“¡Comé pasto, burro!”

Fernando Carlos Redondo Neri (Argentina, 1969) no era muy querido en El Sadar antes del 10 de enero de 1993. La falta de afecto era recíproca. Los desencuentros habían empezado dos años antes, en el segundo partido que el centrocampista argentino disputaba en la liga española. Futbolista exquisito, durante la primera mitad había liderado la exhibición del Tenerife, que ganaba a Osasuna en su campo y ofrecía un recital de juego. Hasta que los jugadores locales organizaron una cacería, con Martín González a la cabeza y la anuencia de García Aranda. Lesionado en la rodilla izquierda, Fernando estuvo casi dos meses sin jugar. Y cuando ese mismo curso volvió a El Sadar para certificar la eliminación de Osasuna de la Copa del Rey, fue obsequiado con una sonora bronca. ¿Su pecado? Haber caído lesionado.

Desde entonces, Redondo era recibido con pitos en El Sadar. Y el 10 de enero de 1993, el recibimiento fue el habitual. Eso sí, el Tenerife, que sumaba diez derrotas –y una única victoria, en Tercera División– en sus catorce visitas oficiales a El Sadar, estaba en racha: aún no soñaba con una 'plaza UEFA', pero era sexto en la clasificación y sumaba cuatro victorias seguidas y nueve encuentros sin perder. El partido nació trabado, duro, de pierna fuerte que dicen los entrenadores. Tal vez Valdano previó ese desarrollo y por eso prescindió de Quique Estebaranz para alinear a Dertycia en la delantera y formar un once compuesto por: Agustín; Toño, Antonio Mata, César Gómez, Paqui; Chano, Redondo, Castillo, Felipe; Pizzi (Berges, 78’) y Dertycia (Quique, 85’). Y aunque todos repartieron, el primer amonestado fue Redondo.

Martín González aprovechó la coyuntura y fue a provocarle. Mal negocio. Fue a por lana y salió trasquilado. El jugador osasunista se acercó y le gritó algo, el típico insulto-comentario entre futbolistas. Redondo no respondió. Simplemente, se agachó, cogió algo de césped y se lo tiró a la cara. “¡Comé pasto, burro!”, le dijo. Luego, se hartó de repartir codazos, con su peculiar estilo para proteger el balón. Más de los habituales, que ya eran bastantes. Y se hartó de proferir insultos, algo intrínseco a su forma de entender el fútbol. Bueno... y también se hartó de jugar al fútbol, que era su auténtica cualidad distintiva. Además, en la segunda parte marcó el gol de la victoria (1-2) al transformar una falta al borde del área en una jugada ensayada tras un toque en corto de Antonio Mata. Y lo celebró con rabia.

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Redondo celebrando un gol con los que eran entonces sus compañeros en el CD Tenerife. | ACAN

Antes, Pizzi había inaugurado el marcador y Kosecki había puesto el empate provisional que rompió Redondo. Luego, acabado el partido (1-2), Martín González rompió los códigos del fútbol y explicó a la prensa, con todo lujo de detalles, lo ocurrido en el césped. Además, lanzó una amenaza: “Si sigue así, un día se lo van a cargar y va a tener que dejar el fútbol”. Los medios nacionales amplificaron la polémica y el tiempo le dio la razón al jugador de Osasuna: una semana después, a Redondo lo lesionaron y estuvo cuatro meses sin jugar. Pero jamás se quejó de las patadas que recibió. Y jamás respondió a las acusaciones de Martín González. “A mí me enseñaron que lo que ocurre en la cancha, se queda en la cancha”, decía.