El sargento de hierro

El 5 de febrero de 1961, el Tenerife se jugaba buena parte de sus opciones de ascenso a Primera División, una categoría en la que no había militado jamás. Lo hacía en el Alfonso Murube de Ceuta, ante el titular de la localidad y en un ambiente hostil. 

A once jornadas del final del campeonato, el grupo que dirigía Heriberto Herrera no tenía margen de error: marchaba en la segunda posición y visitaba al líder de la categoría. Hasta entonces, sólo el Hércules había puntuado en aquel infierno. Un nuevo triunfo del Ceuta en su 'ambiente', alejaba al Tenerife de la única plaza de ascenso directo y hubiera dejado a los locales con un píe en la máxima categoría.

Era el momento de jugar con los mejores... y el Tenerife lo hizo sin su principal figura, Enrique Vicedo Pascual (1938-2011), un interior de calidad superlativa que en los catorce partidos de Liga que había jugado había marcado ocho goles para convertirse en el líder del equipo. “Mientras yo sea entrenador del Tenerife, usted no jugará más en este equipo”, le había dicho en la víspera Heriberto Herrera, que no se ganó el apodo de 'sargento de hierro' de manera gratuita. La exclusión de Vicedo se gestó en el partido que el interior blanquiazul había perpetrado el domingo anterior en el Bernabéu ante el Plus Ultra, entonces filial del Real Madrid.  

Asfixiado a los pocos minutos de empezar el choque, que el Tenerife acabó perdiendo de forma contundente (3-0), Vicedo falló un par de goles cantados tras sendas asistencias de Santos. Ni siquiera llegó a rematar. Cuando lo intentó, cayó trastabillado al suelo. De vuelta al hotel Mora, cuartel general blanquiazul durante sus habituales excursiones de diez días a la Península, Herrera ató cabos. Averiguó primero quién había sido el conserje de noche en la víspera del choque ante el Plus Ultra y luego intercambió confidencias con él, con ese estilo tan peculiar que permitía a Herrera hacer un interrogatorio severo casi sin preguntar. 

Y así descubrió que Vicedo había regresado –y en mal estado– a las seis de la mañana del día del partido, fijado además en horario matutino. Y aun a riesgo de perder un pilar básico en el funcionamiento del equipo, cumplió su promesa. Vicedo no volvió a jugar en lo que quedaba de curso. Y en verano abandonó la Isla con destino a Valladolid. Se quedó sin la figura, pero salvó al grupo. Y es que para Herrera, la disciplina era un valor fundamental. Cuando por algún accidente llegaba tarde a un entrenamiento, era el primero en imponerse un castigo económico. Y le daba en el acto el dinero al capitán, Santiago Villar, para que constara que pagaba sus multas.  

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Imagen de Heriberto Herrera

 Y antes de aceptar un güisqui al que invitaba el presidente en su onomástica, pagó lo establecido en las normas de régimen interno por beber alcohol. Eso sí, con la plantilla también era inflexible. Aunque elegante. Aún varios recuerdan cuando los sorprendió bebiendo cubatas en un bar de Vistabella. “Es Coca Cola, míster”, le dijeron. Confiaban en que HH no se iba a atrever a probar la bebida ni a preguntar al camarero qué estaban bebiendo los futbolistas. No lo hizo. Simplemente, se sentó con ellos, levantó el brazo para llamar la atención del barman y dijo: “Para mí, lo mismo”. En ese momento sus jugadores ya supieron que les tocaba pagar una multa. 

Por cierto, el Tenerife empató (0-0) en Ceuta. Y tres meses después estaba celebrando el ascenso a Primera División.