El inicio de un amor eterno

La historia del Tenerife no se podría entender sin hacer referencia a la figura de José Díaz Prieto (1902-1989), que durante casi cuarenta años fue secretario general de la entidad blanquiazul. Nacido en Motril (Granada), a los cuatro años se instaló en Tenerife con su familia, después de que su padre, comisario de la Policía Gubernativa, fuera destinado a la Isla.

Aficionado a un extraño deporte importado desde Gran Bretaña y conocido como 'football', no fue un practicante notable, pero sí un seguidor fiel. En primer lugar, del Sporting Club Tenerife; y luego, de la institución que le dio continuidad: el Club Deportivo Tenerife, del que se hizo socio el 17 de febrero de 1923, a los pocos meses de su constitución, correspondiéndole el número 21.

Ese día nació el amor eterno hacia una entidad en la que primero ejerció como socio participativo y, desde marzo de 1926, como vocal y mano derecha del presidente Juan Muñoz Pruneda. Casado con una tinerfeña, tras hacer las correspondientes oposiciones ingresó en la Banca Dehesa (que luego sería absorbida por el Banco Hispano Americano), a la que sirvió eficazmente durante medio siglo. Eso sí, su pasión fue siempre el fútbol y el Tenerife, club en el que ostentó la condición de socio número 1 a lo largo de muchos años. Y del que fue secretario general durante cuatro décadas. En los años treinta, lideró la conversión que llevó a la entidad a ser el representativo insular, dejando de ser uno más de los 'cinco grandes' del fútbol tinerfeño.

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José Díaz Prieto junto al primer mito blanquiazul, Ángel Arocha

íaz Prieto sirvió a 15 presidentes distintos: Muñoz Pruneda, Fernando Arozena, Arturo Rodríguez, Faustino Martín, Pelayo López, Eduardo Valenzuela, Heliodoro Rodríguez, Antonio Perera, Imeldo Bello, Domingo Pisaca, José Badía, Lorenzo Machado, Ricardo Hogdson, José Antonio Plasencia y José López. Durante ese tiempo, en el Tenerife no se movía un papel, no se gestionaba una gira, no se acordaba un fichaje, no se organizaba un partido sin la intervención directa de don José. Como secretario general del Tenerife le tocó vivir en primera fila el incendio de la sede del club en la calle del Castillo, que destruyó trofeos y documentos de valor incalculable, justo después de que él hubiera advertido de la peligrosidad del inmueble.

Eso sí, también disfrutó del acceso a las categorías nacionales y, poco después, del ascenso a la Primera División. En casi cuarenta años como secretario general, sólo abandonó el Tenerife unos meses, cuando al acabar la guerra civil se le ordenó que se hiciera cargo de la Federación Tinerfeña de Fútbol para reordenar este deporte en la provincia. En noviembre de 1960 se le impuso la Medalla de Oro al Mérito Deportivo y el fútbol tinerfeño le rindió un homenaje en el Heliodoro. Pero no abandonó el Tenerife hasta un lustro después, al causar baja voluntaria, ya próximo a cumplir los 65 años, bajo en mandato de Pepe López. Todo había empezado un 17 de febrero de 1923, cuando un 'pibe' con apenas veinte años apareció por las oficinas del club para hacerse socio.