El cese telefónico de Urbieta

Diciembre de 1959 fue movido para el Tenerife. Ese mes había estrenado un nuevo uniforme con una franja horizontal azul sobre el pecho, una nueva sede en Viera y Clavijo... y su presidente, Ricardo Hodgson Lecuona, debió pensar que también era buen momento para estrenar entrenador. Y es que en su intento de acercar la entidad a los aficionados, el Tenerife había cambiado sus colores y disponía de un nuevo local social... pero seguía con su errática trayectoria en el grupo Sur de Segunda División. La temporada anterior el equipo había acabado el campeonato en la cuarta plaza, pero el club acumuló millón y medio de pesetas de déficit y optó por la solución habitual: traspasar a sus mejores jugadores. Y Antonio se fue al Cádiz, mientras Felipe Alberto recaló en el Elche, entonces en Primera División.

Las bajas se compensaron con elementos de la cantera local como Colo (Real Unión) o Paco (Realejos), amén de Manolín Jiménez (Cádiz), Enguidanos (Eldense), el argentino Seoane (Betis) y el paraguayo Unzain (Grenoble), aunque éste no pudo jugar al detectarse irregularidades en su supuesta nacionalidad española. Tras un pésimo inicio, la llegada primero del asturiano Prendes (Sporting) y luego de otro canterano como Yeyo Santos (Real Unión) parecieron enderezar el rumbo. Falsa ilusión. En la penúltima jornada de la primera vuelta, tras perder (3-2) en Almería, cayó a la antepenúltima plaza, en zona de promoción. Las miradas se dirigieron hacia el banquillo, ocupado por el guipuzcoano José Ignacio Urbieta, elegido tras descartarse a Domingo Balmanya. Un mes antes, el técnico ya era cuestionado.

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Ricardo Hodgson.

Urbieta, en el banquillo de los acusados”, titulaba 'Jornada Deportiva', mientras el preparador exponía una retahíla de excusas para justificar la mala clasificación del equipo: nervios, mal estado del césped, público impaciente… La derrota en Almería ante el peor equipo del campeonato fue dramática para un Tenerife que regresó de vacío y en barco desde Cádiz, con tres días de travesía. Con permiso de la entidad para pasar las fiestas navideñas en casa, Urbieta se ahorró el desplazamiento, aunque viajó hasta su localidad natal de Deba (Guipúzcoa) por carretera. Lo hizo con la promesa de regresar a la Isla para dirigir el choque ante el Plus Ultra. No lo hizo. El mal tiempo cerró el aeropuerto de Bilbao e inutilizó el teléfono. Cuando llegó el telegrama, Hodgson ya había decidido su destitución.

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José Ignacio Urbieta.

Pese al injusto empate final (2-2) ante el Plus Ultra, el buen juego realizado por el Tenerife contra el filial madridista, al que dirigía Miguel Muñoz, animó a Hodgson a cambiar de técnico. Así que al día siguiente, en reunión “extraordinaria y urgente” de la junta directiva, se acordó su cese. Pero no hubo forma de contactar telefónicamente con el técnico. Ya de madrugada, el 29 de diciembre de 1959 y a través de una operadora, se le pudo localizar en el domicilio familiar. Tras el sobresalto, el esperpento:

- “¿Señor Urbieta?”
- “Sí, dígame”.
- “Tiene una llamada de Tenerife”
- “Pásemela, por favor”
- “¿José Ignacio?”
- “Dígame, presidente”
- “No hace falta que vuelvas. Estás cesado”.