El (único) aplauso a Cabrera

El Heliodoro ha sido injusto con muchos jugadores del Tenerife. Sin razones objetivas, ha ofrecido indulgencia plena a algunos futbolistas y ha castigado con broncas perennes a otros. Los canteranos no han sido una excepción. Escrutados con lupa, el grado de comprensión que se ha mostrado con ellos ha sido, habitualmente, menor del exhibido con el fichaje peninsular o extranjero. El 'Ruso' García es un ejemplo reciente de un futbolista olvidable –y miserable– que se ganó el aplauso de la grada sin razón alguna y que, en cambio, acumuló méritos para entrar de pleno derecho en la historia más negra de la entidad. Por contra, dos de los jugadores que durante más tiempo y con más acierto defendieron la camiseta blanquiazul, Toño Hernández y David Amaral, rara vez gozaron de la aprobación del aficionado.

Eso sí, es muy posible que la mayor crueldad la haya mostrado el Heliodoro con José de la Rosa Cabrera (Tenerife, 1946), un centrocampista de aspecto desgarbado que durante media docena de años fue titular indiscutible. Procedente del San Andrés y el Salamanca, dos históricos del fútbol insular, Cabrera llegó al Tenerife en el curso 68-69, después de que una remodelación salvaje hubiera enviado al conjunto blanquiazul al grupo VIII de la Tercera División. Fijo para todos los técnicos, fue el único componente de la plantilla que disputó los 38 partidos en la liga 70-71, que acabó con el ascenso blanquiazul a Segunda División. Y en la categoría de plata fue indiscutible con García Verdugo, Héctor Núñez o Dagoberto Moll, con quien el Tenerife rozó el ascenso a Primera División en la campaña 73-74.

Ese verano, después de haber disputado 184 partidos oficiales con el Tenerife y de haberlo dejado en la cuarta plaza, a un paso de la élite, aceptó una oferta del Nástic de Tarragona. En los seis años en los que defendió la camiseta blanquiazul, Cabrera jamás fue ovacionado por el Heliodoro. Ni siquiera cuando le hizo un 'hat trick' a la Segoviana. O cuando cuatro meses después repitió triplete frente al Extremadura. A cambio, los silbidos eran constantes. Rara vez la paciencia del seguidor blanquiazul superaba los diez minutos. Cualquier excusa valía para silbarle. Un mal control, un pase defectuoso aunque intrascendente… También era motivo de enfado su mera presencia: esos casi 190 centímetros, su aspecto desgarbado, las patillas, a veces con amplio bigote, el pelo rizado…

Image

José de la Rosa Cabrera, antes de un partido

Por aspecto y fútbol se asemejaba a Sergio Busquets... pero cuarenta años antes de que el aficionado entendiera el fútbol de Busquets. Y si uno pregunta a cualquier compañero de la época, le dedicará los mismos elogios que ahora recibe el mediocentro del Barça y la selección española. De la grada, en cambio, casi siempre recibió desprecio. Vivillo, en apodo con el llegó, fue su mote más cariñoso. De los epítetos insultantes, mejor no hablar. Hasta que el 2 de marzo de 1975 visitó el Heliodoro con la camiseta del Nástic. No hizo un mal partido, pero tampoco brilló. Sin embargo, cuando fue sustituido a quince minutos del final, el público, puesto en pie, le dedicó una sonora ovación. No muy extensa, pero sí cariñosa. Ese verano abandonó la élite y nunca más volvió a jugar en el Heliodoro.