El olvido de lo que fuimos

La noche del pasado 7 de mayo, además del alivio que supuso la derrota de la fascista Le Pen en Francia, conllevó el fulgurante pistoletazo de salida de un mantra que amenaza con agujerearnos los oídos y el cerebro durante los próximos años: “La Unión Europea debe cambiar si no queremos que Le Pen o alguien como Le Pen acabe por ganar en cualquier país”. Políticos y periodistas no cejan de redundar en una idea que más que una majadería, cabría calificar de fruslería, cuando no de soberana estupidez. Su conversión en el nuevo padrenuestro de la política resulta intelectualmente irritante.
El crecimiento del populismo, el nacionalismo, la xenofobia y el radicalismo, fenómenos que van de la mano, poco ha tenido que ver, y poco tendrá que ver, con las decisiones que tomen o dejen de tomar unos gobiernos sin duda democráticos y por lo tanto a merced de la voluntad del electorado. Y mucho menos con las que adopten unas instituciones europeas que no dejan de ser una extensión de las decisiones democráticas de sus socios. El ascenso de las formaciones que se sitúan en los extremos del espectro político se halla directamente vinculado a la creación de estados de opinión que obvian el momento histórico y se sumergen en realidades impostadas a través de diferentes medios. 
Las opciones políticas de extrema derecha y extrema izquierda que han irrumpido en el escenario político en la última década se afanan en presentar un paisaje de caos y desgobierno, al tiempo que se esmeran en denunciar la prevalencia de supuestos intereses espurios que amenazan el bien común. Subrayan la existencia de un escandaloso “déficit democrático”, esto es, una imprecisa representación en las instituciones de los estratos menos favorecidos de la sociedad, y culpan a dicho fenómeno de buena parte de las desgracias que sufren los ciudadanos con menor poder adquisitivo.
Paradójicamente, el espejo en el que se miran dichas opciones políticas es el de países donde imperan regímenes dictatoriales, la corrupción se ha convertido en sistémica y los índices económicos y sociales se sitúan por debajo de las regiones europeas más pobres. 

Políticos y periodistas no cejan de redundar en una idea de reforma que más que una majadería, cabría calificar de fruslería intelectual, cuando no de soberana estupidez

De forma paralela, airean presuntos vínculos entre el poder político y el poder económico, con una clara inclinación de la balanza hacia el segundo, y apuntan toda suerte de sospechas de connivencia sobre acontecimientos turbios del pasado, del presente y, ya puestos, del futuro. Proclaman a los cuatro vientos la debilidad de los partidos tradicionales ante un proceso de globalización que afecta al mercado laboral y a la seguridad. La hipérbole terrorista, cómo no, ha tornado también en uno de los recursos más utilizados. Y poco importa que nada de ello sea verdad, o cuando menos que no lo sea en la medida que lo dibujan quienes arremeten día sí, día también, contra el actual estado de cosas.
Porque lo cierto es que de ninguno de los países europeos puede decirse que sufra desgobierno, que las clases pudientes aplasten a las menos favorecidas, que el límite entre política y corporaciones industriales apenas sean visible, que se halle desbordado por la llegada de extranjeros o que se halle sumido en una situación de violencia inaceptable. Otra cosa es que en cada uno de esos ámbitos hayan acaecido irregularidades y acontecimientos del todo punibles, pero la existencia de controles, contrapoderes y, sobre todo, el imperio de la ley, ha permitido que las instituciones reaccionen y, mejor que peor, encaucen las conductas ilegales y los comportamientos inadecuados.
Un escenario en el que importantes cargos políticos, entre ellos jefes de Estado, presidentes de gobierno y ministros, son investigados, acusados o encarcelados, al igual que ha ocurrido con responsables de importantes entidades financieras y empresas, habla a las claras de que la impunidad no existe. Se podrá estar más o menos de acuerdo en que las penas que se les apliquen sean más o menos justas, pero los sistemas judiciales han dado claras muestras de que funcionan. Y su obligación es aplicar la ley, no hacer justicia, un concepto etéreo sobre el que nunca llueve a gusto de todos.
Lo cierto e incontestable es que los países de la Unión Europea, aún inmersos en la peor crisis económica de los últimos 40 años, han demostrado con creces su fortaleza. Incluso los más afectados, casos de Grecia, Portugal, España e Italia, han mantenido operativas sus estructuras administrativas y sus servicios públicos. No es menos cierto que la falta de recursos se ha dejado notar en muchos de dichos servicios, pero pilares sociales como la sanidad, la educación, la seguridad o la justicia han respondido con más éxitos que fracasos a los requerimientos de tan complejo periodo.
Claro que habrá quien recuerde en este momento la proliferación de los bancos de alimentos, las listas de espera sanitarias, los desahucios, los rescates bancarios o los casos de corrupción política. Y llevan razón, pero lo justo es situar tales acontecimientos en el marco histórico en el que se producen, y justo es pensar también en que ochenta años atrás, y cien años atrás, y ciento cincuenta años atrás, y doscientos años atrás, y doscientos cincuenta años atrás, problemas de tal índole acababan con suma frecuencia en un enfrentamiento bélico entre las principales potencias europeas, cuando no en cruentas guerras civiles. Ahora, sin embargo, no se ha disparado ni un solo tiro y las economías más devastadas empiezan a ver la luz al final de túnel.
Tras la peor crisis económica en cuarenta años no se ha disparado ni un solo tiro y las economías más devastadas empiezan a ver la luz al final de túnel

Es ese contexto histórico el que se obvia a la hora de arremeter contra la Unión Europea, sin cuya existencia probablemente muchos, en lugar de una pesada "mili"o una fugaz prestación social sustitutoria, habríamos acabado en un campo de batalla. Tal vez algunos de nosotros nos hubiésemos ido de este mundo antes de tiempo. O algunos de nuestros amigos y familiares. Y habríamos pasado hambre, o la estaríamos pasando. Y nuestros barrios, y nuestras ciudades, y nuestros campos, se hallarían devastados por las bombas, los misiles o lo que diablos fuese. Pueden tildarme de exagerado, de catastrofista, de agorero de andar por casa, pero vayan a la estantería de su salón, cojan un libro de historia y ábranlo por una página al azar. Lo más probable es que se  topen con alguna de las cientos de guerras que han asolado Europa a lo largo de su historia.
En lugar de aportar un botón como muestra, les facilito unos cuantos, que no todos. He aquí una somera lista de los conflictos bélicos que han arrasado Europa en los últimos seis siglos.
Conflictos bélicos en Europa

Guerra civil inglesa (1455-85); Guerra entre Venecia y Turquía (1463-79); Guerra entre Portugal y España (1475-79); Guerras de Milán y Francia contra España, Sacro Imperio Romano Germánico y coalición de estados italianos (1494-1559); Guerra de los nobles contra clase obrera (1524-26); Guerras de Religión en Francia (1562-89); Guerras de Independencia de los Países Bajos contra España (1568-1648); Guerra de los 30 Años, en la que intervinieron Austria, Dinamarca, Suecia, las Provincias unidas, Francia, España y Alemania (1618-48); Guerras Civiles Inglesas (1642-51); I Guerra Anglo Holandesa (1652-54); II Guerra Anglo Holandesa (1665-67); Guerras de Luis XIV contra Países Bajos, Lorena, el Franco Condado y Saboya (1667-78); Guerra de la devolución: Francia contra España y en 1668 Inglaterra, Holanda y Suecia (1667-68); III Guerra Anglo Holandesa: Inglaterra y Francia contra Holanda (1672-74): Guerra de la Gran alianza: Francia contra Sacro Imperio Romanogermánico, España, Inglaterra, Provincias Unidas y Saboya (1688-97); Gran Guerra del Norte: Suecia contra Rusia, Dinamarca, Noruega y Polonia (1700-21. Turquía contra Rusia en 1710-11); Guerra de Sucesión Española: Francia, España y Bavaria (Portugal y Saboya en 1703) contra Austria, Alemania, Provincia Unidas y Gran Bretaña (1701-14); Guerra de Sucesión Polaca: Italia, Francia, España, Bavaria y Cerdeña contra Austria y Rusia (1733-35); Guerra Ruso Turca (1736-39); Guerra de Sucesión Austriaca: Francia, España, Baviera y Prusia contra Austria, Inglaterra y Holanda (1740-48); Guerra de los Siete Años: Francia contra Inglaterra, por el control del Canadá e India; y Austria, Rusia, Suecia y España a partir de 1762 contra Prusia, por el control de Silesia, al final gano la coalición Inglaterra-Prusia sobre la Francia-Austria (1756-63); Guerra Ruso Turca: Imperio Otomano contra Rusia (1768-74); Guerra de independencia de EE UU: EE UU, Francia y España (1778) contra Inglaterra (1775-83); Guerra de Sucesión de Bavaria: Austria contra Prusia (1778-79); IV Guerra Anglo Holandesa (1780-84); Guerra Ruso Turca: Rusia y Austria contra Turquía (1787-91); Guerras de la República Francesa: Francia contra Austria, Prusia, Inglaterra, Holanda, España, Cerdeña, Rusia, Turquía y Nápoles (1792-1802); Guerras Napoleónicas: Francia contra Coaliciones de Europa (1805-15); Guerra Ruso Turca: Rusia contra Imperio Otomano (1806-12); Revolución Griega: Grecia (Rusia en 1828) contra Turquía (1821-29); Guerras de los Obispos: Escocia contra Inglaterra (1839-40); Guerra de Crimea: Rusia contra Turquía e Inglaterra y Francia en 1854 (1853-56); Guerra franco-austriaca: Francia y Piamonte contra Austria (1859); Guerra de unificación de Italia: Reino de Cerdeña contra Nápoles (1860-61); Guerra de las siete semanas o Austro Prusiana: Junio-Agosto: Prusia e Italia contra Austria y estados alemanes pequeños (1866) Guerra Franco Prusiana (1870); Guerra Ruso-Turca (1876-78): Guerra Ítalo Turca (1911-12); Guerra de los Balcanes: Grecia, Bulgaria, Serbia y Montenegro contra Turquía (1912-13); Segunda Guerra de los Balcanes: Grecia, Serbia, Imperio Otomano y las demás repúblicas balcánicas contra Bulgaria (1913); Primera Guerra Mundial: los aliados (Francia, Inglaterra y Rusia, Japón en agosto de 1914, Italia 1915, Rumania 1916 y EEUU en 1917) contra Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria en 1915 (1914-18); Guerra Polaco Soviética (1920); Guerra Civil Española (1936-39); Guerra Ruso Finlandesa (1939-40); Segunda Guerra Mundial: el Eje (Alemania, Japón e Italia) contra los Aliados (Francia, Inglaterra y Rusia, EEUU en 1941 y otros), tuvo varios frentes, Europa, Asia, África y Oceanía (1939-45); Guerra de los Balcanes o Bosnia: en 1991 se independizan Eslovenia y Croacia, y en 1992 lo hace Bosnia-Herzegovina. Bosnios (musulmanes) contra Serbios y contra Croatas (1991-95).

Vaya, parece que nos hallamos en un continente algo belicoso. Por ello resulta extraordinariamente esclarecedor que el único periodo de paz duradero en los últimos seis siglos comprenda desde 1945 hasta la actualidad. La excepción la hallamos en la trágica guerra de los Balcanes, pero nada comparable a lo que venía ocurriendo hasta la Segunda Guerra Mundial. Curiosamente, dicho periodo de paz, inédito en el devenir de los tiempos, coincide con la creación en 1951 de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que posteriormente dio lugar a la Unión Europea. ¿Conocen ustedes algún proyecto político más exitoso a lo largo de la historia de la humanidad?

La UE no sólo ha permitido evitar la muerte y el sufrimiento de millones de seres humanos, sino que ha hecho posible la consolidación de las libertades, la defensa de las minorías, el imperio de la ley y el desarrollo científico, económico y social

La Unión Europea no sólo ha permitido evitar la muerte y el sufrimiento de millones de seres humanos, sino que de forma paralela ha hecho posible la consolidación de las libertades y de la democracia, la defensa de las minorías, el imperio de la ley y el desarrollo cultural, científico, económico y social.  Con todos los peros que se quiera, con todas las necesidades de mejora que se estimen convenientes, los países de la Unión conforman el área con mejor calidad de vida del planeta. Por ello, atacarla sin ton ni son, blandiendo banderas de planteamientos políticos tan casposos como veladamente ineficientes, cuando no tendentes al recorte de derechos y libertades, supone un ridículo anacronismo que se fundamenta en la falta de perspectiva histórica y en el aprovechamiento de una suerte de atontamiento de las masas. Tales fenómenos, eso sí, cabe situarlos en el debe de las sociedades occidentales, la europea entre ellas.
Culpar a la Unión Europea del surgimiento de movimientos populistas, nacionalistas, xenófobos y radicales en los propios países de la Unión supone, además de una injusticia, una inexactitud. Regresemos de nuevo a la historia y comprobemos hasta qué extremo dichos movimientos populistas, con su inconmensurable carácter destructivo, aparecen continuamente a lo largo de los siglos y se hallan tras buena parte de los conflictos bélicos. Si algo ha logrado la Unión Europea mediante las virtudes antes expuestas ha sido, precisamente, aminorar el protagonismo de tales movimientos hasta dejarlos en el papel de meros comparsas: véanse los casos de Holanda o Alemania; de segundones: obsérvese Francia; o de movimientos felizmente reconciliados con el sentido común: Grecia como ejemplo. 
El Estado del bienestar ha seguido funcionando a pesar del desempleo y la llegada de inmigrantes, las dos banderas que esgrimen con mayor ímpetu aquellos que abogan por la destrucción del actual sistema para construir no se sabe qué. Pero eso, claro, no importa a quienes defienden la destrucción por la destrucción sin otro argumento que una interpretación de la realidad tan interesada como corta de miras.
El principal enemigo de la Unión Europea, en contra de lo que se ha puesto de moda sostener, no es la Unión Europea, sino la pérdida de una visión histórica que nos permita valorar el camino recorrido y los logros alcanzados. Y también el imperdonable olvido del sufrimiento que experimentaron generaciones enteras, siglo tras siglo, para llegar al punto en el que nos encontramos. La historia nos ha tratado como privilegiados, pero parte de los europeos no parecen percartarse de ello.