El Tenerife, con Franco

El 21 de mayo de 1975, cuatro días antes de jugarse la temporada ante el Cádiz en el cierre liguero, la directiva del Tenerife resolvió el último 'asunto pendiente' del protocolo de las Bodas de Oro, celebradas tres años antes al entenderse como fecha de fundación el año 1922. Ese miércoles, el 'asunto pendiente' que debía afrontar la delegación blanquiazul, con su presidente Julio Santaella a la cabeza, era entregar a Francisco Franco y al entonces príncipe Juan Carlos de Borbón las medallas conmemorativas de su cincuentenario, distinciones acordadas por su aceptación de la Presidencia de Honor y la Vicepresidencia de Honor de las Bodas de Oro. Antes de departir, más relajadamente, con don Juan Carlos en el Palacio de la Quinta, cumplimentaron en el Palacio del Pardo al Jefe del Estado, quien ya dio muestras de tener una salud delicada.

Franco contaba con 82 años, sufría un parkinson notorio y se aproximaba al final de sus días. Aquella mañana, las únicas palabras que pronunció ante la delegación insular fueron: “Yo me acuerdo mucho de Tenerife”. Había motivos: en la Isla vivió cuatro meses cruciales en su vida, entre marzo y julio de 1936, durante las vísperas del golpe de Estado contra la II República Española. Antes de la asonada militar, Franco tuvo algún contacto con el fútbol: el 17 de mayo acudió al Stadium, el actual Heliodoro, a presenciar un 'torneo relámpago' que disputaron –con partidos de treinta minutos divididos en dos tiempos de un cuarto de hora y prórroga si fuera necesario– entre Tenerife, Unión, Iberia y Hespérides. Tras eliminar al Unión en semifinales, el trofeo en disputa, que el propio Franco se encargó de entregar, fue para los blanquiazules, con goles de Chicote y Semán en la final ante el Iberia.

En 1975, al frente del club ya no se encontraban los mismos rectores que habían organizado la celebración de las Bodas de Oro en 1972, encabezados por José González Carrillo. Como tampoco sus sucesores inmediatos, Domingo Pisaca Márquez y Cristóbal González Cano. El encuentro en el Pardo, ya se ha dicho, llegó con Julio Santaella en el palco. Aunque no duraría mucho en un club que devoraba mandatarios. 

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El presidente Julio Santaella, junto a Franco

La representación blanquiazul en la audiencia con el Jefe del Estado estuvo integrada, además de por el presidente, por los vicepresidentes Antonio Alfonso y Luis Morales; el vicesecretario Arturo Trujillo y el vocal Elviro Hernández Reboso, así como el secretario general de la entidad, Domingo Pérez. Todo ellos se desplazaron a Madrid en compañía del gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Modesto Fraile Poujade; el delegado provincial de Educación Física y Deportes, Félix Álvaro Acuña Dorta, y el presidente de la Federación Tinerfeña de Fútbol, Miguel Ángel Morales Pestano.

A todos ellos, antes de que pasaran a saludar al Caudillo, los encargados de protocolo les advirtieron sobre algunas normas: “No se adelanten. Él [Franco] les dará la mano y, cuando se las dé, no la sacudan”. Resultaba evidente que el hombre que rigió los destinos de España durante casi cuarenta años estaba en las últimas. Falleció seis meses después.