El origen de la Generación Beat

La Generación Beat tiene en Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (Anagrama, Panorama de narrativa 2010) la primera manifestación creativa de su existencia. Esta novela es la iluminación iniciática de una generación sorprendente, que explota pero que no lo hace bajo la mitológica imagen del escritor en su estudio, escribiendo. No hay soledad, no hay aguda introspección, hay desorden y una pendiente inclinada sobre la que ruedan los personajes cuesta abajo, por el paraíso de un profundo instinto de muerte, de alegría siniestra o de tenebrosa inadaptación. 

En Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, se hace presente la boca grande y sugerente del genio narrador. Se narra con naturalidad, como si la libertad no dependiera de la angustiosa elaboración de un discurso. Es la historia de unos amigos, rabiosamente desadaptados que, por voluntad propia, se sitúan fuera de las lógicas del orden y de los estatutos que debemos cumplir para ser hombres de provecho que dormirán tranquilos, después de conseguir el conformista aval del buen comportamiento social. Un título largo que quiere decir algo o que, en cambio, conforma una acrobacia más del que no quiere decir realmente nada, una pirueta caprichosa con vocación de juego antisolemne. 

Este libro es una crónica rápida y sin dobleces, una masticación jugosa de un alimento nuevo y diferente en un oficio, el de narrador, que en este relato escrito a cuatro manos, nos enseña a un William Burroughs como referente de una personalidad refinada y hermética, igual que un experimentado perfil de hombre calmado pero que, a su vez, esconde un misterio inalcanzable, y Jack Kerouac, en apariencia más idealista, más abiertamente expresivo y nihilista. Wiliam Burroughs es Will Dennison y Jack Kerouac, Mike Ryko.

La Generación Beat nació de un asesinato. Un manuscrito de ciento ochenta y cinco páginas, guardado en el cajón polvoriento de la historia y que ve la luz en 2005. El sangriento crimen es llevado a cabo con una afilada navaja de Boy Scouts, la noche del 14 de agosto de 1944, en la que Phillip Tourian, el joven bisexual, magnético, entusiasta y excéntrico mata David Kammerer, su enamorado perseguidor, un obsesivo personaje, pusilánime y frágil, trece años mayor. Este hecho, reservado en un rincón final de este infrecuente relato, es el motor de la historia y al que se llega a través de una suerte de acercamiento narrativo, contándonos a dos manos Burroughs y Kerouac, las vidas erráticas, fuera de una sociedad organizada bajo el rigor en el transcurso de los días, con sus mañanas, tardes y noches. La violencia del asesinato se cuenta al final, porque en el atractivo literario de la degradación de los valores, el crimen de Phillip Tourian no parece que sea el hecho tremendo y epicentro del relato. Un crimen es la desembocadura de un río caótico. Un crimen que no conmueve desde una perspectiva moralizante a ninguno de los actores principales de este relato. Es la mágica magnética de "Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques"; la rebeldía sin fin en una ausencia de preocupación inútil por obedecer a nada que no sean sus propias necesidades. Un universo amoral pero inteligente, con sus valores propios y a la contra, que busca una autenticidad que muy probablemente no exista.