Copa: a un mal bote de la final

A un gol. A un único gol y con treinta minutos por delante. A eso estaba el Tenerife de disputar la primera final de Copa del Rey de su historia la noche del 10 de marzo de 1994 en un Heliodoro abarrotado y enloquecido. El rival era el Celta y estaba 'tocado', víctima del juego blanquiazul y del agobio que genera el Heliodoro cuando más de veinte mil personas empujan en la misma dirección.

Los gallegos habían llegado con un 3-0 del partido de ida y se habían pasado una hora refugiados junto a su portero, Santi Cañizares, que con una actuación inmensa había evitado la goleada pero no que su equipo perdiera por dos a cero. Lo dicho: faltaba un gol para igualar la eliminatoria y quedaba media hora para alcanzar un sueño. Porque el rival que esperaba en la final no era un 'coco' imbatible: era un Zaragoza que el curso anterior, por ejemplo, había sido noveno en la Liga.

El partido de ida fue caliente. El técnico del Celta, 'Txetxu' Rojo, estuvo hábil para recuperar unas declaraciones realizadas meses atrás por Ángel Cappa, el segundo entrenador del Tenerife, tras una visita de los gallegos al Heliodoro. “El Celta hace un fútbol mezquino. Su juego me produce urticaria. Pretendían que les tocara la lotería sin comprar un boleto”, dijo el ayudante de Jorge Valdano. Y Balaídos, herido en su orgullo, recibió al Tenerife de uñas. Eso, el mal fútbol, un exceso de confianza y algunas rotaciones ordenadas desde el banquillo provocaron un tres-cero desalentador. Para la vuelta, Valdano apeló a la retórica de las remontadas. Y su mensaje caló en el aficionado. Se agotaron las localidades y el Tenerife salió con su once de gala: Manolo; Aguilera, Antonio Mata, César Gómez, Paqui; Chano, Redondo, Castillo, Felipe; Latorre y Dertycia.

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Imagen de Rojo y Valdano antes del Tenerife-Celta

En quince minutos, liderado por un imperial Redondo, ya había 'encerrado' al Celta. Y poco antes del descanso, cuando el ánimo empezaba a decaer, el 'cinco' argentino realizó un 'slalom', entró en el área por la izquierda y le regaló el 1-0 a Aguilera entre el delirio de la General. Y al cuarto de hora de la reanudación, Dertycia fusilaba a Cañizares y festejaba el 2-0 junto a la grada de Herradura de un Heliodoro convertido en manicomio: “Venga, venga, venga; vamos, vamos, vamos”. Dos minutos después, el héroe de la anterior eliminatoria ante el Madrid, Diego Latorre, suplicaba casi entre lágrimas a Díaz Vega que le perdonara una tarjeta amarilla que le iba a impedir disputar la final. Porque nadie dudaba de que el Tenerife iba a jugar la final. El gesto encendió aún más al Heliodoro, mientras el Celta se refugiaba con diez atrás y Vlado Gudelj en punta.

Un nuevo ataque del Tenerife se saldó con un despeje “a lo que salga” de la zaga visitante. Y lo que salió fue un balón franco para Antonio Mata que dejó botar el cuero y puso el pecho para amortiguar el control y reanudar la ofensiva. Pero aquella pelota cobró vida propia y acabó en los pies de Gudelj. Y el bosnio, en el mano a mano, no falló ante Manolo. Y el Tenerife se quedó a un mal bote, a un maldito bote, de la final de Copa.