Acerca de la crítica gastronómica: nada nuevo bajo el sol

Tubigú

Clasificando carpetas en el ordenador me topé con el artículo “10 malas prácticas de los críticos gastronómicos”, en la página web Gastroactitud, de los respetados colegas Julia Pérez Lozano y José Carlos Capel. O este "Gorrónez, Croquétez y ciertos gastrónomos de pega", de L.M Alonso.

Los primeros desplegaban un decálogo acerca de la crítica gastronómica, temática a veces manida y asociando a criterios realmente trasnochados.

1.- Irse del restaurante sin pedir la cuenta
2.- Emitir juicios de restaurantes en los que no se ha estado
3.- Consentir que filias y fobias interfieran en el trabajo
4.- Confundir información con propaganda
5.- Establecer relaciones comerciales con los restaurantes
6.- Utilizar su posición de privilegio en beneficio propio
7.- Hacer valoraciones de cocinas que apenas conocen
8.- Escribir en un lenguaje críptico e incomprensible
9.- Comer solo lo que les gusta
10.- Abordar temas personales en críticas y artículos

¿De verdad –vuelvo a preguntarme- puede sorprender alguno o los diez puntos desarrollados por Pérez y Capel? Más aún, ¿apelando a la ética y la deontología a la que obliga el periodismo profesional?

Quisiera enriquecer modestamente a partir de la amplitud de opinión e interacción que se ha alcanzado en las redes sociales (y el largo etcétera de formatos) de personas aficionadas no sólo a la restauración o a los vinos, sino también a la Fórmula 1, a la ciencia o a la política que comparten libremente sus experiencias. Pero en cualquier caso, esta libertad no quita para que la limpieza forme parte “del juego”: ética-deontología, para los profesionales y respeto para los aficionados.

Con la variada composición que hoy admite la “crítica” en los campos de la vida, en la que ha irrumpido el fenómeno de los influencers, las reglas del juego, opino, han cambiado de forma ostensible en contraste tiempos no tan lejanos. Hoy es tan heterogénea la comunicación gastronómica y vitivinícola, y sus “valedores”, que lejos del arquetipo de antaño se multiplica exponencialmente la información, la interpretación y la opinión.

Todos somos gastrónomos, en definitiva. Al final aseveramos que tal plato –tal cocinero- nos convence o no; nos encantará lo que nos propone o lo rechazaremos. Ahí no radica la cuestión, pienso, porque no es más que la superficie de la percepción. ¿Por qué? ¿Por qué nos gusta o no? Delimitar la percepción es el reto (y cuidado con el punto 8).

Culmino: ¿de verdad está tan pendiente el público de esto lo dijo el crítico gastronómico?

Francisco Belín

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