘El español de Canarias’ (1988), de Cristóbal Corrales y Mª Ángeles Álvarez, y ‘El español de Canarias’ (1988), de Manuel Almeida y Carmen Díaz Alayón. Describe y defiende el académico la validez de cualquier método de trabajo que se base en muestras de lengua viva y también en una actitud cómplice y de colaboración recíproca entre informantes e investigadores.

Dicha ponencia la titula Gregorio Salvador “Las hablas canarias y yo” debido a su experiencia personal como residente en las Islas. Lo justifica aludiendo a sus hallazgos de carácter fonético con las hablas andaluzas, a su escasa contribución a la dialectología canaria –su inhibición en la polémica entre Manuel Alvar y Diego Catalán– y a su colaboración en unos pocos trabajos (con Ramón Trujillo y Antonio Lorenzo). Al ayudar a trazar el ‘Mapa lingüístico de la España actual’ (1986), con respecto a la lengua común, manifiesta sus impresiones y observaciones sobre las hablas canarias, que están más próximas a la zona del Caribe, y son variedades más geográficas que sociales y conocidas por “español atlántico”.

Para Gregorio Salvador, “español atlántico” o de tendencia evolutiva es, sin duda, el español de Canarias, una mezcolanza de hablas dialectales heterogéneas con un cierto denominador común –entonación, articulación, sintaxis, léxico– en todos los niveles de la lengua, y con cuatro fenómenos caracterizadores en el plano fónico: la aspiración de la -s implosiva con posible pérdida de la final de palabra, el yeísmo, la caída de la -d- intervocálica y la confusión entre -l y -r implosivas. Estos cuatro fenómenos tanto pueden estar presentes como puede carecerse de ellos, y solo dos rasgos de pronunciación ajenos a la norma castellana –el seseo y la aspiración de la jota (j o g)– son generales en el Archipiélago. Considera finalmente el autor que los primeros rasgos citados son peculiares de determinados ámbitos insulares, no de todo el español hablado en las Islas, y se dan en ellas de manera variada y, desde luego, polimórfica. Porque lo singular no es general y todo lo general también es compartido por otras áreas americanas y peninsulares. De ahí que resulte imposible hablar de una norma canaria y exista preocupación a la hora de establecer una norma culta y, en su caso, qué isla o qué ciudad vendrían a imponerla.

Gregorio Salvador –reiteramos– afirma en su artículo que las hablas canarias son posiblemente las más estudiadas de todo el orbe hispánico. Presentan notables diferencias entre islas –y también dentro de las dos mayores–; son hablas heterogéneas como las andaluzas y las de las tierras bajas de América, e integran el llamado “español atlántico”, como lo denominó Diego Catalán desde La Laguna. A este respecto, al referirse a la lengua común en el vigente panorama nacional, escribió el autor: “No puedo terminar sin referirme al español de Canarias, la más meridional de nuestras hablas nacionales y eslabón que une, como tantas veces se ha dicho, el español de España y el español de América. Efectivamente, (…), las hablas canarias se aproximan más, en una apreciación impresionista, a las de la zona del Caribe que a cualesquiera otras. Pero diré también en seguida que no hay dialecto canario en sentido estricto sino múltiples variedades locales, considerables diferencias de isla a isla, enrevesadas isoglosas entrecruzadas sin salir de cada una de ellas.(…)”

Para el académico y profesor, cabe hablar, por tanto de español de España y de español de América, pero con criterios exclusivamente geográficos más que lingüísticos. Insiste en que la única partición dialectal posible del español es el de una modalidad de tendencia evolutiva y otra de tendencia conservadora, esto es, un “español atlántico” y un “español castellano”. Y “español atlántico” es para él, sin ninguna duda, el español de Canarias. Geográficamente, porque ahí tenemos el Océano y, lingüísticamente, porque sirvió de modelo para el concepto y no se le puede negar tendencia evolutiva. La mayor semejanza de las hablas canarias es, por tanto, con las caribeñas, formando grupo las Islas, en una subdivisión posterior, con las islas del Caribe (Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo) y con el litoral caribeño del continente, con Venezuela. Hay un cierto denominador común en lo fónico –la entonación y la articulación son un ejemplo–, ciertas constantes sintácticas y notables coincidencias léxicas. Y también quiere llamar la atención sobre el hecho de que las peculiaridades canarias lo son de determinados y concretos ámbitos insulares, no de todo el español hablado en las Islas. Lo singular –manifiesta el autor– no es general y todo lo general es compartido por otras áreas americanas o peninsulares. De ahí que sea imposible establecer una norma canaria cuando muchas comunidades se han lanzado a la búsqueda de unas vagamente llamadas “señas de identidad” lingüísticas.

Sostiene asimismo Gregorio Salvador en su artículo que el español hablado en Canarias es tan correcto como cualquier otro pese a una supuesta opresión lingüística colonial que obligó a un uso timorato del idioma. Alude así a este hecho en la citada ponencia: “Me referí antes a un punto de pesimismo en la valoración del cotidiano y actual hablar canario que parece desprenderse de recientes consideraciones sobre el español de las islas, que se estima inseguro, afligido por una especie de complejo de inferioridad. Los apocalípticos abundan siempre que se habla del uso que suele hacerse de la lengua en el lugar que habitan. Llaman más la atención los defectos, los titubeos, las incorrecciones y las impropiedades que la excelencia, la seguridad y el ajustado empleo de formas y vocablos. (…) He llegado a la conclusión de que, dejando aparte diferencias locales, procesos evolutivos en marcha, explicables pedanterías e inevitables incapacidades personales, en estas islas se habla tan buen español como en cualquier otro lugar del ancho mundo del idioma. Lo que es perfectamente natural.”

El empleo de la lengua es “negocio de particular juicio”, como ya supo Fray Luis de León, y –añade– en cualquier ámbito dialectal, por limitado que sea, habrá quien hable muy bien, quien lo haga aceptablemente y quien se embarulle sin remedio. Las variedades dialectales no son un patrimonio cultural y será la lengua literaria el centro al que debe apuntar la brújula idiomática. Y aludiendo a Ernesto Sábato y a un alegoría suya con la música, una orquesta y sus solistas, no puede decir el autor que los canarios desafinan o tocan a su aire. Igual que existen preferencias sobre instrumentos y partituras, a él le encantan las hablas canarias, particularmente algunas de ellas, y esa fue una de las razones de tantos años de permanencia en La Laguna y en Tenerife.

En definitiva, Gregorio Salvador aprovecha una ponencia sobre las hablas canarias para reflexionar en su artículo sobre la peculiaridad geográfica e histórica de las Islas –“las islas menos aisladas que a nadie le sea dado concebir”– y para desmentir esa sensación o complejo de aislamiento y marginación que se desprenden de su lectura. En medio de un mar que une más que separa, considera las Islas puente de unión entre continentes; origen, “parada y fonda”, incluso destino de personas; la puerta de América y a la vez la puerta de Europa; y beneficiarias de un régimen de puerto franco no sólo para mercancías sino también para gentes e ideas. Y recuerda, quince años más tarde, lo que él mismo vivió en las islas, la cercanía familiar y evocadora de las dos capitales isleñas para un entonces niño peninsular, renegando del presunto aislamiento de nuestras islas del Atlántico, “que son a la vez puerta y camino, nudo crucial del Occidente, situadas como están en el centro mismo de la calle Mayor de las Españas”.

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