El brazalete sigue siendo de Diego

Que Maradona es el mejor futbolista argentino de todos los tiempos no lo duda casi nadie. Y lo más curioso es que quienes menos lo dudan son los mismos argentinos. A Maradona lo hemos visto ganar dos scudettos italianos, lo que vendría a ser la Primera División española, (temporada 86-87 y 89-90) con un equipo, el Nápoles, que en España probablemente tendría problemas para mantenerse en Segunda División A. Con él, Nápoles también ganó una Copa Italia (86-87), una Supercopa (90-91) y una Copa Uefa (88-89). Ahí es nada.

A Maradona también le hemos visto ponerse a su espalda una selección hecha casi de retales en el año 86 y proclamarse Campeón del Mundo. Argentina en la cima del mundo futbolístico… y Argentina, en la misma ecuación, sobre las espaldas de Diego.

A Maradona le llaman Dios en Argentina. A él y nadie más. De la misma manera, la pasión por su figura y su memoria alcanza límites extraordinarios en Nápoles. También allí (sencilla que es la traducción de la pasión futbolística a los sobrenombres) le llaman Dios.

En esta intensa región del sur de Italia –recomendadísima visita, digan lo que digan- se multiplican las pintadas, las fotos y los murales en alabanza eterna hacia la figura de Diego Armando. Preguntas en las calles por Maradona y a la gente se le iluminan los ojos.

Muchos vecinos abren las estancias de sus casas a los visitantes para mostrarles sus fotos, poster y recuerdos con el gran 10. En la calle San Biagio dei Librai, en el Bar Nilo, existe un altar dedicado al gran 10 con un mechón de pelo suyo. Maradona hizo a toda una ciudad fútbol, si permiten esta expresión un poco generosa, y desde entonces nadie le ha quitado el brazalete de capitán. Incluso hoy en día, más de 30 años después de su llegada a Nápoles, su camiseta con el 10 a la espalda es la que más se vende.

Sobre Nápoles… si te gustan las ciudades con personalidad intensa, si no te importa el bullicio y eres de los que disfrutan del encanto de las calles estrechas; si te gusta la vida en gerundio y la sensación constate de que algo siempre puede suceder (por hablar sólo de lo que se percibe a flor de piel), tienes una visita obligada.