Apología del fútbol mezquino

 “Dos no se aman si uno no quiere”, “jugar contra Osasuna es como hacer el amor con un árbol”, “el fútbol del Celta me produce urticaria”... Antes de que en la década de los noventa el tándem Valdano-Cappa acusara a los rivales de hacer “un fútbol mezquino”, el Tenerife protagonizó un episodio que puede entrar en la antología del antifútbol.

Fue casi setenta años antes, cuando el legendario Iberia, representativo del barrio del Toscal, estaba a un paso de conquistar el I Campeonato Regional de Tenerife, curioso nombre que recibía el torneo insular... un par de meses después de que se produjera la división provincial de Canarias.

Liderados por un jugador inmenso, Rafael Morera, que un año después ya sería pieza clave del Real Madrid, el equipo blanquinegro podía celebrar el alirón en el Stadium y ante el Tenerife, que durante un lustro había dominado con solvencia el fútbol local… pero que había traspasado a Ángel Arocha al Barcelona.

Por ello, el Tenerife decidió impedir el título a toda costa. Primero lo hizo con fútbol; y luego, con artimañas. Los goles de Alfonso y Rojas le pusieron en ventaja y, mediada la segunda parte, con Gilberto Cayol multiplicándose en la portería, aún era capaz de aguantar el ímpetu toscalero.

Todo cambió cuando el árbitro, Rafael Martín, señaló un penalti contra los blanquiazules que transformó Morera. El 2-1 dio alas al Iberia que se volcó sobre el marco de Cayol. El empate, que ya daba el título al Iberia, parecía cuestión de tiempo... y los locales no se resignaron a ese destino. Así, los jugadores del Tenerife acordaron que, cada vez que tuvieran el balón, lejos de intentar jugarlo, lo despejarían con fuerza, si era posible fuera del Stadium y con dirección al Barranco de Santos. Alguno regresó, pero la estratagema tuvo éxito. Y más, cuando los aficionados locales se sumaron a la fiesta.

ImageImagen de Rafael Morera

Así, si algún balón se quedaba en las gradas y no traspasaba los límites del Stadium, era impulsado hacia el barranco por los propios seguidores. ¿Resultado? A los 69 minutos se suspendió el partido “por falta de balones”. La Federación Tinerfeña intervino y ordenó que el 11 de diciembre de 1927, “a la temprana hora de las 9:30 de la mañana”, se reanudara el partido a puerta cerrada. El Tenerife jugó ese día con: Cayol; Llombet, Pérez; Fortuny, Padrón, Arroyo; Pedrero, Torres, Alfonso, Graciliano Luis y Rojas. Pero en lugar de aplicar el 2-3-5 típico de la época, amontonó a sus jugadores junto a su portero.

El cerrojo impuesto por el Tenerife y un terreno de juego de tierra y muy seco provocaron “una polvareda que dificultaba la visión del balón”. Además, una vez reanudado el choque, el Tenerife ordenó abrir las puertas y unos 500 forofos pagaron entrada completa para asistir a un choque al que sólo tenían acceso los directivos de ambos clubes y los miembros de la Federación y el Colegio de Árbitros. La Guardia Civil intervino para desalojar a los aficionados y los incidentes interrumpieron el choque en varias ocasiones. Al final, el Tenerife conservó su ventaja. Pero su apología del antifutbol aún sonroja.

Una semana después el Iberia se aseguró el título. Eso sí, fue ante el Hespérides y en La Laguna.