Cartas a un joven poeta

Yo, que en el espacio de la creación literaria me considero esencialmente un poeta, no creo que Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke (Alianza Editorial, 1980), sea un manual de aprendizaje práctico para todo aquel que sienta la llamada de las palabras, y quede convocado a trabajar en el costoso oficio de construir literatura. Que Cartas a un joven poeta sea una lectura inaplazable para cualquier aspirante a buen escritor, es una creencia taxativa que trasciende las décadas, aceptada por todos y bautizada por esos inventores de la frustración creativa llamados críticos. De hecho, en esta pequeña obra epistolar del poeta austriaco que escribía en lengua alemana, hay una clara alusión a los críticos en tono de explícito rechazo, por ser sus opiniones, según el juicio del genial escritor centroeuropeo, parte de un ritual de petrificación de la vida.

Cartas a un joven poeta es un libro de contenido profundo. La profundidad no se corresponde exclusivamente con el valor de los genios poseedores de una inteligencia brillante y, aunque Rilke destaca por su prodigiosa clarividencia, llama la atención su monumental destreza para la exacta formulación de preguntas que se hace así mismo sobre sí mismo y acerca de aspectos tan sumamente necesarios de ser revisados y tenidos en consideración, como son el amor y la soledad. A través de estos valores proclives a la idealización (el amor) y a la superstición (la soledad), Rilke construye sus pensamientos en formato de diez cartas escritas y dirigidas a Franz Xaver Kappsus, militar, escritor y editor austriaco, con el que mantendrá entre 1903 y 1906 una intensa comunicación epistolar. 

En ningún caso, parece que Cartas a un joven poeta sea una obra que deba quedar encasillada como una lectura obligada para todo aquel que aspire a ser un buen escritor. La narrativa presente en este breve volumen va mucho más allá. El compromiso de altura existencial de Rilke, lo conforma una intención clara de abandonar los elementos externos presentes en el funcionamiento de la cotidianidad, con todas sus pesadas normas de mecanismo adaptativo, y lo hace provisto de la determinación de no abandonarse a sí mismo. Entrar en uno mismo para nadar en las profundidades en las que brota la vida, es entrar en la defenestrada y odiada dificultad, porque en la dificultad reside la voracidad creativa de la rebeldía. Entrar en uno mismo, pero sin observarse demasiado, dejando de hacer caso a la tentadora brutalidad de los juicios apresurados que solemos hacer sobre nuestra propia persona, en una encarnizada gimnasia del autoflagelo. 

Rilke es un carácter que ama la existencia general de las cosas y que se inclina hacia alguna tímida faceta de naturaleza disociativa, pero en él, la disociación no es trastorno ni perturbación, es VIDA, defendida con el mismo ardor y convicción que lo hacía uno los referentes más grandiosos y universales de la poesía de todos los tiempos: Walt Whitman. Rainer Maria Rilke es la otra cara que está detrás de la estampa consagrada de Whitman o delante, según giremos a conveniencia de nuestro propio apetito y ánimo, la carta universal de los genios. El poeta austriaco ama la vida desde el fervor intelectual pero sin la luz corporal del gozo whitmaniano. Rilke nos muestra un camino, una senda más felizmente introspectiva e igualmente válida: “debemos aceptar nuestra existencia en toda la medida en que corresponda: todo, aun lo inaudito, debe ser posible en ella, y ser valientes para lo extraño y lo más asombroso que nos pueda ocurrir”, escribió Rainer Maria en Cartas a un joven poeta.