La memoria de nuestro arte

Las viejas mansiones de la memoria guardan reliquias de las que nadie se acuerda. Hoy, voy a hablar de un libro que fue publicado por el Gobierno de Canarias en 1998, en una edición limitada y que compré en una librería de segunda mano. Es un libro inencontrable. Escribo esta reseña sobre una lectura atípica porque odio la desmemoria. Odio el delito de ese alzhéimer ruin y deliberado que nos hace olvidarnos de nuestra propia historia. Esa joya preciosa, que hoy rescato del laberinto de los recuerdos, es Nuestro Arte.

La posguerra dejó una siniestra siembra en forma de vacío cultural en Canarias. El año 1936 es el punto de partida de una terrible ruptura y el fin de una trayectoria de intenso trabajo por profundizar en las vanguardias artísticas europeas que, de mano de Gaceta de Arte, llegaron a Canarias en medio de la indiferencia, casi general, de una población que no mostraba ningún tipo de interés por las “locuras absurdas” que proponían figuras tan relevantes como Domingo Pérez Minik, Eduardo Westerdahl o Domingo López Torres, entre otros. El fin de una corta pero fructífera etapa de oro, dentro de la cultura insular de Tenerife, sumió a las islas en un profundo silencio, en el cual, el arte como una manifestación dinámica, cambiante y progresista no existía. El regionalismo rancio, paisajista y conservador, ocupaba el amplio espacio de la cultura estética imperante.
portada de Nuestro Arte
En un contexto de asfixia y confinamiento, provocado por un largo régimen político que prohibía la libertad, nace Nuestro Arte en la década de los años sesenta del siglo pasado. La dictadura, consolidada tras más de veinte años de mandato férreo, empujaba paradójicamente hacia la experimentación valiente a un grupo heterogéneo, compuesto por pintores, poetas, fotógrafos, caricaturistas, escritores, críticos e intelectuales, siendo el Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, dirigido por Antonio Vizcaya y Manuel Tarquis, el centro principal de sus operaciones. Se trataba de una reunión de inquietos hombres (en su mayoría el grupo Nuestro Arte lo componían hombres, pero sin olvidar las participaciones en el proyecto de mujeres como Pilar Lojendio, Maud Westherdahl o Tanja Tamvelius), artistas de mediana edad, que se encontraban en la madurez creativa e intelectual, y que tenían ante sí el reto de “abrir formalmente un frente común en favor de la incorporación del arte a lo que se estaba haciendo en la esfera internacional hacía años”.
NUESTRO ARTE es un nombre contundente y determinante, pero su forma posesiva, perteneciente a la primera persona del plural, no indica más que una búsqueda de su propia identidad y nunca un patrimonio minoritario y cerrado que da la espalda a la sociedad. Nacido para la agitación cultural en 1963, tuvo en Pedro González a una de sus principales figuras fundacionales. En el encuentro con esa identidad que buscaban, los miembros de Nuestro Arte se dieron cuenta que no era tiempo para manifiestos estéticos y, guiados por una aguda y certera interpretación del momento histórico, entendieron que no había lugar para la declamación de determinados postulados estéticos desde criterios necesariamente absolutos. De la generosidad hicieron bandera y no se restringió la participación de los artistas, resultando de esta aventura artística, la clara visualización del talento dispar presente en nuestras islas. Se renovó el panorama artístico, que en 1963, ya emana el hedor de lo rancio.
Una pléyade de nombres notables construye un camino en la historia. Hablamos de Julio Tovar, Carlos Pinto Grote, Ernesto Salcedo, Gilberto Alemán, Pilar Lojendio, Emilio Sánchez Ortiz, Antonio Vizcaya, José Abad, Carlos Chevilly, Enrique Lite, Maribel Nazco y Antonio Vizcaya, entre otras personalidades, que no repitieron el patrón de comportamiento aprendido y que suele reproducir la sempiterna batalla entre generaciones. La relación de Nuestro Arte, presente entre 1963 y 1969, con su anterior y muy significativa generación de Gaceta de Arte, sepultada por la aplastante dictadura franquista, es de estrecha convivencia y fraternidad. Nadie tuvo necesidad de practicar la fecunda confrontación paterno-filial y, esta circunstancia, le da aún si cabe mayor relevancia y trascendencia. Nuestro Arte conforma un episodio clave en la reciente historia del arte en Canarias, ya que realizó una decidida propuesta de apertura a la participación cultural desde valores democráticos, nacidos de la innovación y la experimentación. Nuestro Arte, es un camino decidido hacia la irreversible modernidad.