Cuando los sabores visten a los espacios

Hace unos años conocí a Jorge Bosch. Un chef empático, no solo con los comensales sino también con el producto. A simple vista me di cuenta de que era capaz de sintonizar con cada uno de los ingredientes a los que daría forma entre cazos y sartenes. Por un lado, formaba una ligera bechamel para hacer unas sabrosas croquetas; por el otro, un caldo hervía, recuerdo cómo de fondo se oía el clásico “chop, chop”, mientras que en el horno una pieza de carne se doraba al tiempo que regalaba su delicioso aroma.

La Bola de Jorge Bosch. Foto: Gorostiza Photography.
En la conversación surgieron cientos de preguntas; no tuvo duda en dar respuestas, breves y siempre concretas. El amor por la cocina hacía a Bosch estar viviendo, en aquel preciso momento, el cortejo a los platos que en breve serviría.
Llegó el momento de pasar a sala. En la mesa se daban cita algunos amigos, no solo adultos. Algunos adolescentes nos acompañaban, incluso algún pequeño se sentaba en la trona alrededor de la majestuosa mesa redonda. Cuando me paré a mirar alrededor pensé en qué importante es una mesa con esta forma cuando alrededor de la misma nos vamos a sentar más de seis personas.
Plato elaborado con papas negras. Foto: Gorostiza Photography.
Con el salero propio de quien se ocupa de tomar la comanda en La Bola de Jorge Bosch, nos lanzamos a pedir algunos de sus platos estrella, por supuesto las croquetas, el escaldón, una de las ensaladas de la temporada, y acto seguido comenzó el debate. Para compartir… ¿mejor carne que pescado? A algunos les había llegado el olor del guiso que andaba horas en el horno. Otros, sin embargo, ya habían visto los troncos de bacalao o los pulpitos fritos en las redes sociales del gastroguachinche. Esta iba a ser una negociación dura hasta que quien nos iba tomando nota nos aconsejó: "Pidan los pulpitos para compartir que yo me comprometo a definir la porción de carne para finalizar el almuerzo."
Sugerencia del día. Foto: Gorostiza Photography.
Los platos fueron saliendo de manera fluida. Entre risas y temas de actualidad, nos dimos cuenta de que de los manjares solo quedaba el recuerdo, nada había vuelto a la cocina. Los más pequeños preguntaron si podían bajar a jugar al jardín, y teniendo un espacio como el que había ¿cómo no dejarlos bajar a disfrutar de esa mágica tarde del norte de la Isla?... Los juegos tuvieron que esperar cuando oyeron que el postre iba a ser un delicioso brownie con caramelo salado y la tarta María Victoria, con solo un puntito de acidez.
Una vez finalizado el menú, los mayores aprovecharon para degustar licores curiosos mientras los más pequeños le daban a la patineta, al balón, incluso al juego del pañuelo. La tarde se presentaba larga, agradable e imprevisible; tanto fue así que llegó la última comida del día. Otros platos, otras bebidas, otras risas…
Pulpitos fritos. Foto: Gorostiza Photography.