La adaptación condenada

Hace poco mantuve una tediosa conversación sobre el daño que están haciendo las adaptaciones de tebeos a la gran pantalla, bajo la excusa de que la mayoría pervierten el producto original. El objetivo de este ataque era Watchmen, la película de Zack Snyder basada en la archiconocida obra de Alan Moore y Dave Gibbons que se estrenó en 2009. Además de tenerle un especial cariño porque fue mi primera experiencia cinéfila durante la universidad, la proeza de Snyder es digna de reseñar: en un momento en el que los superhéroes no eran una garantía de éxito, él se atrevió a deconstruir el género a través de una cinta arriesgada, impregnada de su particular estilo, donde no hay un final feliz como tal porque la frontera entre el bien y el mal se disuelve a medida que avanza la trama. Quizás es porque tiene una estética muy visual que a veces obliga a introducir acción trepidante (el director procede del mundo del videoclip), o puede que sea que no sigue a pie juntillas los acontecimientos narrados en el cómic, pero hay determinados sectores que odian la película. Cuando escuchas un rato el discurso, acabas dándote detectando que tras esas palabras se esconde un sentimiento ilusorio de propiedad hacia la obra original, algo descabellado si pensamos que la cultura es universal y no de unos pocos que pretenden monopolizarla a base de injustificables reivindicaciones.

Aunque el ejemplo de Watchmen está bastante manido (ya le han caído todos los palos posibles), esta tendencia sigue repitiéndose y últimamente está en alza, por lo que me veo en la necesidad de decir esto: ya es suficiente. Vivimos en una era de escases de ideas donde las viñetas se han convertido en un nicho de conceptos, sagas y personajes muy lucrativo. Potenciado por unos avances en el campo de los efectos visuales que hoy en día nos permiten hacer realidad cualquier cosa que imaginemos, las adaptaciones del papel al celuloide están en su punto álgido, y me niego a casarme con ese discurso de que todo es malo. Y para muestra, un botón. Hace poco me sorprendía el estreno de Doom Patrol, un curioso equipo de metahumanos inadaptados con extraños poderes que debe enfrentarse a enemigos que operan a niveles irrelevantes para figuras como Superman, Flash o Batman. El concepto me sedujo al instante. Como uno es curioso por naturaleza (la profesión periodística siempre tira), empecé una extensa documentación sobre La Patrulla Condenada que no solo me ha llevado a conocer datos interesantes, como que este equipo sirvió de “inspiración” para crear los X-Men (muchas son las coincidencias entre una formación y otra, pero no me entretendré demasiado en este tema), sino a descubrir que vivieron una época dorada cuando Grant Morrison, mítico escritor de cómics británico, los rescató del olvido e hizo una serie absolutamente delirante, de esas que requieren una relectura para captura todos los matices que esconde.
Por supuesto, algunas voces críticas no tardaron en alertarme de que esta serie televisiva no recoge ni por asomo la mitad de los desfases que pudieron verse en las páginas de Doom Patrol, pero, ¿qué más da? Es un producto totalmente refrescante que no solo ofrece una alternativa a las apuestas superheroícas convencionales, sino que además me ha descubierto la obra original… ¿Qué más le puedo pedir a este dos por uno? Y creo que si nos ponemos a pensar, todos tenemos alguna historia de descubrimiento parecida, ¿verdad?
Querer hacer que el cine nos regale la misma experiencia que la lectura de un cómic no es solo injusto, sino que además es acto infinito de desconocimiento sobre dos medios que, aunque complementarios, se sirven de códigos narrativos completamente distintos. Y esa necedad, como todas las necedades, solo hace que puedas privarte de una buena película o de un buen cómic, porque también se producen adaptaciones a la inversa. Darkman, 28 días después o Star Wars son ejemplos de ello, y aunque a veces los resultados son infames explotaciones comerciales de una licencia, en otras nos brindan pequeñas joyas de entretenimiento.
Quizás esto va de ser más tolerantes o de estar menos polarizados, no lo sé. El asunto es que un servidor, que no tiene la receta para oxigenar la mente de nadie, va a seguir sacudiéndose los prejuicios y disfrutar de aquellos buenos productos que nos llegan. Solo hay que quitarse la venda y dejarse llevar