En honor a don Pelayo

Pelayo López y Martín Romero (1887-1972) fue presidente del CD Tenerife durante más de una década. Detrás de ese nombre se escondía un hombre sencillo que era conocido, simplemente, como don Pelayo y que dirigió a la entidad blanquiazul en su primera gran época dorada, al inicio de los años treinta, durante la guerra civil y en la difícil posguerra. Antes de abandonar el cargo, dejó puestas las bases del gran equipo que a principios de los cuarenta conquistó por tres veces consecutivas la liga Inter-regional. Su mandato le dio estabilidad a un Tenerife que, antes de su llegada, cambiaba cada año de presidente mientras la continuidad se la daban su eterno secretario general, José Díaz Prieto, así como el tesorero Juan Labory.

Don Pelayo nació en La Palma, pero siendo casi un niño se trasladó a Tenerife para realizar sus estudios de bachillerato en el Instituto de Canarias (lo que hoy es el IES Cabrera Pinto de La Laguna). Ya en esta isla conoció un deporte que empezaba a ser mayoritario y al que luego se aficionó durante sus estudios de Arquitectura en Barcelona. Nombrado arquitecto municipal de Santa Cruz de Tenerife, se convirtió en asiduo del recién inaugurado Stadium, fue directivo con Fernando Arozena y en noviembre de 1928 se hizo cargo de la presidencia de la entidad blanquiazul. En su primera junta directiva Apeles Díaz era el vicepresidente y se mantenían en sus puestos los incombustibles Juan Labory y José Díaz Prieto.

Llegaba entonces a un Tenerife que había cedido la supremacía provincial al Iberia de Morera y Paco López y que en una eliminatoria de promoción se había jugado su permanencia en Primera Categoría con el Santa Cruz. El equipo blanquiazul contaba con figuras como Cayol, Graciliano Luis o Luzbel, pero el equipo aún padecía la reciente marcha del goleador Ángel Arocha al Barcelona. Por eso, a los pocos días de su incorporación, don Pelayo recuperó al defensa Andrés Llombet, que se había ido al Betis. Y aunque cada año el Tenerife vendía un jugador al incipiente profesionalismo que empezaba a nacer en la Península, el dirigente palmero nunca permitió que se debilitara el equipo, recuperando elementos que querían regresar a casa tras su aventura peninsular como Cárdenes, Morera, Chicote...

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Pelayo López y Martín Romero.

Autor del diseñó del Pabellón de Canarias en la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929), tras la guerra civil ocupó unos meses la presidencia de la Federación Tinerfeña de Fútbol, donde realizó una gran labor de fomento del fútbol base, con la cesión de unos terrenos que luego llevarían su nombre. La posguerra le llevó a Madrid para participar en la reconstrucción de un país roto por la contienda y fue puesto al frente de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones. Eso sí, antes de marchar, don Pelayo dejó su Tenerife en manos de quien durante más de una década había sido su vicepresidente, Heliodoro Rodríguez López, con quien además tenía un estrecho vínculo profesional al haber sido el arquitecto de la casona familiar de los Rodríguez López en su finca de La Higuerita.

Casi dos décadas después de dejar la Isla y alejado del primer plano futbolístico, el 1 de octubre de 1958, en las instalaciones del Real Club Náutico y en contra de ese dicho que asegura que “el fútbol no tiene memoria”, el Tenerife, la Federación Tinerfeña de Fútbol y el Ayuntamiento de Santa Cruz le tributaron un homenaje para reconocer sus méritos. Fallecido en Madrid a los 84 años, los aficionados blanquiazules deben agradecerle su contribución a la consolidación del Tenerife. Y varias generaciones de tinerfeños, haber aprendido a jugar al fútbol en el campo de don Pelayo.