Bendita locura en el Heliodoro

"No recibir un gol, no recibir un gol, no recibir un gol...”. Jupp Heynckes era alemán. Y cuando se ponía pesado, muy alemán. En las vísperas del partido de vuelta de la segunda eliminatoria de la Copa de la UEFA ante el Lazio redujo todas las consignas a una: “No recibir un gol”. El conjunto blanquiazul había sobrevivido (1-0) en el Olímpico de Roma gracias a Marcelo Ojeda, vencido solo por un zapatazo imponente del checo Pavel Nedved mediada la segunda parte. Y la situación invitaba al tópico: “Tenemos noventa minutos para marcar y empatar la eliminatoria”, “no hay que precipitarse”, “la clave es que no nos sorprendan en una contra”... Y todos los tópicos concluían en la la consigna básica: “no recibir un gol”.

Dos semanas después, en el Heliodoro se buscaba una hazaña: remontar ante un equipo italiano. Porque en aquellos años, los clubes italianos eran los dueños del fútbol mundial. Y si había alguna mínima opción, ya lo había dicho Heynckes, ésta pasaba por no recibir un gol. Por un triunfo mínimo y luego, en la prórroga o en la tanda de penaltis, apurar las opciones. Si marcaba el Lazio, la hazaña se convertía en un imposible: hacerle tres goles a un conjunto italiano. Y a uno que tenía la mejor pareja de centrales del calcio: el joven Alessandro Nesta –que entones ya era internacional por Italia y luego sería campeón del Mundo y uno de los mejores centrales de la historia– y el argentino José Chamot, indiscutible en su selección.

Junto a ellos, el Lazio tenía figuras internacionales como Negro, Fuser, el citado Nedved, Casiraghi, Signori… La consigna, ya se ha dicho, era “no recibir un gol”. Pero ese 29 de octubre de 1996, en un Heliodoro con más de 22.000 creyentes, el técnico local apostó por el rombo en mediocampo, con un 4-4-2 muy ofensivo. Y lo acompañó con media docena de jugadores de más de 1,85 metros para imponerse en la parcela física y el juego aéreo: Ojeda; Ballesteros, Pablo Paz, César Gómez (Llorente, 21’), Alexis Suárez; Chano, Jokanovic, Pinilla (Neuville, 65’), Felipe; Juanele y Kodro (Vidmar, 77’). El Tenerife salió a presionar arriba, a robar cerca del área rival, a intimidar al adversario...

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Imagen del Tenerife-Lazio.

Y al los doce minutos quedó 'resuelta' la eliminatoria: Nedved enganchó un remate colosal a la escuadra, puso el 0-1 y acabó con las dudas. Era el momento de sacar bandera blanca, irse a casa y no pasar frío. Pero 22.000 fieles decidieron no rendirse. Y los once tipos que había en el césped y que jugaban en nombre de toda una Isla tampoco lo hicieron. Bastó un autogol de Nesta (15’) para recuperar el ánimo. Y un trallazo de Kodro (26’), cuando él mismo pensaba que la jugada había sido anulada, para poner al Tenerife en ventaja. Fuser (30’) empató y rebajó la euforia, pero un cabezazo de Juanele (38’) demostró que aquel Tenerife iba a morir matando. Llegado el intermedio, se interrumpió el partido... pero no la locura.

En la segunda parte se mantuvo la dinámica: Casiraghi (46’) empató sin que el aficionado digiriera el bocadillo y Jokanovic (48’), de cabeza, puso el 4-3 y se negó a firmar el armisticio. A la hora de juego, una jugada nacida de un mago al que llamaban Chano (tres asistencias) dejó un balón muerto en el corazón del área, un caramelo para el más listo de la clase. Entonces, de la nada apareció Juanele, hizo el 5-3 y convirtió al Heliodoro en un manicomio. Los 22.000 espectadores que allí estuvieron no han podido olvidar aquella (bendita) locura.