La guerra de los mundos

Herbert G. Wells y Julio Verne podrían ser las dos caras de una misma moneda. Ante la luminosa y trepidante narración de aventuras de Verne, está la oscuridad de Wells. Escrituras ambas en la que, el conocimiento científico, se manifiesta como una fiebre nueva que mueve la creación literaria de finales del siglo XIX. Una extraña actividad, en forma de llameantes explosiones sobre la superficie de Marte, atrae poderosamente la atención de los científicos de aquel tiempo. El protagonista del relato de La guerra de los mundos es testigo, tras visitar el observatorio donde trabaja el profesor Ogilvy, del desarrollo de esa rara y no antes vista actividad presente en el planeta rojo.

Se estima que unos meteoritos llegarán a la Tierra en pocos días, pero la realidad termina por convertirse en una amplia secuencia de espantoso terror. Un cilindro metálico de notables dimensiones es lanzado desde Marte, cayendo en una localidad cercana a Londres. El cilindro es solo el comienzo de una batalla con tintes apocalípticos. Los marcianos han llegado a nuestro planeta para llevar a cabo una pavorosa invasión, construyendo formidables estructuras metálicas en forma de trípode y que arrasan las aldeas circundantes con su rayo ardiente.

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El protagonista de La guerra de los mundos, del que no conocemos su nombre, traslada a su mujer a la localidad de Leatherhead para mantenerla a salvo hasta que termine la invasión marciana. Continúa el asedio marciano con más aterrizajes de cilindros metálicos sobre el campo inglés. En la huida, nuestro narrador conoce a un cura y ambos se atrincheran en una casa destruida desde la que presencian, sin ser vistos, el comportamiento invasor de los marcianos. Dotados de una rara y espeluznante anatomía física, se alimentan de la sangre de los cadáveres que ha dejado a su paso la acción destructora de los trípodes con su rayo ardiente.

La guerra de los mundos nos muestra una verdad nueva, revelada ante los ojos de la población. Las gentes de un pequeño pueblo cercano a Londres, las gentes que pueblan la capital británica y tantas otras localidades del sur de Inglaterra, viven inmersas en una vida tranquila llena de rutinas, hasta que ocurre la gran catástrofe. La apacible vida, sujeta a una seguridad ficticia, frente a la brutalidad de la catástrofe inesperada configuran la contraposición de dos escenarios de una realidad contada a través de una prosa de indudable valor expresivo, porque Herbert G. Wells posee una magistral capacidad para crear ambientes de sobrecogedor dramatismo.

Los marcianos finalmente sucumben, al carecer de una de defensa inmunológica resistente a las bacterias humanas. Termina la invasión marciana pero el mundo ya no es el mismo. La fuerza exterminadora de una forma de vida extraña, que procede de ese universo inabarcable externo y amenazador. 

“…Pero ¿quién vive en esos mundos si están habitados?... ¿Somos nosotros o ellos los señores del Universo?... ¿Y por qué han de estar hechas todas las cosas para el hombre?...

Johannes Kepler