Trump versus Hollywood (II)

EL RACISMO Y LA XENOFOBIA (además del machismo, el militarismo, el mercantilismo y otros ismos) forman un doble ariete que los detractores de Donald Trump vienen utilizando para arremeter contra el presidente electo de los Estados Unidos. No parece que estas acusaciones le hagan perder el sueño al rubio multimillonario, ni tampoco a sus contados defensores en la galaxia cinematográfica. Uno de ellos, Clint Eastwood, salió al paso en una entrevista e invitó a los escandalizados a “superarlo de una puta vez”. 

Sean o no unos “nenazas” quienes se alarman cuando oyen el menor comentario respecto a otra raza que no sea la blanca, lo cierto es que dichas cuestiones se han convertido en un argumento goloso para los correctos. En la farisea España, llena de políticos sobreactuados, sabemos algo de esto. Pero en el caso de Trump no ha hecho falta exagerar la nota. Es más, él ha provocado el incendio, alternativamente avivado por sus enemigos y por sus propias declaraciones.

Si ponemos el foco en el cine, y más concretamente, en Hollywood, el magnate no ha desperdiciado la ocasión de cargar contra un medio que considera en exceso permeable a los extranjeros. Particularmente significativas son sus declaraciones respecto a los óscares concedidos a los directores mexicanos Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. Porque los eventos de la Academia de Hollywood son una de sus obsesiones, compartida por aquellos que –en el lado contrario– ven ataques a la “diversidad” hasta en la sopa. El caso es disputarse la presa.

Hasta ahora los triunfos foráneos en los Óscar estaban cómodamente escondidos en la categoría de mejor película de habla no inglesa y, circunstancialmente, en apartados secundarios u honoríficos, sin perjuicio de excepciones como la del actor italiano Roberto Benigni o el francés Emil Dujardin, ganadores en la categoría principal. Pero resulta que Cuarón e Iñárritu, además del operador (tambien mexicano) Emmanuel Lubezki, habían tenido entre manos películas americanas como Gravity, Birdman o El renacido, producidas por compañías de Hollywood y protagonizadas por famosos como Sandra Bullock, George Clooney o Leonardo DiCaprio.

A diferencia de Benigni o Javier Bardem, los oscarizados Cuarón, Iñárritu y Lubezki no venían de Europa, sino del país inferior, ese con el que “no hay que hacer negocios”. Y Trump no dudó en alinear los éxitos de los cineastas mexicanos con una supuesta estrategia de rapiña (de los bienes americanos) que él intentará frenar a toda costa con la construcción de un muro fronterizo. En 2015, tras el triunfo de Birdman, tuiteaba: “Una gran noche para México. ¿Y por qué no? Ellos (los mexicanos) están saqueando a nuestro país como ningún otro”. “¿Es que se va a llevar todo el oro?”, se preguntaba en otro tuit tras ver como Iñárritu subía una y otra vez a recoger estatuillas.

La historia se repite
Para Trump, los Óscar son un signo de la decadencia de Hollywood; según los maliciosos, porque no lo tienen a él como presentador. En numerosos mensajes ha cargado contra la ceremonia, que considera aburrida y carente de atractivos (hasta el punto de afirmar que los organizadores deberían aprender algo de los concursos de belleza como Miss Universo, que él patrocinaba). Sin embargo, lo más hiriente no se encuentra en el aspecto visible de las galas sino en lo que denotan: una progresiva voluntad de globalización mediante el reconocimiento a los talentos extranjeros. No basta con que vengan a trabajar aquí, parece decirse Trump, además hay que premiarlos. 

En realidad, su discurso no es nuevo. Data de hace casi un siglo. Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos experimentó un rearme patriótico concretado en las políticas del presidente Warren Harding, particularmente restrictivo en lo que concierne a la inmigración. Ya entonces se afirmaba que América era “lo primero” y que el deber de todos los ciudadanos era fortalecer las propias industrias consumiendo sus productos, dando preferencia al nativo.

El cine no escapó a estas directrices. Por entonces, llegaban a Hollywood muchos extranjeros, aunque el rechazo de los círculos conservadores no se focalizó en los latinos, muy rentables en taquilla, sino en los “hunos” que habían traído la guerra. Ello no impidió que entre una y otra contienda (y a veces con muchos problemas, teniendo incluso que aguardar en México hasta obtener el pertinente visado) siguieran viniendo a Estados Unidos exiliados europeos: escritores, cineastas, actores, operadores, músicos… En buena medida, gracias a ellos, a sus contribuciones, el cine norteamericano alcanzó su gloria, por cierto ya lejana.

El show debe continuar

Aquel Hollywood produjo películas en las que el emigrado, viniera de donde viniese, era presentado como un “buen americano”, un ferviente patriota que se envolvía en la bandera, que celebraba el 4 de julio y el Día de Acción de Gracias, que se endomingaba para acudir a las urnas y que, en definitiva, se enorgullecía de pertenecer al país de acogida. En otras palabras, el mismo cine que asimilaba a los extranjeros daba una imagen positiva de ellos en tanto americanos. Indirectamente, Hollywood mostraba así la grandeza de Estados Unidos, el país de todos, la tierra de la gran promesa. 

No parece que vayamos a ver repetidas esas imágenes. Y no solo por culpa de las políticas migratorias de EEUU, sino porque desde el fin de la Segunda Guerra Mundial la inmigración ha ido cambiando de rostro, de mentalidad y de comportamientos. Como la propia sociedad. En 1950, el miedo al otro se concretaba en el bracero chicano de la película de Joseph Losey The Lawless (El forajido), acusado de un crimen que no había cometido. Hoy, como sabemos, ese miedo se ha hecho global, múltiple, consecuencia de amenazas que exigen una diligencia constante, como afirma el hombre fuerte de la CIA en Red de mentiras, de Ridley Scott.

Aún es pronto para predecir qué cine se va a hacer durante la “era Trump”. No debe descartarse que el frente crítico se traslade a algunas producciones más o menos independientes, pero lo que es seguro es que la industria continuará captando profesionales del exterior, su tendencia natural.

Otras cosas tampoco cambiarán: los Óscar seguirán siendo una triste broma (en esto Trump tiene razón); la Academia recibirá más presiones para que cumpla con su cuota multicultural; las estrellas confiarán de nuevo en Iñárritu, y los Simpsons serán atendidos por personal hispano en los hospitales de Springfield. A su vez, las multinacionales (que comparten con Trump su deseo de hacer dinero) insistirán con sus “blockbusters”, sus aburridos superhéroes y sus no menos tediosas películas de acción. Porque tanto para Hollywood como para su principal fustigador, “el show debe continuar”.