Campeón insular con premio

En el verano de 1931, recién proclamada la II República Española, la Federación Española de Fútbol atendió por fin una histórica petición del fútbol canario para que se le permitiera tomar parte en la Copa de España. Eso sí, lo hizo con una curiosa condición: los años impares participaría el campeón grancanario y los años pares lo haría el campeón tinerfeño. Y sobra decir que esa 'deferencia' hacia el Archipiélago llevaba implícita otra particularidad: en todas sus eliminatorias, el representante canario jugaría como 'local' en un campo peninsular. Y no muy lejos de la ciudad de su adversario.

Así, con el premio añadido de poder participar en un torneo oficial de carácter nacional, los seis mejores equipos de la Isla se aprestaron a disputar en el curso 31-32 un torneo a doble vueltas hasta totalizar diez jornadas. A la cita concurrieron Tenerife, Iberia, Salamanca, Santa Cruz, Hespérides y Unión; estos dos últimos, tras perder la condición de Real al proclamarse la II República. Tenerife e Iberia se destacaron pronto en la clasificación y, empatados a puntos, dejaron la resolución del campeonato para el choque de la penúltima jornada que ambos disputaron el 20 de marzo de 1932 en el Stadium.  

Esa tarde, con más de cinco mil espectadores en las gradas, los blanquiazules alinearon a: Cayol; Fernández, García I; Esquivel, García II, Perico; Torres, Rancel, Arencibia, Semán y Luzbel. En la primera mitad, Pancho Arencibia adelantó a los locales con un cabezazo potente, pero tras la reanudación empató Rodríguez para los del barrio del Toscal, que necesitaban el triunfo para optar al campeonato y se lanzaron a un ataque en tromba. Un minuto después, el Iberia pagaba su falta de prudencia al recibir el 2-1, obra del extremo de Torres. Con el título resuelto, los espectadores aún pudieron disfrutar de una obra de arte. 

Así, a poco del final, Luzbel metió un centro al área al que Arencibia parecía no llegar por exceso de ímpetu en el remate. El 'divino calvo', portentoso rematador de cabeza, se había pasado de frenada y el balón quedaba a su espalda, imposible para el remate. Sin embargo, Arencibia se inventó un escorzo imposible: frenó en seco, giró el cuerpo, levantó una pierna hacia atrás y conectó a la pelota con el tacón mientras se daba una media vuelta para clavar el remate en la red de Lugo, el guardameta del Iberia. El Stadium, sobre decirlo, recibió este 3-1 que sería definitivo con un flamear de pañuelos, costumbre de la época que ya ha caído en desuso. 

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Formación del CD Tenerife, año 1932

Un par de décadas después, Alfredo Di Stéfano marcó un gol similar en Valladolid que aún hoy se recuerda. En Tenerife no quedó constancia gráfica de aquel remate, pero su recuerdo se transmitió oralmente durante décadas. El Tenerife, con ocho victorias y sólo dos derrotas, se proclamaba así campeón insular, con 41 goles a favor y diez en contra. Y su ariete, Pancho Arencibia, con trece tantos, acababa como máximo realizador del campeonato. Pocos días después, el Tenerife embarcaba en el Villa de Madrid hacia la Península para disputar ante el Betis, subcampeón andaluz, su primera eliminatoria de la Copa de España. Pero esa es otra historia.